Dama con abanico
Desde el siglo XVIII, objetos cotidianos de la mujer se convirtieron en sutiles instrumentos de seducción. Sin que los presentes se dieran cuenta, estas piezas permitían responder a los avances de los hombres, ya fuera con interés o con desdén.
El abanico, entonces indispensable en el vestuario femenino, adquirió un lenguaje codificado. Movimientos aparentemente inocentes –girar el abanico a la derecha o a la izquierda, dejarlo caer al suelo o recogerlo– recibían significados precisos, creando una discreta lengua del amor bajo la apariencia de juego y encanto.
Entre los códigos más conocidos estaban los palitos del abanico: abrir tres palitos significaba «Te quiero», mientras contar los palitos con los dedos indicaba «Hablaremos de ello más tarde».
¿Cómo sabía un hombre que la mujer le concedía una nueva cita? Bastaba con observar cuántos palitos del abanico permanecían abiertos; ese número representaba los días que debía esperar.