Podemos considerar a Richard Trevithick como el inventor del tren cuando su primera locomotora de vapor salió a la vía en Cornwall, al sur de Inglaterra, en 1804. A partir de 1840, el ferrocarril experimentó un desarrollo vertiginoso en los países con abundante carbón o que podían importarlo fácilmente, como Europa y los Estados Unidos. Esta invención acompañó la conquista de territorios (sobre todo en el Oeste americano y Siberia) y, sobre todo, impulsó un crecimiento económico sin precedentes en las naciones industrializadas. Los rieles y los trenes se convirtieron en una parte familiar del paisaje urbano y rural.
Richard Trevithick y la primera locomotora de vapor
Los orígenes del ferrocarril se encuentran en infraestructuras diseñadas para reducir la pérdida de energía, guiando los vehículos por surcos en el suelo o por rieles de madera. Gracias a la fuerza muscular de hombres y animales, se podían arrastrar cargas relativamente pesadas; los carros que circulaban por “caminos de madera” se usaban desde la Edad Media en la minería, especialmente en Inglaterra y Gales. Sin embargo, a finales del siglo XVIII, el aumento de la demanda de materias primas y de los volúmenes transportados obligó a mejorar tanto la infraestructura como los sistemas de tracción.
Los rieles, inicialmente reforzados con placas de metal, fueron sustituidos gradualmente por barras de hierro fundido, hierro y, finalmente, acero. La pequeña línea ferroviaria que unía las minas de Montcenis con Le Creusot, alrededor de 1780, fue una de las primeras en Francia en contar con este tipo de rieles. A principios del siglo XIX, los ferrocarriles consistían en tramos cortos que llevaban materias primas desde los centros de extracción o transformación hasta rutas de comunicación mayores, como los canales. Para que el ferrocarril pudiera expandirse, era imprescindible contar con un modo de tracción eficaz.
El 21 de febrero de 1804, el inglés Richard Trevithick puso en marcha la primera locomotora de vapor operativa, arrastrando varios vagones y transportando a los primeros pasajeros sobre rieles. Ocho años después, en 1812, el ingeniero John Blenkinsop construyó una locomotora capaz de circular a 8 km/h mientras remolcaba 94 t. A finales de la década de 1820, Marc Seguin, en la región de Annonay, y George Stephenson, en Inglaterra, desarrollaron de forma independiente la caldera tubular, que permitió generar la presión necesaria en un espacio reducido. George Stephenson se consagró en 1829 cuando su locomotora “Rocket” ganó el concurso de velocidad de Rainhill, entre Liverpool y Manchester. Junto a su hijo Robert, Stephenson sentó las bases de la “ciencia ferroviaria” y de la locomotora moderna.
El transporte rápido de grandes cantidades de material entre distintas áreas económicas desempeñó un papel fundamental en la Revolución Industrial británica. Los fabricantes utilizaban los ferrocarriles para mover minerales, productos de acero o textiles a lo largo de vías construidas dentro de sus propias fábricas.
El desarrollo del ferrocarril en Francia
En Francia, tras las primeras líneas construidas alrededor de Saint‑Étienne (desde 1827) y en el Gard, la línea “escolar” de París a Saint‑Germain‑en‑Laye (1837) se concibió como una vitrina, una demostración del poder del ferrocarril impulsada por los banqueros Émile e Isaac Pereire y el ingeniero Eugène Flachat. También representó el manifiesto de la corriente saint‑simónica, promotora de la libre circulación de bienes y personas. Sin embargo, durante la “railwaymania” de la década de 1830 surgieron voces de alarma y escepticismo: ¿no serían peligrosas esas locomotoras humeantes que transportaban agua hirviendo y quemaban carbón a gran velocidad? ¿Qué efectos tendría la velocidad sobre la salud?
Varios accidentes marcaron la historia temprana del ferrocarril, y el desastre de Meudon, ocurrido en mayo de 1842 y que causó la muerte de 55 personas, entre ellas el almirante Dumont d’Urville, dejó una profunda impresión en la opinión pública. Años de debate dieron lugar, sin embargo, al nacimiento de una red de líneas que radiaban desde París, la “estrella Legrand”, nombrada así por el director general de Ponts et Chaussées. Las vías, construidas con gran esmero, contaban con obras de arte espectaculares que les permitían superar los retos del relieve.
Apoyándose en conocimientos probados de ingeniería mecánica, la industria francesa produjo y exportó locomotoras de alta calidad, reconocidas por su fiabilidad. La firma Derosne y Cail construyó varios “Cramptons”, esos “galgos del ferrocarril” capaces de arrastrar trenes ligeros de pasajeros a casi 100 km/h bajo el Segundo Imperio. Otros avances, como la sobrecarga, la doble expansión o el freno continuo, optimizaron la rentabilidad operativa y aumentaron la seguridad. Desde la década de 1870, la seguridad se convirtió en prioridad, con la generalización de señales mecánicas y, posteriormente, eléctricas, que garantizaban la operación segura de los trenes.
Durante la Belle Époque, el plan Freycinet, casi completado, permitió conectar todas las subprefecturas a la red, contribuyendo a la unificación del mercado nacional. El ferrocarril pasó a formar parte del paisaje de la Tercera República, al igual que la escuela pública o la oficina de correos. A escala continental, prestigiosas conexiones pusieron a Londres y París a las puertas de la Riviera o el Bósforo, mientras que, al otro lado del Atlántico, la primera línea transcontinental, terminada en 1869, subrayó la importancia del ferrocarril en la conquista del Oeste.
El tren, un modo de transporte siempre popular
Competido en el siglo XX por la aviación y, después, por el automóvil, el ferrocarril sigue siendo un medio privilegiado tanto para conexiones locales (trenes suburbanos o regionales) como para recorridos de media distancia e internacionales. Aunque hoy se debate el papel del tren de alta velocidad, que contribuyó al renacimiento del ferrocarril desde la década de 1980, está claro que el sistema técnico imaginado hace casi dos siglos ha demostrado su valía.
Para profundizar
Historia de los ferrocarriles en Francia, por François Caron. Fayard, 1997.
Historia del viaje en tren, por Wolfgang Schivelbusch. The Walker, 1990.