Un relato romántico que no cuadra
Italia no estaba unificada; la región del norte, liderada por el Piamonte‑Sardinia, buscaba el oro de Nápoles para saldar sus deudas. ¿Es esa la verdadera historia? ¿Logró realmente el pequeño reino de Piamonte y Cerdeña conquistar el rico Reino de las Dos Sicilias? O, tal vez, los neo‑borbónicos ocultan algo.
El mito del tesoro siciliano
Según la narrativa neoborbónica, el Reino de las Dos Sicilias era, en el siglo XIX, un estado moderno y opulento, con arcas rebosantes de oro que podrían pagar la enorme deuda pública piamontesa y “unificar Italia sin sangre”. Ese relato parte de la supuesta cantidad de oro almacenado en los bancos de Nápoles y Palermo: entre el 65 % y el 70 % del oro que, tras la unificación de 1861, quedó en los cofres del Banco de Italia (aprox. 213 toneladas de un total de 330). El resto, según el mismo argumento, pertenecía a los bancos del resto de Italia, incluido el de Piamonte.
Sin embargo, el oro napolitano no era un indicador real de riqueza. Era un depósito heredado de la corona española, sin movimiento significativo desde la época hispánica. Su función principal era servir de garantía para préstamos que financiaban los gastos de la casa real, no para impulsar la economía.
Una economía atrasada
Nápoles, antes de la unificación, era una de las ciudades más pobladas del mundo, solo superada en Europa por Londres y París. Pero esa gran población no se traducía en desarrollo. El reino no invirtió en infraestructuras, modernización ni obras públicas, y no abrazó la Revolución Industrial. La prioridad del monarca era mantener los graneros llenos para evitar revueltas; mientras el pueblo tuviera pan, el régimen se consideraba seguro.
Fuera de los pocos centros urbanos (Nápoles, Palermo y algunas ciudades menores), la realidad era de extrema pobreza. La tierra estaba en manos de una aristocracia minoritaria que vivía de lujos en la ciudad, mientras el campo estaba poblado por campesinos analfabetos, prácticamente siervos que cultivaban tierras que no les pertenecían y sobrevivían con lo escaso que quedaba después de que el Estado y la Iglesia tomaran su parte.
Garibaldi y la revolución campesina
Cuando Garibaldi cruzó el sur acompañado de voluntarios, no llevaba un ejército regular, sino hombres que prometían a los campesinos que sus tierras serían suyas si apoyaban la causa de la unificación. Ante la miseria absoluta, la mayoría aceptó, aumentando rápidamente el número de los “mil del sur”.
La aristocracia intentó resistir con sus milicias privadas, pero sus esfuerzos fueron limitados. Tras la victoria de Garibaldi, la Corona italiana devolvió esas tierras a los antiguos señores bajo la autoridad del rey, lo que dejó a los campesinos que habían luchado por ellas sintiéndose traicionados.
Consecuencias: brigantaje y política del sur
El sentimiento de traición desencadenó dos fenómenos principales. Por un lado, algunos campesinos formaron milicias privadas que se convirtieron en bandoleros; estos grupos, al margen del Estado, serían los predecesores de las organizaciones mafiosas del siglo XX. Por otro, muchos suristas aprovecharon el descontento popular para iniciar carreras políticas, obteniendo escaños en el recién creado Parlamento italiano gracias al voto de los campesinos y al apoyo de los brigantes.
En los primeros años del Estado unitario, la mayoría de los parlamentarios eran del sur, aunque esa dinámica cambió con la creación de las regiones.
Conclusión
La unificación italiana no fue una conquista militar del norte, sino una revolución campesina en el sur que buscaba cambiar la clase dominante. El mito del “reino rico y lleno de oro” del sur es, en gran medida, una construcción neoborbónica que distorsiona la realidad histórica.