Santiago, Chile, 11 de septiembre de 1973, 9:10 a.m. En las instalaciones de Radio Magallanes, la emisora oficial del Partido Comunista, reinaba el caos. Horas antes, las fuerzas golpistas de Pinochet habían bombardeado las antenas de la estación en la llamada "Operación Silencio". A pesar de los daños, los equipos seguían emitiendo. Frente al micrófono se encontraba el presidente Salvador Allende, dispuesto a dirigirse al pueblo por última vez. Sus palabras no surgieron de la boca, sino del corazón del luchador, del pacifista marxista que había soñado una revolución sin sangre y que pagó ese sueño con su vida.
«Estas son mis últimas palabras. Estoy seguro de que mi sacrificio no será en vano y servirá de lección moral para condenar a los criminales, traidores y conspiradores». Instantes después, Allende y su proyecto político, uno de los esfuerzos colectivos más inspiradores del siglo XX, se convirtieron en eternos. Su vida y visión se extinguieron hace 48 años, pero su recuerdo sigue vivo en los corazones de los chilenos torturados, los oprimidos de América Latina y los combatientes incansables de todo el mundo.
Algunos datos biográficos
Salvador Allende nació el 26 de junio de 1908 en Valparaíso, hijo de Salvador Allende Castro, abogado del Partido Radical, y Laura Gossens Uribe, notaria. En 1926 ingresó a la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, donde fundó un grupo de estudio de la teoría marxista. En 1930 fue electo vicepresidente de la Federación de Estudiantes y participó activamente contra la dictadura de Carlos Ibáñez. Tras la caída del efímero gobierno socialista de 1932, fue encarcelado.
El 19 de abril de 1933 fue uno de los fundadores del Partido Socialista de Chile. En 1935 presidió la Asociación Médica y, ese mismo año, fue detenido durante cinco meses en el puerto de Caldera. En marzo de 1936 asistió a la fundación del Frente Popular. En 1942 fue elegido secretario general del Partido Socialista y, en 1951, participó en la creación del Frente del Pueblo junto al Partido Comunista. Como candidato presidencial del Frente en 1952 obtuvo 52 000 votos; como senador propuso la nacionalización de las minas de cobre. En 1957 el Partido Socialista se unió al Partido Popular Socialista, formando el Frente de Acción Popular, que lo respaldó nuevamente para la presidencia.
Contexto internacional
En América Latina, la victoria de la Revolución cubana en 1959 marcó un punto de inflexión. Previamente, en 1954 la CIA había derrocado al gobierno progresista de Arbenz en Guatemala. En 1961 surgió el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en Nicaragua y Estados Unidos lanzó la "Alianza para el Progreso" para contener nuevas rebeliones. Ese mismo año fracasó la invasión de la Bahía de Cochinos.
En los años siguientes se intensificaron los conflictos: en 1966 el sacerdote guerrillero Camilo Torres fue asesinado en Colombia; en 1967 Ernesto "Che" Guevara fue ejecutado en Bolivia. Mientras tanto, gobiernos militares patrióticos se instauraron en Bolivia (1970) y Perú (1968). A finales de los sesenta, la creciente ola revolucionaria inquietó a la élite estadounidense, que temía su repercusión en Argentina, Chile y Brasil.
Las elecciones de 1970 en Chile
El 4 de septiembre de 1970 Allende obtuvo el 36,3 % del voto, frente al 35 % de Jorge Alessandri (unión nacional) y al 27,8 % de Radomiro Tomic (demócrata cristiano). Según la Constitución, el Congreso debía elegir al presidente entre los dos candidatos más votados. La Unidad Popular necesitó el apoyo de los demócratas cristianos, a quienes se les ofrecieron garantías explícitas de defensa de la democracia.
Se acordó la "Ley de Garantías Democráticas", que establecía: (1) la continuidad de las instituciones democráticas, con cualquier reforma institucional sujeta a aprobación parlamentaria; y (2) la independencia del ejército como garante último de la democracia. Con 153 votos sobre 200, el Congreso ratificó la elección de Allende, lo que sorprendió negativamente a EE. UU.
La CIA, segura de una derrota electoral, había financiado a Alessandri a través de la empresa estadounidense ITT. Sin embargo, la victoria de Allende alarmó a Washington por su posible efecto en Argentina y Brasil. Analistas estadounidenses ya habían elaborado planes de golpe antes de 1970, pero la falta de organización del ejército y la creencia de que Alessandri ganaría impidieron su ejecución.
Dos días antes del voto crucial, el general René Schneider, jefe de las Fuerzas Armadas, fue asesinado en un atentado vinculado a la operación CIA "Operation FU BELT", tras la orden de Richard Nixon al director de la CIA, Richard Helms: "Haz lo que sea necesario, gasta lo que haga falta, arruina la economía, pero impide que Allende tome posesión como el primer presidente socialista democráticamente electo del mundo".
El gobierno de la Unidad Popular
Allende inició una profunda reforma estructural. En sus primeros dos años nacionalizó el cobre, que hasta entonces estaba en manos de multinacionales estadounidenses, y extendió la nacionalización a la siderurgia, minas de hierro y nitrato, cementos, textiles, generación y distribución eléctrica y bancos. Los trabajadores participaron en la gestión de las empresas nacionalizadas. Para 1972, el sector público aportaba más del 50 % del producto industrial bruto.
La producción industrial creció, los ingresos reales de los obreros aumentaron, el desempleo cayó del 8,8 % al 3 %, la mortalidad infantil disminuyó un 20,1 % y se creó un sistema de salud universal. Se impulsó la alfabetización, la educación pública, la reforma agraria (600 000 ha reforestadas, miles de campesinos con tierra) y la mejora de la situación de los pueblos originarios.
Aunque la Constitución permitía disolver el Congreso mediante referéndum, Allende respetó el pacto con los demócratas cristianos y mantuvo la independencia del ejército, sin disolver la Cámara. Un mes antes de las elecciones municipales de abril de 1971, sobrevivió a un intento de asesinato.
Estados Unidos no podía aceptar el programa socialista ni la expropiación de minas, bancos y tierras. Las palabras de Allende tras la victoria electoral –«Queremos crear un mundo diferente, demostrar que los cambios profundos pueden constituir una revolución. Necesitamos un gobierno democrático, nacional, revolucionario y popular que conduzca al socialismo»– hicieron temblar a la Casa Blanca.
El aislamiento financiero impuesto por EE. UU.
Allende abrió la política exterior a China y Cuba y expulsó a las compañías estadounidenses de la minería del cobre. Ese movimiento fue la gota que llevó a Nixon a encargar a Henry Kissinger la desestabilización del gobierno. Un año después de la elección, Chile sufrió una "bloqueo económico invisible" impuesto por EE. UU., que sumó a la deuda externa unos 200 millones de dólares anuales.
La caída del precio del cobre redujo los ingresos estatales en 240 millones de dólares al año, agravando la crisis. La oposición organizó protestas, los famosos "cacerolazos" y, en octubre de 1972, la Federación de Camioneros realizó una huelga que paralizó el país durante un mes.
Las elecciones de 1973
Para calmar la situación, Allende reorganizó su gabinete, incorporando a tres militares, entre ellos el jefe del Ejército, el general Carlos Prats. En las elecciones de marzo de 1973 la Unidad Popular obtuvo el 44 % del voto, seis puntos menos que en 1971. La oposición, pese a su derrota, lideró una huelga en las minas de cobre que redujo la producción un 70 %.
En junio de 1973 se intentó un golpe que Prats sofocó. Después, el jefe del Ejército aconsejó a Allende armar al pueblo; él respondió: «No. Esta revolución será sin sangre, basada en valores, no en la violencia». Fue el comienzo del fin. En julio volvió la huelga de camioneros, acompañada de asesinatos y quema de fábricas. El 24 de agosto Prats renunció y fue sustituido por Augusto Pinochet; el Congreso acusó a Allende de abuso de poder y se anunció un referéndum que se debatiría el 11 de septiembre.
El golpe de Pinochet
Horas antes del discurso presidencial, las fuerzas armadas y policiales, bajo el mando de Pinochet y apoyadas por grupos paramilitares, ocuparon Valparaíso y bombardearon las emisoras. Pequeños grupos de trabajadores de la Unidad Popular resistieron en fábricas, universidades y redacciones. Alrededor de las 14:00 h, Allende murió en La Moneda, según la versión oficial, se suicidó con un fusil AK‑47 entregado por Fidel Castro. Inmediatamente se desencadenó una de las mayores violaciones de derechos humanos en América Latina.
Se produjeron arrestos masivos, ejecuciones sumarias, torturas brutales (como la del cantautor Víctor Jara, quemado y asesinado en el Estadio Nacional) y la creación de campos de concentración. Dos corresponsales alemanes describieron: «Ejecutaron a 400‑500 personas, golpeaban a la gente hasta la muerte». La comunidad internacional comparó los métodos del régimen con el nazismo.
Se estimó que, en los primeros días, murieron alrededor de 30 000 personas y 40 000 fueron detenidos. El Parlamento y los partidos fueron disueltos bajo el pretexto de la "democracia" y el "patriotismo"; las empresas nacionalizadas volvieron a manos extranjeras y locales; todos los derechos democráticos fueron anulados. La censura militar sustituyó la palabra "obrero" por "empleado manual" y eliminó el término "compañero".
El papel de la CIA y EE. UU.
No cabe duda de que el golpe y su brutal represión fueron planificados y ejecutados con la colaboración de la CIA. Directivos de multinacionales estadounidenses que operaban en Chile actuaron como agentes de la agencia, financiando medios reaccionarios, reclutando informantes y creando organizaciones legales e ilegales para desestabilizar la Unidad Popular.
Estados Unidos también se apoyó en el acuerdo de ayuda militar mutua existente antes de la elección de Allende, que el gobierno de la Unidad Popular se negó a cancelar. Oficiales chilenos fueron entrenados en escuelas de asesinos en Panamá, Puerto Rico y otros lugares, especializadas en golpes de Estado y represión de movimientos populares. Un centro de coordinación vinculaba al ejército, partidos conservadores, organizaciones de extrema derecha y medios de comunicación.
En Chile operaban 89 empleados del State Department y casi 1 500 agentes secretos estadounidenses. El objetivo no era solo derrotar a Allende, sino infligir un golpe decisivo al movimiento popular chileno, lograr una victoria estratégica que cerrara el frente latinoamericano abierto por la Revolución cubana y la victoria de la Unidad Popular en 1970. Por eso se planificó el asesinato del líder del pueblo chileno.
El 11 de septiembre la barbarie alcanzó su punto máximo, cubriendo de sangre el sueño de Allende y de los chilenos por un futuro mejor. Con el tiempo, el pueblo chileno volvió a alzarse, cantando de nuevo en las calles de Santiago, Concepción, Valparaíso, Talca, Temuco y Rancagua los versos del poeta cubano Pablo Milanés: "Volveré a pisar las calles de la Santiago sangrienta, y en una hermosa plaza liberada me detendré a llorar por los ausentes".
El pasado no se pierde
El dictador fascista Pinochet quedó enterrado en los escombros de la historia mucho antes de su muerte en 2006. En cambio, la figura de Allende sigue viva en la memoria mundial: su energía, su amor por la vida y su compromiso con los más pobres. Su legado persiste como un recordatorio de que el pasado no desaparece; sigue presente en la visión de quien soñó una utopía de justicia y libertad para América Latina.
Allende amó la vida y la vida lo amó. Su sacrificio sigue resonando, como expresaba el poeta chileno Pablo Neruda: "...cayó tu sangre en medio de la patria, frente al palacio, un río en la calle para que el mundo lo vea y nadie pueda borrarlo; quedaron manchas rojas como planetas inexterminables".
* La pronunciación correcta en español de los apellidos es Allende y Pinochet; aquí se mantienen las versiones adaptadas al griego.
* Fuentes: salvador-allende.cl, salvadorallende.com, history.com, thenation.com, "El Fidel Castro para Allende" (ed. D. Kaltsoni).