Imperio Alemán
El Imperio Alemán habría sido la potencia dominante en Europa. Con la derrota de Francia, Gran Bretaña y Rusia, Alemania se convertiría en el hegemón indiscutido del continente. Probablemente habría anexado territorios o creado estados títeres en gran parte de Europa del Este y los Balcanes, influyendo decisivamente en la política y la economía europea.
Imperio Austrohúngaro
El Imperio Austrohúngaro habría sobrevivido como una entidad unificada. Con el respaldo de Alemania, habría mantenido su integridad territorial y seguiría desempeñando un papel importante en los asuntos europeos. No obstante, enfrentaría graves tensiones internas, pues las diversas nacionalidades seguirían reclamando mayor autonomía o independencia.
Imperio Otomano
El Imperio Otomano habría permanecido en el poder. La victoria alemana le habría permitido conservar sus dominios y, quizás, expandir su influencia en Oriente Medio y el Norte de África. Sin embargo, también tendría que lidiar con el descontento interno y el auge del nacionalismo en la región.
Imperio Ruso
El Imperio Ruso habría colapsado. Ya sumido en una profunda crisis antes de 1914, la derrota en la guerra habría acelerado su desintegración. Rusia probablemente se habría fragmentado en varios estados más pequeños, sumidos en inestabilidad política y guerras civiles.
Francia y Gran Bretaña
Ambos países habrían quedado gravemente debilitados. La derrota les habría costado territorio, influencia y habría provocado severas crisis económicas y sociales. Es probable que surgieran inestabilidad política y movimientos de protesta en los años posteriores al conflicto.
Estados Unidos
El papel de EE. UU. en Europa habría sido mucho más limitado. Sin la necesidad de intervenir para contrarrestar a las Potencias Centrales, Estados Unidos habría centrado su atención en asuntos internos y en sus relaciones con América, reduciendo su influencia en la reconstrucción europea.
Una visión global
El mundo habría sido más inestable y peligroso. La victoria de las Potencias Centrales habría perpetuado rivalidades entre las grandes potencias europeas, incrementando la probabilidad de futuros conflictos. Además, el comunismo y el fascismo podrían haber surgido con mayor fuerza en un contexto dominado por Alemania y sus aliados.