En las últimas semanas he abordado varios ejemplos de patriotismo desbordado, desde la Guerra de Independencia griega hasta el reciente entusiasmo británico por la Guerra de las Malvinas. El nacionalismo moderno se ha manifestado una y otra vez: la gente celebra su nación y lo muestra al resto del mundo. Algunos conceptos básicos del nacionalismo actual se pueden encontrar en ese contexto.
Y, por supuesto, cualquier análisis del patriotismo está incompleto sin mencionar a Estados Unidos. ¿Cuántas veces ha visto a tropas estadounidenses desfilando por las calles de Europa al ritmo de un "¡EE. UU., EE. UU., EE. UU.!"? Esa euforia tiene una raíz clara: la Guerra Hispanoamericana de 1898.
Del excepcionalismo estadounidense a la expansión del “eagleismo”
Desde el siglo XIX, muchos estadounidenses se han considerado diferentes de las potencias europeas. Se enorgullecían de ser la primera república democrática real y, a partir de la década de 1820, adoptaron una política de aislamiento fuera de su continente. La Doctrina Monroe (1823) declaraba que América sería la esfera de influencia de EE. UU. y que cualquier intervención europea sería rechazada. Al mismo tiempo, EE. UU. reconocía las colonias europeas existentes, posicionándose como una potencia anti‑colonial.
Hoy, esa política de aislamiento parece un recuerdo lejano. Con bases militares en todos los continentes y una presencia global que se autodenomina “el sheriff del mundo”, EE. UU. ha dejado atrás la Doctrina Monroe. ¿Cómo se produjo esa transformación? La respuesta se encuentra en una guerra pequeña pero decisiva: la Guerra Hispanoamericana.
La Guerra Hispanoamericana
Antes de 1898, los problemas del imperio colonial español ya eran conocidos en Washington. La Doctrina Monroe tenía una contradicción inherente: reconocía las colonias europeas en América pero prohibía cualquier actividad europea en el continente. Con el tiempo, esa paradoja inevitablemente provocó choques, y España, con territorios como Cuba, Puerto Rico, Guam y Filipinas, estaba justo en la puerta de EE. UU.
En Cuba, la situación se tornó insostenible a finales del siglo XIX. Desde 1868 había estallado una larga guerra de independencia, seguida de la llamada “Guerra Chiquita” y de numerosos levantamientos menores que culminaron en una rebelión abierta en 1895. Los estadounidenses, influenciados por una prensa sensacionalista y por la tradición de contar su propia lucha contra el colonialismo, empezaron a simpatizar con los cubanos.
La situación en Cuba se intensifica, el público estadounidense la sigue con entusiasmo
En 1898, el presidente William McKinley envió el acorazado USS Maine al puerto de La Habana bajo el pretexto de proteger intereses estadounidenses. La nave explotó pocos días después; la causa exacta nunca se aclaró, pero la prensa estadounidense culpó inmediatamente a España con titulares como “¡Recuerden el Maine, al infierno con España!”. Ese clamor popular, unido a intereses económicos (EE. UU. era el principal socio comercial de Cuba) y estratégicos (la proximidad de la isla al futuro canal de Panamá), empujó al país a abandonar su aislamiento.
En cuestión de meses, las fuerzas estadounidenses derrotaron a España en todos los frentes: en Cuba, Puerto Rico, Filipinas y, en el camino, tomaron Guam. La victoria fue rápida y decisiva.
El fin del imperio colonial español y la nueva era estadounidense
El tratado de paz firmado en París a finales de 1898 marcó el colapso del imperio colonial español. Cuba obtuvo su independencia formal, aunque bajo una fuerte influencia económica y militar estadounidense; la base naval de la Bahía de Guantánamo quedó bajo control de EE. UU. Puerto Rico, Guam y Filipinas pasaron a ser territorios bajo administración estadounidense, aunque ninguno alcanzó la independencia inmediata.
Con estos territorios, EE. UU. emergió como potencia mundial. El concepto que surgió para describir esta nueva política exterior fue el llamado “eagleismo” o “spread‑eagleism”, una metáfora que alude al águila americana desplegando sus alas sobre el mundo. La era del aislacionismo y la Doctrina Monroe quedó relegada a la historia.
En conclusión, la Guerra Hispanoamericana demostró cómo un conflicto limitado puede desencadenar un cambio estructural profundo, convirtiendo a EE. UU. en una potencia colonial y sentando las bases de la política internacional del siglo XX.