Introducción
Extracto del libro The Plantagenets.
En entradas anteriores hemos analizado la figura del formidable rey inglés Eduardo I, tanto en la época en que su padre Enrique III aún reinaba y él era heredero (véanse los artículos sobre la batalla de Lewes y Simón de Montfort) como durante su propio reinado (por ejemplo, la muerte del rey Alejandro III de Escocia). Sus hazañas en Escocia fueron popularizadas por la película Braveheart, donde aparece como el monarca que se enfrenta a William Wallace; de hecho, en su ataúd lleva grabada la leyenda "Martillo de los escoceses".
Una cruzada entre la princesa y la corona
Tras la muerte de Montfort en 1265 y la pacificación de Inglaterra, el joven y impetuoso Eduardo necesitaba probar su vigor físico. La opción más gloriosa para un caballero cristiano de la época era participar en la defensa de los territorios cruzados de Oriente, conocidos como Outremer.
Los fondos escasos retrasaron el proyecto: el Parlamento negó repetidamente los recursos necesarios. Finalmente, el 20 de agosto de 1271, Eduardo y su esposa Leonor de Castilla zarparon hacia Francia con la intención de unir sus fuerzas a las del rey Luis IX, quien también partía hacia Tierra Santa.
Al llegar a Francia, Eduardo descubrió que Luis ya había zarpado desde Aigues-Mortes. Además, el rey francés había cambiado de rumbo y se dirigía a Túnez, donde el hermano de Luis, Carlos de Anjou, pretendía presionar a los vasallos tunecinos para que pagaran deudas al tesoro real. La partida francesa había sido diezmada por una peste que acabó con la vida del propio Luis, dejando a los ingleses solos.
La llegada a Acre y la alianza mongola
Aunque la cruzada parecía una misión imposible, Eduardo siguió adelante y llegó al estrecho enclave cristiano de San Juan de Acre. Pronto comprendió que, aun sumando sus tropas a las de los caballeros militares, no tenían ninguna posibilidad contra los mamelucos del sultán al‑Zahir Baybars.
Desesperado, buscó una alianza con los mongoles liderados por Abaqa Khan, nieto de Gengis Kan. Los mongoles atacaron Alepo, lo que dispersó a las fuerzas musulmanas y permitió a los cruzados lanzar una ofensiva limitada.
El fracaso total
El plan colapsó: los ingleses no lograron tomar el castillo de Qaqun, situado entre Acre y Jerusalén, y poco después los mongoles se retiraron. Los mamelucos regresaron en masa y Eduardo se vio obligado a volver a Acre, donde sus tropas sólo habían saqueado y matado en pueblos circundantes.
Su presencia empezaba a irritar tanto a los mamelucos como a los cristianos de Acre, que habían establecido una próspera coexistencia comercial con los musulmanes. Cuando se firmó una tregua de diez años entre cristianos y musulmanes, Eduardo se negó a firmarla, decidido a seguir adelante hasta conquistar Jerusalén.
Un intento de asesinato que casi le cuesta la vida
Un suceso selló el fin de la cruzada y casi le arrebata la vida a Eduardo. Un lugarteniente del sultán llegó a Acre alegando haber desertado. Eduardo lo recibió y, durante una audiencia privada, el desertor sacó una daga envenenada e intentó asesinarlo. Aunque logró defenderse, resultó herido de gravedad.
El rey estuvo al borde de la muerte durante varios días; su salud se recuperó lentamente, pero la cruzada ya estaba condenada. En septiembre de 1272, aún convaleciente, zarpó hacia Sicilia, donde Carlos de Anjou lo recibió con honores. Allí se enteró, el 16 de noviembre del mismo año, de la muerte de su padre Enrique III y de que él era ahora rey de Inglaterra.
Conclusión
Como resume el libro de Marc Morris, Edward I: A Great and Terrible King, el reinado de Eduardo I estuvo marcado por la ambición y la dureza. Su fallida cruzada es sólo uno de los episodios que revelan la complejidad de su figura.