El origen de los homínidos
Hace unos 2 500 000 años aparecieron los primeros humanos en la Tierra. Aunque solemos pensar que existía un solo tipo de ser humano, la realidad es mucho más diversa. Nuestro antepasado más antiguo, el Ape Austral, abandonó el este de África y se dispersó hacia Asia, Europa y otras regiones, adaptándose a distintos climas y entornos.
En Europa surgió el Neandertal, adaptado a los rigores de la glaciación; en Asia vivió el Homo erectus, de postura erguida; en Java habitó el Homo soloensis, perfectamente preparado para el clima tropical y húmedo; en una isla cercana existió el diminuto Homo floresiensis, de apenas un metro de altura y 25 kg de peso; en Siberia se descubrió el Homo denisova. En África también surgieron variantes como el Hombre del lago Rudolf, el Hombre trabajador y, finalmente, el Hombre sabio… el Homo sapiens.

De la coexistencia a la supremacía
Hasta hace unos 70 000 años, todas esas especies humanas coexistían sin ejercer una influencia dominante sobre los ecosistemas. A partir de entonces, el Homo sapiens empezó a expandirse rápidamente, logrando una supremacía que otras especies, como el león o el tiburón, tardaron millones de años en conseguir.
¿Qué permitió este éxito?
La respuesta no es una única ventaja física. A nivel individual, cualquier humano perdería frente a un gorila, un león, un elefante o un tiburón. Sin embargo, cuando los humanos se agrupan en comunidades de más de 150 individuos, su capacidad de supervivencia aumenta drásticamente.
La revolución cognitiva
Hace unos 70 000 años surgió lo que los científicos denominan la Revolución Cognitiva. Los humanos comenzaron a crear y compartir realidades imaginarias: mitos, religiones, naciones, sistemas monetarios, leyes y corporaciones. Esta capacidad de imaginar lo que no existe y de comunicárselo a otros permitió colaboraciones a gran escala y con gran flexibilidad.
A diferencia de hormigas o abejas, que cooperan en masa pero sin adaptarse a cambios, o de chimpancés, elefantes y delfines, que son flexibles pero solo en grupos pequeños, el Homo sapiens combina ambas fortalezas: cooperación masiva y adaptabilidad.
Podemos escribir este artículo sin conocer al lector y, aun así, establecer un intercambio intelectual. Un chimpancé no podría impartir una lección a un mono desconocido; los humanos sí, gracias a la imaginación compartida.

El papel de la imaginación
El secreto del Homo sapiens radica en su capacidad para creer en historias ficticias y actuar en consecuencia. Creemos en religiones, naciones, dinero, sistemas políticos, derechos humanos y, lamentablemente, también en instituciones destructivas como prisiones o campos de concentración. Ninguna otra especie posee tal habilidad de crear y seguir normas que solo existen en la mente colectiva.
Un chimpancé no aceptaría la promesa de un “cielo de chimpancés” a cambio de 70 plátanos; solo los humanos pueden comprar esa ilusión.
Colaboración y fuentes
Colaboración con Gabriel Gromadzyn.
Fuente: De los animales a los dioses – Yuval Noah Harari.