Retrato de Gabriel Jogand‑Pagès, conocido como Léo Taxil, nacido en Marsella en 1854 y fallecido en Sceaux en 1907. En el fondo, la escena de un aprendiz en una plancha de una historia de la masonería publicada en 1843 – ISTOCK
Revelaciones “sensacionales” sobre la masonería
En 1885 apareció bajo el título Revelaciones completas sobre la masonería el primer ataque anti‑masónico de Léo Taxil, una denuncia formal de las supuestas “exacciones” de la sociedad secreta. Le siguieron otros libros de tono igualmente provocador, como Los asesinatos masónicos, ¿Existen mujeres en la masonería? o El diablo en el siglo XIX.
Taxil, un polígrafo marsellés amante de los escándalos, pretendía mostrar a la masonería como obra del propio Satanás: una maquinaria política que utilizaba intrigas, asesinatos y orgías para alimentar su sed de poder. En Masonería en Francia publicó volúmenes con nombres, direcciones y profesiones de miles de masones. El éxito fue inmediato: la prensa se alimentó de la polémica, los libros tuvieron gran circulación y varios fueron traducidos al extranjero.
Un libre pensador virulento
Gabriel Jogand‑Pagès, su verdadero nombre, había sido periodista republicano y militant anticlerical. En Marsella fundó el periódico La República anticlerical, una “biblioteca anticlerical” y compuso una Marseillaise anticlerical. Sus escritos atacaban con vehemencia los dogmas y la moral del clero, acusándolos de inmoralidad sexual. En 1879 su panfleto ¡Abajo la capucha! le valió un proceso por ofensa a la moral pública y una excomunión.
Su oposición a la Iglesia le acercó a la masonería; fue iniciado en 1881 en la logia parisina “Templo de los Amigos del Honor Francés”. Sin embargo, nunca superó el grado de aprendiz y fue expulsado unos meses después por falsificar cartas de apoyo de personalidades como Hugo y Louis Blanc.
Tras su expulsión, Taxil renunció públicamente a la masonería, viajó a Roma y recibió la absolución del Papa León XIII, iniciando así una nueva carrera como apóstata anti‑masónico.
El objetivo de la Iglesia
El contexto del siglo XIX era de intenso antimasónismo. Desde el siglo XVIII el papado condenaba la masonería por su secretismo y su ecumenismo, pero fue después de la Revolución Francesa cuando la Iglesia la convirtió en su principal enemigo. Escritores como el padre Barruel ya en 1797 acusaban a los masones de haber orquestado la Revolución.
En Francia la República y la masonería compartían la lucha contra el “oscurantismo” y contra la alianza trono‑altar. El triunfo republicano de los años 1870 supuso también la victoria de la Gran Oriente de Francia, que colocó a masones en cargos ministeriales y parlamentarios.
Una secta luciferina inventada
Taxil aprovechó la fascinación de la época por el satanismo para inventar una secta “palladista” de “Alta Masonería” con sede en Charleston (EE. UU.). Según sus relatos, la secta mantenía contactos directos con demonios, profanaba hostias consagradas y organizaba orgías públicas. En 1891 publicó La existencia de logias femeninas, presentando a la supuesta Diana Vaughan como ex‑palladista convertida al catolicismo.
Taxil también difundió los “memorias” del doctor Bataille, un médico católico infiltrado en círculos ocultos para describir sus supuestos ritos criminales.
Primeras sospechas
Los círculos católicos, aunque inicialmente tomaron en serio las revelaciones, empezaron a dudar. El obispo de Charleston, monseñor Northrop, informó al Papa que no existía ningún culto satanista en su ciudad. Otros señalaron incoherencias en la historia de Diana Vaughan.
La confesión
El 19 de abril de 1897, ante periodistas y representantes de la nunciatura en la Sociedad Geográfica de París, Taxil anunció que todo había sido una “broma”. El público se enfureció y se desató una pelea. El escándalo se debatió en el Congreso internacional anti‑masónico de Trento (septiembre 1896) y en una comisión romana (enero 1897) que no encontró pruebas concluyentes.
El legado
Taxil describió su fraude como “la más colosal mistificación de los tiempos modernos”. La burla duró 12 años, evidenciando la profunda enemistad entre clericales y libre pensadores. Años después, el agente de la Okhrana Matthieu Golovinski forjaría los Protocolos de los Sabios de Sion, otro infame engaño antisemia.
Taxil terminó su vida como corrector de imprenta en los suburbios de París. Su engaño sigue siendo recordado; Umberto Eco lo citó en El cementerio de Praga diciendo que la gente está “dispuesta a creer cualquier cosa”.
Línea de tiempo
1854 – Nace Gabriel Antoine Jogand‑Pagès en Marsella.
1884 – El Papa León XIII, en la encíclica Humanum genus, llama a desenmascarar la masonería.
1885 – Taxil finge su conversión al catolicismo y lanza su propaganda anti‑masónica.
1897 – En una rueda de prensa declara que sus revelaciones eran falsas.
1907 – Muere en Sceaux, trabajando como corrector.
¿Quiénes eran los masones?
Según la leyenda, la masonería surgió de los gremios de canteros medievales. En realidad, en el siglo XVIII se constituyó como una asociación de “libremasones” que utilizaba símbolos y rituales para perseguir un progreso espiritual, organizándose en logias y manteniendo actividades discretas.
La gran conspiración
El discurso católico anti‑masónico los vinculó con el judaísmo, creando el mito de la “conspiración judeomasonista”. Taxil, sin embargo, no adoptó el antisemitismo virulento de sus contemporáneos y llegó a presentarse contra el antisemita Édouard Drumont en las elecciones municipales de 1890.
El especialista en fraudes
Antes de la mistificación masonica, Taxil ya había inventado noticias falsas: en 1873 difundió una supuesta invasión de tiburones en el puerto de Marsella y, años después, alegó la existencia de una ciudad romana sumergida en el lago de Ginebra.
Rituales no católicos (según Taxil)
En su obra Los misterios de la masonería (1886) describió rituales ficticios: iniciaciones sangrientas, “bautizos” de niños masones, profanación de hostias y códigos secretos. También inventó la “Manna de San Nicolás de Bari”, un supuesto veneno llamado acqua‑tofana que, según él, se enviaba a los supremos consejos masones.
Bibliografía recomendada
Alain Bauer, The Book of Freemasonry, 2019.
Jacques‑Charles Lemaire, Anti‑Masonry. General aspects (1738‑2016), 2017.
Umberto Eco, El cementerio de Praga, 2012.
Jack Chaboud, The Sign of Distress, 2018.