
¿Por qué los emperadores romanos persiguieron al cristianismo?
Al comienzo del siglo IV, los cristianos representaban apenas un 5 % de la población del Imperio. La principal razón de la persecución no era su condición de cristianos, sino su negativa a participar en los cultos oficiales al panteón romano y en el culto imperial, que estaban estrechamente ligados al poder político.
El emperador era simultáneamente imperator (máximo comandante militar) y pontifex maximus (sumo sacerdote). Desde Julio César, la autoridad religiosa del Estado se utilizó para consolidar la unidad del imperio. Cuando un grupo se negaba a rendir culto al emperador o a los dioses tradicionales, se consideraba una amenaza al orden público.
Así, emperadores como Nerón, Valeriano o Diocleciano organizaron campañas de represión. En el caso de Diocleciano (finales del siglo III), la persecución se intensificó porque, al instaurar la forma de gobierno conocida como "Dominado", buscó reforzar el culto imperial como una especie de "culto al dios Júpiter". Los cristianos, fieles a su único Dios, se negaron a participar y fueron objeto de confiscaciones, destrucción de iglesias y martirios.
¿Qué motivó la emisión del Edicto de Milán?
El 13 de febrero de 313 d.C., Constantino I y Licinio, emperadores del occidente y del oriente, firmaron un acuerdo en Milán que garantizaba la libertad de culto a todos los habitantes del imperio. No se trató de una "nacionalización" del cristianismo, sino de una política de tolerancia que incluía a todas las religiones.
Existen varias teorías sobre las razones de Constantino:
- Su madre, Helena, habría sido cristiana, lo que pudo influir en su actitud.
- La creciente población cristiana necesitaba una solución política para evitar conflictos internos.
- El cristianismo ofrecía una base moral y una unidad cultural que podía servir como herramienta de gobierno en un imperio cada vez más diverso.
Constantino no impuso el cristianismo como religión oficial; sin embargo, concedió privilegios como la exención de impuestos a los clérigos y protegió la propiedad eclesiástica. Su política se mantuvo después de su muerte, y bajo sus sucesores el cristianismo llegó a ser la religión estatal en 392 d.C.
El texto del edicto
"Desde hoy, cualquiera que crea en la divinidad de su propio Dios será libre de ejercer su culto y de participar en los ritos que estime convenientes. Que el Altísimo guíe a todos los habitantes del imperio hacia la reconciliación mediante la gracia y la caridad."
El edicto refleja la tradición romana de clementia, es decir, la tolerancia y el respeto a la propiedad y a la libertad de expresión y fe. No obligó a nadie a cambiar de religión, sino que garantizó que ninguna comunidad sería perseguida por sus creencias.
En resumen, el Edicto de Milán marcó el inicio de una política de libertad religiosa que, aunque tardaría siglos en consolidarse plenamente, supuso un punto de inflexión en la relación entre Estado y religión en la historia occidental.