Historia de Sudamérica

La caída del Imperio Inca: la conquista española y su legado

La caída del Imperio Inca

En el momento de la llegada de los europeos, el Imperio Inca reunía alrededor de 12 millones de habitantes, una cifra superior a la población total de Europa, que apenas alcanzaba los 7 millones. A pesar de su avanzada organización social, administrativa y tecnológica, la civilización inca fue derribada en menos de una década por un puñado de soldados españoles.

Los antecedentes de la conquista

Francisco Pizarro llegó al Nuevo Mundo en 1502 y participó en la expedición de Vasco Núñez de Balboa, quien descubrió el Océano Pacífico desde Panamá. En 1527, basándose en los relatos de indígenas panameños que hablaban de un "reino de oro" al sur, Pizarro se dirigió hacia el territorio incaico. En mayo de 1532 fundó el asentamiento colonial de San Miguel y, desde allí, comenzó su marcha hacia el corazón del imperio.

La marcha hacia Cajamarca

Con tan solo 177 hombres, Pizarro avanzó hacia la ciudad de Cajamarca, donde supuestamente se encontraba el emperador Atahualpa. Durante el trayecto, parte de la tropa abandonó la expedición; al final, el contingente quedó reducido a 106 soldados de infantería y 62 caballeros, pero con una moral muy alta.

El 15 de noviembre de 1532, la pequeña fuerza española avistó la llanura de Cajamarca, un extenso terreno plano que recordaba a un tablero de ajedrez. Atahualpa había acampado a 5 km al sur, rodeado de miles de tiendas. A pesar de la abrumadora superioridad numérica inca, los españoles no podían retroceder.

El encuentro con Atahualpa

Pizarro envió a 20 caballeros, liderados por Diego de Soto, a saludar al emperador. Los indígenas, nunca antes habían visto caballos, quedaron asombrados. Cuando de Soto, a través de un intérprete, invitó a Atahualpa a visitar a Pizarro, el monarca inca no respondió. Según crónicas, de Soto, enfadado, hizo galopar su caballo hasta que el aliento del animal agitó la pluma roja de la tocado de Atahualpa, quien permaneció inmóvil.

La tensión se disipó cuando intervino Hernando Pizarro, hermano de Francisco, como diplomático experimentado. Los españoles, al igual que los aztecas, creían en la existencia de un dios blanco llamado Viracocha; algunos incluso pensaron que los conquistadores podrían ser enviados de ese dios.

La captura y el desenlace

El 16 de noviembre, al mediodía, los incas comenzaron a abandonar el campamento de Atahualpa. El número de guerreros reunidos en la llanura superó los 50 000, según observadores de la época. Tras una nueva invitación de Pizarro, unos 6 000 hombres incas entraron en la ciudad. Al atardecer, la retaguardia inca llegó a la plaza: "Primero apareció un escuadrón de guerreros con uniformes de colores como un tablero de ajedrez", escribió Xeres, secretario de Pizarro. Le siguieron tres grupos que cantaban y bailaban, y finalmente la élite del ejército inca, ataviada con armaduras de metal y coronas de oro y plata. Atahualpa fue trasladado en una litera adornada con plumas de guacamayo y cubierta de metales preciosos, cargada por numerosos incas.

La visión de los cronistas españoles

Los relatos de los cronistas europeos, mayormente sacerdotes y soldados, presentan una visión sesgada y deshumanizante de los pueblos andinos. Frases como la del fraile franciscano que describió a los indígenas como "más idiotas que burros" reflejan el prejuicio de la época y la ausencia de testimonios escritos por los propios incas.

Conclusión

La caída del Imperio Inca no fue el resultado de una guerra convencional, sino de una combinación de factores: la superioridad tecnológica limitada de los españoles, las alianzas con enemigos internos del imperio y la devastación causada por enfermedades traídas del Viejo Mundo. La captura y posterior ejecución de Atahualpa marcó el fin de una de las civilizaciones más avanzadas de América precolombina.