En la época moderna, entre finales del XV y finales del XVIII, la actividad pesquera supuso un desafío fundamental para las poblaciones costeras. Además de servir como medio de subsistencia mediante una economía de recolección, la pesca se convirtió en una importante fuente de ingresos y de capital que podía reinvertirse en otras actividades, como ocurrió en Saint‑Malo con la corsa. De este modo, la pesca permitía a las comunidades costeras preservar su estatus y, en muchos casos, enriquecerse.
De la recolección a la pesca
El primer paso es analizar la actividad de recolección que predominó en las sociedades costeras de la época moderna. La captura de "mariscos" era una práctica habitual; los europeos utilizaban este término para referirse a los recursos marinos disponibles directamente en la orilla. Se recolectaban algas, goémon, conchas, arena, guijarros o fragmentos de rocas arrastrados por tormentas. A partir del siglo XVIII, las autoridades comenzaron a restringir estas prácticas para evitar la erosión costera. Un ejemplo es la playa de Pampelonne, cerca de Saint‑Tropez, que sirvió durante siglos como depósito de arena para la construcción de la Costa Azul y hoy está protegida por su valor turístico.
Los pescadores artesanales también aprovechaban los recursos intermareales: ostras, mejillones, almejas y otros moluscos. Estas capturas se realizaban en zonas de marea, especialmente en el Atlántico, el Canal de la Mancha y el Mar del Norte. También se extraían esponjas naturales en Cerdeña, Sicilia, Túnez y aguas griegas, y se practicaba la pesca de coral, muy apreciado en el Mediterráneo para la joyería y la farmacología. Por ejemplo, cuando María de Medici llegó a Marsella para casarse con el rey Enrique IV, los locales le ofrecieron una rama de coral como obsequio de bienvenida.
De todos los recursos marinos, el más importante era la sal. La sal marina era esencial tanto para la nutrición como para la conservación de alimentos. Se obtenía mediante pequeñas presas y trampas que atrapaban el agua de mar para que evaporara y dejara la sal. Estas instalaciones existían en Francia (Hyères, la península de Giens, Guérande, Bourgneuf) y en toda Europa, como en Venecia y Setúbal.
Hasta el final de la Edad Media, los monjes y señores feudales explotaban las salinas. A partir del siglo XIV, el Estado asumió el control y gravó la producción con la famosa "gabela", impuesto que se instauró durante la Guerra de los Cien Años.
La "pesca en la orilla" consistía en caminar por la zona intermareal con las manos o una red de arrastre para recoger conchas, crustáceos o pequeños peces. También se practicaba una pequeña pesca costera con embarcaciones que zarpaban al amanecer y regresaban antes del anochecer. En las regiones del Poniente (Gascuña, Normandía, Bretaña, Flandes) esta práctica se retrasó respecto al Mediterráneo; hasta el siglo XV la gente temía adentrarse demasiado en el mar, como describió el historiador Alain Corbin en "El mar. Terror y fascinación".
Pesca en alta mar y de profundidad
La pesca en alta mar implicaba alejarse de la costa durante varios días. En el Mediterráneo se dedicaba, por ejemplo, a la captura del atún rojo mediante redes. En el noroeste de Europa, la pesca de arenque se convirtió en una verdadera "civilización del arenque" para los holandeses, según el historiador Alain Cabantous. En el siglo XVII, la caída de precios hizo del arenque un alimento popular; se conservaba ahumado, en escabeche o en barriles con vinagre.
El arenque sigue siendo fundamental en festividades de la Flandra marítima (Dunkerque, Douai, Dieppe, Calais, Boulogne‑sur‑Mer). La pesca en alta mar más prestigiosa fue la de bacalao, desarrollada por los pescadores de Saint‑Malo que navegaban hacia Terranova. Estas expediciones podían generar fortunas que se invertían en corsarias y en la construcción de barcos de guerra.
En la zona del Atlántico Norte, el bacalao era el pez más codiciado. Los pescadores noruegos de Bergen fueron los pioneros, seguidos por ingleses y franceses. Tras el Tratado de Utrecht (1713), Francia perdió la mayor parte de Terranova a manos de Inglaterra, reteniendo solo islas como Saint‑Pierre‑et‑Miquelon para continuar la pesca de profundidad.
El bacalao se comercializaba de dos formas: como "stockfish" o "bacalao seco", salado y curado al aire; y como "bacalao verde", conservado en salmuera a bordo, lo que permitía una rápida descarga pero una vida útil más corta.
Técnicas de explotación
En sus inicios se utilizaban líneas y redes simples. La línea con anzuelo y la red de arrastre eran las más comunes. La técnica más importante fue la "pesca de larga línea", muy extendida en el Mediterráneo: una cuerda principal se dejaba en el fondo con múltiples líneas más pequeñas provistas de anzuelos. Los catalanes perfeccionaron este método añadiendo flotadores, creando la "longa de pendís".
Los catalanes introdujeron la técnica en Provenza, lo que provocó conflictos con los pescadores locales que acusaban a los visitantes de sobreexplotar el fondo marino. En Provenza también se empleaban trampas y cestas con cebo. Otra práctica frecuente era la pesca con "cuerdas de vaca": dos pequeñas embarcaciones (tartanas) avanzaban paralelamente, cada una tirando de una cuerda que arrastraba una bolsa de captura.
Estas redes, llamadas "essaugues", llegaron a costar casi tanto como la propia barca. Su propiedad se dividía en cuotas o "quirats", de modo que en testamentos y inventarios se pueden encontrar referencias a estas participaciones.
Además de redes y líneas, los pescadores modernistas desarrollaron "pesquerías fijas". Se distinguen tres tipos: (1) parques de ostras o mejillones, granjas costeras semejantes a cultivos agrícolas; (2) "bordigues", trampas hechas de juncos que capturan peces al pasar; (3) trampas complejas, especialmente usadas en el Mediterráneo para el atún, que consisten en laberintos de mallas fijadas al fondo y gestionadas colectivamente por grupos de pescadores, también divididas en "quirats".
Bibliografía
Alain Corbin, El mar. Terror y fascinación, París, Seuil, 2011.
Alain Corbin, El territorio del vacío. El oeste y el deseo de la costa, 1750‑1840, París, Flammarion, 1990.
Alain Cabantous, André Lespagnol, Françoise Pé Ron, Francia, la tierra y el mar (XIII‑XX siglos), París, Fayard, 2005.