
Introducción
El 15 de abril recordamos el triste aniversario del incendio que dañó la catedral de Notre‑Dame. Esta joya del patrimonio gótico, cuyo proyecto se extendió durante casi dos siglos, representa una serie de innovaciones técnicas que siguen asombrando a historiadores y visitantes.
Ubicación y origen
Situada en la Île de la Cité, el lugar tiene un significado simbólico: desde la Antigüedad allí se celebraban cultos paganos y, después, cristianos. En la Edad Media, cuando los reyes de Francia se establecieron en el Palais de la Cité, la zona se convirtió en el sitio natural para levantar una gran iglesia.
El impulso de Mauricio Sully
En 1160, Mauricio Sully, obispo de París y confidente de la familia real, decidió sustituir la pequeña catedral de Saint‑Étienne. En lugar de ampliarla, optó por demolerla y construir una “palacio celestial”, tan majestuoso como el Templo de Salomón descrito en el Apocalipsis. Gracias al apoyo del rey Luis VII, el proyecto recibió luz verde.
Los primeros años de construcción (1160‑1182)
En 1161 Sully eligió el emplazamiento exacto del parvis y rediseñó el trazado urbano para facilitar el acceso. Entre 1160 y 1170 se talaron los primeros árboles y se construyó la estructura de madera conocida como “el Bosque”, compuesta por robles centenarios de los siglos VIII‑IX. El 19 de junio de 1163, el papa Alejandro III, el rey Luis VII y Sully pusieron la primera piedra.
La obra siguió una lógica de cimientos a techo. Para 1182 ya estaban terminados el coro y el inicio del transepto, y los feligreses podían celebrar misa bajo sus bóvedas.

Innovaciones técnicas
Los tejadores, apodados “gatos”, colocaban las tejas de plomo a 45 m de altura. Los contrafuertes voladores, ya visibles, distribuían el peso de la bóveda. Cuando se colocaba la piedra clave, la estructura entera se mantenía en equilibrio, aunque hubo varios intentos fallidos antes de lograr el éxito.
Continuación tras la muerte de Sully (1196‑1230)
La muerte de Sully en 1196 retrasó la obra; no fue sino hasta 1200 que se reanudó la segunda fase, marcada por cambios estilísticos. Se amplió el coro, se esculpió la portada central con el Juicio Final y se tallaron los rostros de 28 reyes en los tímpanos, cada uno representando un mes de trabajo para los artesanos.

Gárgolas y drenaje
En 1219, los constructores, preocupados por las filtraciones de agua, cavaron canaletas en los contrafuertes y tallaron gárgolas que escupían el agua lejos de los muros. Simbólicamente, estas criaturas monstruosas protegían la catedral de demonios y pecadores.
Para instalar el nuevo sistema, se desmontó el techo y el Bosque, se alzaron las paredes dos metros más y se reconstruyeron los contrafuertes. Alrededor de 1230 se erigió la aguja original y se ampliaron las ventanas para dejar entrar más luz.
Las rosetas
Inspirado por rosas damascenas del Oriente, Jean de Chelles diseñó las famosas rosetas. La roseta norte, dedicada al Antiguo Testamento, y la roseta sur, encargada por el rey San Luis y dedicada al Nuevo Testamento, miden 13 m de diámetro y son consideradas obras maestras del arte gótico.
Campanas y siglos posteriores
En 1270 se instalaron las campanas de bronce, que van desde 500 kg hasta 10 toneladas. Para evitar dañar las torres, se construyó una campana de madera que absorbe el movimiento de los pesados tubos.
El declive gótico y la renovación
En el siglo XVI, el Renacimiento francés desplazó la fama de la catedral; el término “gótico” pasó a usarse como una crítica despectiva. Sin embargo, la catedral sobrevivió a la Revolución Francesa, a la coronación de Napoleón (1804) y al famoso relato de Victor Hugo (1831), que impulsó su restauración por Viollet‑le‑Duc y Jean‑Baptiste Lassus.
Legado y recuerdo
El proyecto original de Sully nunca vio su final, pero su visión inspiró a generaciones de constructores, artesanos y escultores. El “Bosque” de robles que sustentó la estructura original se perdió en el incendio de 2019, pero su memoria sigue viva en cada piedra de Notre‑Dame.




