Antecedentes
Hasta 1065 la relación entre el reino de León y el condado de Castilla fue tensa. Desde la mitad del siglo X, bajo Fernán González, Castilla ganó peso, pero nunca llegó a independizarse de León.
El punto de inflexión de 1037
En 1037, tras la batalla de Tamarón, el conde Fernando Sánchez de Castilla sucedió a Vermudo III en el trono leonado, reinando como Fernando I. Al morir en 1065, dividió su reino entre sus hijos: Alfonso VI (León), García (Galicia) y Sancho II (Castilla). En 1072, tras la muerte de Sancho II, Alfonso VI reunificó León, Castilla y Galicia.
Uniones y separaciones posteriores
Los reinos permanecieron bajo la misma corona durante los reinados de Alfonso VI (1072‑1109), Urraca I (1109‑1126) y Alfonso VII (1126‑1157). Este último volvió a separar León (para su hijo Fernando II) y Castilla (para Sancho III). Tras la muerte de Sancho III, su hermano Alfonso VIIIII tomó el trono castellano.
Durante la separación se firmaron tratados como el de Sahagún (1157) y el de Fresno‑Lavandera (1183) para regular la sucesión y el Infantazgo de Tierra de Campos.
Conflictos entre Alfonso VIII de Castilla y Alfonso IX de León
Alfonso IX accedió al trono en 1188. Ese mismo año, Alfonso VIII aprovechó la incertidumbre y ocupó varios castillos leoneses, entregados sin resistencia por la viuda de Fernando II, Urraca López de Haro.
El 19 de mayo de 1188, en Soto Hermoso, Alfonso VIII reconoció la legitimidad de su primo, aunque no devolvió los castillos. En la misma fecha se acordó una curia en Carrión de los Condes donde el rey castellano debía otorgarle el título de caballero a Alfonso IX.
Según Chao Prieto, el acto no fue una declaración de vasallaje, pero la ceremonia —con la entrega del cinturón militar y el beso a la mano del rey castellano— fue usada por la chancillería de Castilla para humillar al monarca leónico. Otros autores, como Martínez Díez, describen el gesto como una promesa de matrimonio entre los príncipes y un reconocimiento de vasallaje.
Puente subraya que, tras la firma de un pacto de no agresión y la devolución de los puestos ocupados, la curia se celebró el día de San Juan en el monasterio de San Zoilo. El rey de Castilla, a punto de cumplir treinta años, le entregó a Alfonso IX el cinturón militar y recibió su beso, gesto que, aunque no constituyó vasallaje, sí fue interpretado como reconocimiento de la supremacía castellana.
Rodríguez‑Picavea señala que, pese a la aparente sumisión, Alfonso IX salió fortalecido, consolidando su posición interna frente a la poderosa familia Haro.
Arbitraje papal y la batalla de Alarcos
Los enfrentamientos continuaron y, en 1194, el Papa intervino con una mediación que culminó en el arbitraje de Tordehumos. Un año después, la derrota castellana en Alarcos (1195) volvió a romper la alianza entre ambos monarcas.
Alfonso IX respondió al llamado de su primo y marchó a Toledo en el verano de 1195, pero Alfonso VIII, confiado en sus fuerzas, no esperó su llegada, lo que contribuyó al desastre de Alarcos. Puente sugiere que el rey castellano quiso evitar compartir una victoria con su primo leónico.
La muerte de Enrique I y la ascensión de Fernando III
En 1214 murió Alfonso VIII; su hijo Enrique I, de diez años, murió tres años después sin descendencia. Según el tratado de Sahagún (1157), Alfonso IX podía reclamar el trono castellano.
Berenguela de Castilla, hermana de Enrique I y ex esposa de Alfonso IX, intervino. Envió mensajeros a León para que el infante Fernando, hijo de Alfonso IX, viajara a Castilla. Allí fue proclamado rey y Berenguela abdicó en su favor, convirtiéndose Fernando III en rey de Castilla.
Alfonso IX, apoyado por la familia Lara, se opuso inicialmente, pero en la reunión de Toro (26 de agosto de 1218) reconoció a Fernando III como rey de Castilla y renunció a cualquier pretensión al trono castellano, prometiendo no ayudar a los Lara.
Conclusión
La sucesión de Alfonso IX marcó una etapa de intensos conflictos y negociaciones entre León y Castilla, que culminarían con la unión dinástica bajo Fernando III. En el próximo artículo se analizará cómo se resolvió la unión de los dos reinos tras la muerte de Alfonso IX.
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