En la segunda mitad del siglo XVI, la organización administrativa de los territorios americanos dependía en gran medida de las capitales de los dos virreinatos: la Nueva España y el Perú. México y Lima concentraban centros educativos, imprentas y una vida cortesana que replicaba la de la metrópolis, creando una verdadera corte hispanoamericana.
Ciudad de México
Refundada por Hernán Cortés en 1521 sobre los restos de Tenochtitlán, la Ciudad de México experimentó una transformación urbana extraordinaria durante el siglo XVII. Los primeros trabajos se iniciaron bajo el virrey Antonio de Mendoza en la década de 1530. Las frecuentes inundaciones obligaron a construir diques, presas y un canal de desagüe para vaciar la laguna.
El crecimiento continuó: a mediados del siglo XVII la ciudad albergaba más de 20 000 edificios y, a finales de siglo, alrededor de 50 000 habitantes (censo de 1689). Las crónicas describen que “casi no había calle sin casas construidas o decoradas”. Este auge preparó el terreno para las reformas borbónicas del virreinato de Bucareli en el siglo XVIII, que reforzaron la administración en higiene, salud y orden público, y que elevarían la población a más de 150 000 habitantes.
Lima
Fundada en 1535 por Francisco Pizarro y llamada en honor a la Epifanía, Lima se convirtió rápidamente en la capital del Virreinato del Perú. Su ubicación estratégica y la presencia de la Corte (1542), la arquidiócesis (1546), la Inquisición, la Universidad de San Marcos y una imponente catedral la convirtieron en el centro político, religioso y cultural del territorio.
Los frecuentes terremotos (cuatro entre 1586 y 1687) impulsaron una intensa actividad constructiva: se levantaron acueductos, rompeolas, muros de contención, el puente sobre el Rímac y la catedral (finalizada en 1622). Nuevos hospitales (San Lázaro, La Caridad, San Juan de Dios, San Pedro y el Espíritu Santo) y numerosos conventos completaron el entramado urbano. Para 1630 la ciudad ya contaba con unos 30 000 habitantes.
El puerto de Callao le otorgó una proyección oceánica que permitió el arranque de expediciones de descubrimiento, como la de Mendaña o las de Fernández de Quirós y Báez de Torres, que según algunas corrientes historiográficas alcanzaron tierras que hoy conocemos como Australia, en honor a la dinastía de los Habsburgo.
La riqueza minera de Potosí alimentó la hacienda virreinal, mientras la Universidad de San Marcos y las academias, sociedades y salones de la nobleza generaban un vibrante ambiente intelectual. La imprenta, establecida en 1584, difundió obras que evidencian la magnitud cultural de Lima y del virreinato.
En el siglo XVIII, bajo el virrey Amat, se iniciaron proyectos ilustrados como el Paseo de las Aguas, la plaza de toros y la Alameda de Lima, que consolidaron la expansión urbana.
Hasta la llegada de los nuevos virreinatos borbónicos en el siglo XVIII, México y Lima fueron los polos que concentraron poder y fomentaron la integración cultural en América. Alojaron las primeras universidades, catedrales, centros educativos, imprentas y casas de moneda, instrumentos esenciales para la gobernanza política, social, religiosa y cultural. Los tribunales virreinales, surgidos bajo su sombra, reflejaban la autoridad de los virreyes, mediada por las élites criollas y, a veces, distante de las instrucciones de Madrid.