Es posible que una de las profesiones más antiguas de la humanidad haya sido la de banquero. Curiosamente, no hay evidencia de que existiera en sociedades cazadoras, quizá porque una hipoteca podía pagarse con un simple trozo de sílex afilado. Cuando surgieron los excedentes agrícolas y ganaderos, aparecieron también los impuestos, la burocracia y, con ellos, las primeras actividades bancarias.
Los inicios del crédito en Sumeria
En la antigua Sumeria, donde los tributos se cobraban incluso por respirar, no tardó en aparecer la figura del usurero. Los abusos eran frecuentes; ya en el siglo 24 a.C. el rey Urukagina de Lagash promulgó reformas sociales que incluían la exención de impuestos para viudas y huérfanos, la obligación de los ricos de pagar a los pobres en dinero y la condonación de deudas usureras.
Los templos, guardianes de los excedentes agrícolas y ganaderos, comenzaron a ofrecer préstamos con intereses “no abusivos”. Cuando un deudor estaba demasiado desesperado, podía acudir a un prestamista profesional. Un ejemplo de contrato sumerio dice:
Adakala recibió de Urdulazaga un préstamo de 120 shekels de plata, con un interés de 5 shekels por cada 60. Devolverá la suma en el mes de Sig, bajo juramento al rey.
Otro texto registra un préstamo de 60 shekels con un interés del 25 % a ser devuelto al siguiente mes.
Los templos como centros financieros
Los templos estaban en una posición privilegiada: almacenaban granos y ganado, y recibían tributos reales. Cuando el monarca necesitaba financiar campañas militares, recurría a estos depósitos. Con el tiempo, sacerdotes y nobles empezaron a especular con esos excedentes, comprando y vendiendo productos a gran escala. Así surgió lo que podríamos llamar “banca profesional” o “dinastías bancarias”, familias que durante varias generaciones no solo concedían préstamos, sino que también mediaban en negocios, custodían bienes y especulan con los activos de sus clientes.
La dinastía Murashu en Nippur
En 1893, la Universidad de Pensilvania excavó en Nippur y descubrió cerca de 900 tablillas de arcilla cuneiformes en sumerio, arameo y acadio. Estas fichas documentan la contabilidad de la familia babilónica Murashu durante tres generaciones, desde antes de la caída de Babilonia hasta la época del conquistador persa Ciro el Grande. Los Murashu custodiaban objetos valiosos en lo que hoy llamaríamos cajas de seguridad, cobrando una tarifa anual; concedían préstamos, recaudaban impuestos en nombre del rey y, tras la caída de Nabonido, continuaron sus funciones bajo el nuevo régimen persa, quien incluso les encomendó financiar el retorno de los judíos que deseaban regresar a su tierra.
Una tablilla muestra cómo ayudaron al comerciante judío Udarna a recuperar sus bienes robados por su propio hermano, garantizando que no volvería a ser demandado en generaciones futuras.

Entre los aproximadamente 2 500 clientes registrados aparecen figuras ilustres como Menostanes, nieto de Jerjes I, y su padre Artario, sátrapa de Babilonia. La familia empleaba a 60 agentes comerciales, arrendaba tierras a funcionarios reales y recibía una comisión por sus servicios. También realizaron operaciones en Elam, aunque su naturaleza exacta sigue sin aclararse.
Un legado milenario
La idea de una familia que combina banca, comercio, préstamo y especulación, negociando con reyes y ministros, no es tan moderna como parece. Hace 26 siglos ya existían estructuras semejantes, aunque sin tablets, televisores de pantalla gigante ni laptops como garantía. Aún les quedaba mucho por aprender.