Desde Carlomagno, la Corte del Rey se desplazaba durante meses entre pueblos, residencias y palacios por motivos económicos, políticos o de ocio, sin un lugar fijo hasta que Luis XIV la estableció definitivamente en el castillo de Versalles en 1682, convirtiéndolo en «Palacio del Estado» que albergaba a la familia real, a la nobleza y a numerosos servicios gubernamentales. En Versalles se instituyó un gasto prestigioso, esencial para mostrar la integración en la sociedad cortesana, regida por un estricto código de etiqueta y jerarquía.
La necesidad de moverse
En la Antigüedad la corte permanecía en un punto fijo y el emperador estaba rodeado de estructuras administrativas permanentes. Los reyes merovingios también residían en ciudades como Soissons o París. A partir de Carlomagno la costumbre cambió: la corte se volvió itinerante, realizando largas estancias en el norte y este de Europa. Entre 794 y 804 recorrió unos 10 000 km, ¡casi 1 000 km al año!
En la Edad Media el monarca debía viajar a las provincias para cobrar tributos (a menudo en productos), administrar justicia, ejercer la caridad y atender las peticiones de sus súbditos. La Corte lo acompañaba, cruzando el reino de pueblo en pueblo, de palacio en castillo, y rara vez permanecía más de unas semanas en el mismo lugar.
A partir de los siglos XII‑XIII los pagos se hicieron en dinero y la administración real quedó en manos de pocos intendentes provinciales (5 000 en 1515, un oficial por cada 3 000 habitantes). Los documentos reales se enviaban por mensajeros y el rey gestionaba su reino a distancia, reduciendo sus desplazamientos, aunque seguía necesitando mostrarse ante sus súbditos.
El «grand tour» de la corte
El ejemplo más destacado es el gran recorrido organizado por Catalina de Médicis para presentar a su hijo Carlos IX: 4 000 km en 27 meses (1564‑1566). La procesión podía alcanzar los 10 000 integrantes: nobles, sirvientes, miembros del consejo, funcionarios de la cancillería, archivos y tesoro, además de animales (osos, aves, perros de caza, caballos) y carruajes cargados de muebles, tapices y vajilla, avanzando a 20 km por día. El viaje estuvo plagado de dificultades: nieve en Carcassonne, inundaciones en primavera, muertes por calor y una parada prolongada en Crémieu para evitar la peste de Lyon.
En cada ciudad se celebraban grandes actos de bienvenida, pero también se generaban enormes gastos de alojamiento y alimentación. En 1533, por ejemplo, Marsella requirió el uso de viviendas privadas para la boda de Enrique y Catalina de Médicis. Un burgés describió cómo alojó al marqués de Saluzzo y su comitiva durante siete semanas, compartiendo su propia casa y sus recursos.
Cuando la Corte llegaba a regiones poco equipadas, los intendentes, a veces sobornados, tenían que improvisar campamentos bajo tiendas. Tanto la nobleza como las provincias se veían agotadas por la logística del desplazamiento.
Estos recorridos también servían para limpiar y reformar residencias y castillos: drenar fosas, barrer chimeneas, pulir suelos, restaurar muros y mejorar la higiene para evitar epidemias. En definitiva, la necesidad de desplazarse era constante.
Residencias favoritas de cada rey
Hasta Carlomagno, París era la residencia oficial, aunque muchos monarcas la utilizaban solo parcialmente. Felipe VI, por ejemplo, pasó apenas cinco o seis meses al año en la capital. Cada rey prefería una región con mejor clima o caza y allí construía su palacio.
Francisco I, aunque viajaba mucho, se estableció durante largos períodos en el Valle del Loira, construyendo numerosos castillos, siendo el de Chambord su favorito. Más tarde, para estar más cerca de París, se trasladó a Fontainebleau y comenzó la ampliación del Louvre en 1539 para recibir a embajadores.
Catalina de Médicis decretó que, a partir de 1566, París sería la residencia principal de la Corte durante un siglo. Compró los Tullerías y los conectó con el Louvre, que pasó a ser la residencia oficial de Luis XIII, aunque él prefería Saint‑Germain‑en‑Laye, Fontainebleau y Versalles para descansar.
Versalles, el “castillo‑estado”
Al igual que Carlos IX, Luis XIV realizó un gran recorrido (1650‑1651) por 15 provincias, culminando en Saint‑Jean‑de‑Luz para contraer matrimonio con María Teresa. A su regreso organizó una última gran entrada triunfal con arcos, estatuas, ofrendas y festines, tradición que desaparecería en el siglo XVIII.
Inicialmente Luis XIV vivió en el Louvre, pero el espacio resultó insuficiente y recordaba los tiempos de la monarquía itinerante. Optó por Saint‑Germain‑en‑Laye y, sobre todo, por Versalles, que empezó a ampliar en 1673, instalando allí servicios gubernamentales y transformándolo en un “castillo‑estado”.
La corte se asienta en Versalles
Alrededor de 1682, unos 10 000 cortesanos y sirvientes habitaban el palacio y sus alrededores. Sólo unos doscientos apartamentos estaban destinados a residentes permanentes; el resto se retiraba a París al anochecer. La vida cortesana se regía por un rígido sistema de valores: pensiones reales, gastos en construcciones, festividades y la necesidad de mantenerse en favor del rey mediante el dominio de la etiqueta.
El día a día seguía el ritmo del rey: audiencias al amanecer, comidas, cenas, servicios religiosos y ceremonias que se volvieron cada vez más elaboradas a medida que Luis XIV dejó de viajar. El arte se subordinó al monarca; los académicos sólo podían acceder con su aprobación. Estas normas de conducta sirvieron de modelo no sólo para otras cortes europeas, sino también para la aristocracia francesa.
Pero Luis XIV también viajaba
A pesar de su afición por el palacio, Luis XIV mantuvo el hábito de desplazarse. En sus 54 años de reinado, 33 estuvieron dedicados a la guerra y, por tanto, al movimiento. Cada viaje estaba meticulosamente planificado: un capitán de guías nombraba un “guía turístico” para cada localidad, revisaba el estado de las carreteras y seleccionaba los lugares de comida. El primer escudero estaba siempre a disposición para proporcionar caballos o carruajes.
Durante estos recorridos, pintores e historiadores acompañaban al rey para inmortalizar sus hazañas. San Simón describió la logística de la visita a Compiègne (1658), donde se erigieron casas de madera y enormes carpas dignas de los mejores palacios parisinos, con abundante comida, vinos y caza que provenían de toda Francia y del extranjero.
El regreso de la corte a París
Con la vejez, el “Rey Sol” redujo sus desplazamientos, organizó menos fiestas y la nobleza volvió a buscar el bullicio parisino. Tras su muerte, Versalles quedó vacío; el Regente prefirió el Palais‑Royal y París recuperó su papel de centro cultural y social. Luis XV también se desplazó con frecuencia entre Compiègne, Choisy, el Trianón y Bellevue, mientras que el Petit Trianón se convirtió en el refugio de María‑Antonieta.
En el siglo XVIII, el prestigio de Versalles quedó eclipsado por los salones parisinos, aunque la presentación ante el rey y el respeto a la etiqueta siguieron siendo normas de la élite. Versalles se volvió una especie de desierto, salvo los fines de semana cuando la aristocracia acudía para “pagar pleitos”. Finalmente, en octubre de 1789, la revolución devolvió a la monarquía a la capital, cerrando el ciclo de la corte itinerante.
Para profundizar
La Corte de Francia, de Jean François Solnon. Fayard, 1987.
El rey, la corte, el Estado: del Renacimiento al absolutismo, de Nicolas Le Roux. Champs Vallon, 2013.
El rey, la corte y Versalles, de Alexandre Maral. Perrin, 2013.