El incidente del vapor Rhine en Yokohama
Unos días antes de que se declarara la guerra en 1870, el vapor alemán Rhine ingresó a la bahía de Tokio y atracó en Yokohama. En ese mismo momento, la zona estaba patrullada por dos buques de guerra franceses (Vénus y Dupleix) y dos alemanes (Medusa y Herta). Cada escuadrón tenía una fuerza comparable: los alemanes contaban con superioridad de artillería, mientras que los franceses destacaban por su mayor maniobrabilidad.
Al declararse la guerra, el Rhine se encontró ante tres opciones: salir del puerto y arriesgarse a ser capturado por la escuadra francesa; permanecer inmóvil en aguas neutrales japonesas; o intentar ser protegido por la escuadra alemana. Esta última requería que los alemanes aceptaran el combate, pero ellos no estaban dispuestos a ello.
Para evitar el conflicto, los alemanes vendieron el vapor a Japón, creyendo haber hallado una solución ingeniosa. Olvidaron, sin embargo, que el derecho marítimo prohíbe el cambio de bandera en tiempo de guerra. El almirante francés, basándose en esa normativa, advirtió al gobierno japonés que, si el Rhine intentaba zarpar, su escuadra lo interceptaría y lo consideraría un premio de guerra.
Los japoneses, que habían adquirido el buque de buena fe, se sintieron desconcertados y presentaron una queja ante el ministro alemán residente en Yokohama.
—No se preocupe —respondió el ministro—. Si los franceses intentan capturar el Rhine, nuestras dos corbetas alemanas lo protegerán. Daré las órdenes correspondientes.
El ministro cumplió su promesa. Al no haber un almirante alemán a bordo, el mando se transfirió al capitán más veterano de la escuadra. Con la cuestión aparentemente resuelta, los japoneses, confiados, prepararon el zarpe del vapor que ahora era de su propiedad.
El día señalado, el muelle de Yokohama se llenó de curiosos que aguardaban, con expectación, el inevitable enfrentamiento naval. La multitud silbaba, animando al supuesto ataque francés, mientras la escuadra alemana permanecía inmóvil y en silencio.
Cuando el Rhine finalmente echó anclas, la escuadra francesa lo siguió, decidida a capturarlo al salir de aguas japonesas. Pero, en un giro inesperado, los alemanes bajaron sus chimeneas y anunciaron que no saldrían a combatir.
El vapor, sin otra opción, volvió a su puerto y regresó a Alemania. La indignación japonesa fue evidente, y el ministro alemán, que había garantizado protección, se sintió igualmente frustrado. Convocó al jefe de la escuadra y le preguntó por qué no había cumplido sus órdenes.
El oficial le entregó un documento firmado por el propio ministro de Marina alemán, que contenía la instrucción: «Sólo aceptar el combate si la victoria es absolutamente segura».
Al ser la fuerza de la escuadra francesa equiparable a la alemana, esa certeza no existía. Por lo tanto, el capitán había obedecido al pie de la letra una directiva que guiaba la política militar alemana durante toda la guerra de 1870‑1871.
Para los japoneses, que valoraban el coraje y la audacia en el campo de batalla, la actitud alemana resultó irritante y poco ilustrativa. Sin embargo, el episodio sirvió, a su modo, para reforzar la percepción japonesa de que, pese a sus derrotas, los europeos luchaban con una determinación admirable.
Al terminar la Guerra Franco‑prusiana, surgió en Japón un nuevo impulso hacia la modernización militar bajo la influencia de la Ilustración europea. En 1871, tras dos importantes reformas, el gobierno japonés decidió volver a buscar asesoría militar extranjera, y, una vez más, se orientó hacia Francia.
Una de las razones fue práctica: muchos intérpretes japoneses dominaban el francés, mientras que el alemán era poco conocido. Así, Japón aceptó la segunda misión militar francesa, compuesta por oficiales y suboficiales de élite de todas las armas.
Fuente
Military Japan (1883), por Paul de Lapeyrère. El documento completo está disponible en el sitio de Gallica.