Sigismundo III Vasa quedó en la historia como un playboy que seducía a damas de la corte y, al mismo tiempo, como un católico fundamentalista que se penitenciaba y asistía a misa dos veces al día. Su reinado estuvo marcado por guerras (en parte provocadas por él). ¿Merecía realmente la leyenda negra que lo retrata como el monarca que "arruinó Polonia"?
Cuando llegó al Reino de Polonia‑Lituania en 1587, Sigismundo apenas tenía 21 años y una opinión muy desfavorable entre la nobleza polaca. El canciller Jan Zamoyski lo describió como "un monstruo silencioso de Suecia", y el arzobispo de Gniezno miraba con recelo a la multitud de mujeres que rodeaban al joven rey.
El hecho de que su tía, Ana Jagellón, fuera "empujada" al trono no ayudó a su popularidad. Zamoyski apoyó su candidatura esperando convertir al príncipe sueco en un títere fácil de controlar. Sin embargo, el rey demostró rápidamente que no tenía intención de someterse a los intereses de la nobleza.
¿Sangre sueca y costumbres extrañas?
Al poco tiempo de su llegada, la corte se inundó de críticas. Lo tachaban de silencioso, obstinado y lento. El canciller no escatimó en palabras cuando preguntó al consejero Marcin Leśniowolski: "¿Qué monstruo silencioso trajiste de Suecia?".
Jerzy Besala comenta: "Era diferente a los polacos, es cierto, pero sus contemporáneos e historiadores le han atribuido tantos defectos como él mismo pudo haber tenido. Apenas llegó a Polonia, empezó a jugar al fútbol con la nobleza, a volar cometas y globos, lo que asustó a los polacos. ¿Qué juego extraño practicaba Su Majestad?"
El primado de Polonia, Stanisław Karnkowski, sospechó que esos entretenimientos ocultaban un estilo de vida libertino. Los rumores sobre la supuesta disolución del monarca y su gusto por juegos tanto masculinos como femeninos circulaban por la corte.

En 1588, Karnkowski escribió indignado a Ana Jagellón: "¡Qué necedad! Tenemos a un monarca que adorna su corte con locuras". Un autor anónimo, bajo el título "Dystychów na Sigismund III", añadía: "¡Muchas vírgenes han perdido su pureza por el voraz amor del rey!".
Algunos defendieron al rey, como el teniente real Jan Bojanowski, quien aseguró al voivoda de Vilna Krzysztof Radziwiłł: "Para mí, señor, esas noticias no tienen fundamento". Besala aclara:
"Eso significaba que el rey no jugaba con chicas vivas como si fueran pelotas, ni organizaba orgías, ni construía un salón especial en Cracovia. El Primate, sin embargo, no lo creyó y ordenó demoler el supuesto salón de fútbol, temiendo que fuera mixto y, por tanto, inmoral".
Los calumnias continuaron hasta su matrimonio con Ana de Habsburgo en 1592 y, trece años después, con su hermana menor, Constanza. El profesor Henryk Wisner señala: "Estuvo muy unido a ambas esposas. Vivió varios años con Ana y, después, más de veinte años con Constanza; su muerte le fue un duro golpe".
De la promiscuidad al fundamentalismo
Aun después de casarse, la crítica no cesó; al contrario, se intensificó. Al dejar de ser percibido como mujeriego, se le etiquetó como un católico intolerante y fundamentalista. Esa imagen proviene, entre otros, de la obra de Paweł Jasienica "El Reino de Polonia‑Lituania".

Según esa visión, el monarca rezaba con devoción (asistía a misa dos veces al día) y, cuando pecaba, se ponía cilicio y se flagelaba. Sin embargo, el profesor Wisner desmiente esos mitos:
"La mayoría son falsos, especialmente los que acusan intolerancia religiosa. Cuando llegó a Polonia, permitió que se celebraran servicios protestantes en Wawel para su hermana Ana, luterana, a pesar de la oposición de los obispos y de las amenazas del Primate Karnkowski".
También circulan informes erróneos sobre la supuesta exclusión de protestantes en sus nombramientos, aunque su actitud hacia los disidentes empeoró con el tiempo.
El rey fugitivo
Contrario a los rumores de melancolía, Sigismundo III tenía muchas pasiones: la orfebrería, la pintura (sus obras se confundían con las de Rubens), la colección de arte, armas y libros. Le gustaba la fiesta y el buen vino. Un relato de una de sus banquetes dice:
"Cuando ya no pudieron beber más, el rey se levantó, apoyado en su caballero Jan Karol Chodkiewicz, y el vicecanciller de la Corona Szczęsny Kryski lo sostuvo, mientras el monarca, ya borracho, proclamaba su divinidad".

Aun así, los magnates cercanos mostraban una actitud irrespetuosa hacia él. Además, la falta de recursos le obligaba a comer en la casa de su tía Ana Jagellón. Según la profesora Anna Filipczak‑Kocur, el rey necesitaba al menos 300.000 PLN anuales para mantener su casa, pero en 1588 sólo disponía de 200.000 PLN y al año siguiente de poco más de 100.000 PLN.
La precaria situación financiera y la crítica constante lo empujaron a contemplar la fuga del país. Su esposa, Ana, logró disuadirlo de abdicar y de entregar el trono a los Habsburgo. Sin embargo, el destino de Sigismundo se acercó al de Henryk Walezy, el primer rey electo de Polonia, que abandonó el castillo de Wawel de noche, llevándose los cubiertos.