Contexto inmediato a la muerte de Alfonso IX
Tras la muerte de Alfonso IX en 1230, las dos hijas del monarca, las infantas Sancha y Dulce, emprendieron el viaje desde Galicia a León acompañadas por su madre, Teresa de Portugal. Mientras tanto, Fernando III de Castilla se encontraba en la campaña de Jaén, que fracasaba. Al enterarse de la muerte de su padre, regresó a Castilla; su madre, Berenguela, lo interceptó en Orgaz y le instó a dirigirse sin demora a León, acompañada por la nobleza castellana.
Reconocimiento de Fernando III como rey de León
Los consejos de Villalpando y Toro, así como los obispos de Oviedo, Astorga, León, Lugo, Salamanca y Ciudad Rodrigo, reconocieron a Fernando III como legítimo rey de León. El cronista Ximénez de Rada, partidario de Fernando, tiende a minimizar la resistencia opositoria, aunque otras fuentes la confirman.
El rechazo a Sancha y Dulce en Astorga, León y Benavente
Las infantas fueron recibidas con hostilidad en Astorga y Benavente; incluso se les negó la entrada a León. Según la Crónica latina de los Reyes de Castilla, la gente y los obispos estaban dispuestos a acoger a las princesas, pero no a sus soldados. Sin embargo, el tenente Rodrigo Fernández de Valduerna, firme partidario de las infantas, controlaba Astorga y Benavente, lo que hace extraño el rechazo.
Sancha y Dulce se refugiaron en Zamora, la única ciudad que les ofreció hospitalidad, donde fueron acogidas por la nobleza local.
La lucha por el control de la capital leonesa
Mientras Fernando III se acercaba a León, descubrió que la ciudad estaba dividida: el merino mayor y el noble Diego Froilaz ocupaban el palacio real y la iglesia de San Isidoro, mientras los partidarios de Fernando defendían la catedral y las torres de la muralla.
La enfermedad de Diego Froilaz provocó su retirada; el obispo Rodrigo y sus seguidores recuperaron San Isidoro y enviaron a Fernando, que probablemente se encontraba en Mansilla, una solicitud para que acudiera a la capital. Allí sus partidarios lo proclamaron rey de León.
La Concordia de Benavente
En octubre de 1230, una delegación enviada por Teresa de Portugal llegó a León para solicitar audiencia con la madre de Fernando III. En Valencia de Don Juan, Teresa y Berenguela negociaron la sucesión y, el 11 de diciembre de 1230, firmaron la conocida Concordia de Benavente. Según el acuerdo, Sancha y Dulce renunciaron a sus derechos dinásticos a cambio de una pensión anual de treinta mil maravedíes, proveniente de rentas de diversas señas en Asturias, León y Castilla.
La renuncia abrió el camino a Fernando III para reinar en León, aunque la aceptación no fue total. Lucas de Tuy relata disturbios en el reino, con caballeros gallegos y asturianos que incendiaron ciudades y resistieron al nuevo monarca. Otros cronistas describen enfrentamientos cotidianos entre partidarios y opositores.
Interpretaciones de la resistencia
González Jiménez sostiene que la oposición en Galicia y Asturias no estaba directamente ligada a la cuestión sucesoria, sino a un descontento preexistente de la nobleza local por las políticas de Alfonso IX. La Concordia incluyó la entrega de doce castillos a destacados nobles leoneses, lo que, según él, evidencia la aceptación general de Fernando III.
Chao, por su parte, afirma que los primeros documentos de Fernando III carecen de la firma de los grandes nobles, lo que indica una resistencia latente. Según él, la Concordia inició una campaña de manipulación de la historia leonesa para adaptarla a los intereses castellanos, incluyendo la supresión de documentos que pudieran respaldar reclamos sucesorios contrarios.
Valoración de la figura de Berenguela
Puente y Manzano Moreno destacan la habilidad diplomática de Berenguela, quien, tras la muerte de su esposo Alfonso IX, logró que Fernando III accediera al trono leónico, unificando Castilla y León. Según González Jiménez, la unión consolidó el poder de Fernando III, convirtiéndolo en el monarca más fuerte de la península a partir de 1230.
Consolidación del reino unido
Los dos primeros años del reinado de Fernando III los dedicó a recorrer sus dominios, confirmar privilegios y repartir donaciones para afianzar su autoridad, sobre todo en Galicia, donde todavía persistían focos de rebelión. Su visita a Compostela y a los sepulcros de su padre y del apóstol Santiago sirvió para legitimar su gobierno.
Aunque la unión de los reinos se mantuvo, la administración y la legislación siguieron separadas durante mucho tiempo, como demuestran las distintas cortes celebradas en Zamora, Burgos, Valladolid y Sevilla, donde se aplicaban normas diferentes según la zona leonesa o castellana.
Bibliografía
Esta entrada se basa en la obra De la guerra a la unificación. La historia de León y Castilla de 1037 a 1252, disponible en formato papel y digital en los sitios todotuslibros.com, libreamos.com y Amazon.
Imagen: Wikimedia Commons, autoría archivada.