Durante los famosos juicios de brujas de Salem (1692‑1693), negarse a confesar la supuesta práctica de la brujería podía acarrear distintas sanciones, según el momento del proceso y la actitud de los magistrados.
Encierro prolongado
Los que mantenían su inocencia podían ser detenidos indefinidamente. Las cárceles de la época carecían de higiene y alimentos adecuados, de modo que la mera prisión ya representaba un castigo severo. Algunos permanecían en la cárcel hasta que confesaban o hasta que la falta de pruebas los liberaba.
Tortura y coacción
Para obtener confesiones se recurrió a métodos de presión física y psicológica. El “pressing” o apretamiento consistía en colocar pesas sobre el pecho del acusado hasta que cedía. También se empleaban privación de sueño, palizas y el “witch‑pricking”, que consistía en pinchar la piel con agujas en busca de supuestas “marcas de bruja”.
Destierro
En algunos casos los acusados que se mantenían firmes fueron expulsados de la comunidad o de la colonia de la Bahía de Massachusetts. El destierro implicaba abandonar el territorio bajo la amenaza de muerte si intentaban regresar.
Ejecutación
Si, a pesar de la falta de pruebas contundentes, el tribunal los declaraba culpables basándose en testimonios o evidencia espectral, los acusados podían ser ahorcados. La horca era el método de ejecución más frecuente y servía como espectáculo de “purificación” y advertencia para la población.
Es importante señalar que no todos los acusados sufrieron el castigo máximo; algunos fueron liberados por insuficiencia de pruebas o sus casos fueron archivados. Sin embargo, los que persistían en negar los cargos a menudo enfrentaban prisión prolongada, tortura o la pena de muerte.