Saladín (1138‑1193), de origen kurdo, fundó la dinastía ayubí y gobernó Egipto y Siria en el siglo XII. Su figura se convirtió en leyenda tanto en Oriente como en Occidente al restaurar el poder musulmán en Oriente Medio y recapturar Jerusalén de los cruzados. Incluso sus enemigos occidentales lo describieron como un caballero ejemplar. Al morir en Damasco en 1193, sus vastas posesiones se repartieron entre sus tres hijos y su hermano. La posteridad lo recuerda como un héroe árabe.
Saladín al servicio de los turcos
Nacido en Takrit, Mesopotamia (actual Irak), Salah al‑Dín Yúsuf al‑Ayúbi — llamado Saladín en occidente — era de la tribu kurda Rawadiyah. Su familia se enriqueció sirviendo militarmente a Zankí (o Zengi), cuyos orígenes eran turcos selyúcidas. Su padre, Ayyúb, fue gobernador de Takrit bajo el mando de los selyúcidas y asistió a Nûr al‑Dín en la conquista de Damasco en 1154.
Tras la muerte de Ayyúb, el hermano de este, Shirkûh, fue designado por Nûr al‑Dín, bajo la autoridad del califa abasí de Bagdad, para liderar la campaña egipcia de 1164 contra el vizir Shawâr, aliado del califa fatimí Al‑Adid. El joven Saladín lo acompañó y rápidamente demostró su talento político. Tras repeler un ataque del rey de Jerusalén, Amaury, los hombres de Nûr al‑Dín asesinaron a Shawâr y el tío de Saladín fue nombrado su sucesor por el califa fatimí.
Saladín, maestro de Egipto y sultán
Shirkûh murió poco después y Saladín lo sustituyó. En 1169, mientras oficialmente era vasallo del califa abasí, ejercía el poder bajo la autoridad del califa chiíta fatimí. En 1171, seguro de su fuerza, eliminó al califa fatimí y se adueñó de Egipto, convirtiéndose en rival abierto de Nûr al‑Dín, quien falleció en 1174. Saladín derrotó sin dificultad a sus sucesores.
A comienzos de la década de 1180, su dominio se extendía desde Siria y el norte de Irak hasta la actual Libia y la península arábiga occidental, incluyendo todo Egipto. El califa de Bagdad le otorgó el título de sultán, reconociendo su papel como unificador de los musulmanes. Con ese reconocimiento, Saladín adoptó como objetivo común de la umma la yihad para la reconquista de Jerusalén.
Yihad y Jerusalén en la propaganda saladinesca
Desde la década de 1170, combatió a los cruzados y organizó una intensa propaganda. Promovió una interpretación bélica de la yihad, utilizándola como bandera para unir a los musulmanes y legitimar su autoridad frente a los zankíes, a quienes consideraba “falsos luchadores de Alá”. Restituyó simbólicamente el minbar de su antiguo maestro a la mezquita de Al‑Aká en Jerusalén. Algunos historiadores sostienen que la yihad fue pretexto para crear un imperio personal, pero no se puede negar su sincera fe.
Jerusalén ocupó el centro de su propaganda yihadista, aunque es la tercera ciudad sagrada del Islam. Esta focalización fue decisiva para la campaña de 1187. Tras repetidas provocaciones de su acérrimo enemigo, Renaud de Châtillon, lanzó una gran ofensiva contra los feudos latinos en 1186. Tras la derrota en Montgisard (1177) contra el rey leproso Balduino IV, Saladín estaba mejor preparado y logró unificar a los musulmanes de la región. Ganó la decisiva batalla de Hattin en julio de 1187, aniquiló al ejército cruzado y decapitó a Renaud. Dieciséis días después, el 2 de octubre de 1187, Jerusalén se rindió sin derramamiento de sangre.
La caída de la Ciudad Santa provocó la Tercera Cruzada. El rey francés Felipe Augusto y el inglés Ricardo Corazón de León acudieron al Levante y concentraron sus esfuerzos en el asedio de San Juan de Acre. Saladín intentó sin éxito romper el cerco, y la ciudad cayó en manos cruzadas el 12 de julio de 1191. Los cristianos no lograron recuperar Jerusalén. El 2 de septiembre de 1192, Saladín firmó el tratado de paz de Jaffa con Ricardo: los musulmanes conservaron Siria y Palestina, incluida Jerusalén, aunque concedieron a los peregrinos cristianos acceso al Santo Sepulcro; los cristianos mantuvieron la costa entre Jaffa y Tiro.
El 4 de marzo de 1193, Saladín murió en Damasco a causa de una enfermedad fulminante. Sus dominios, que se extendían desde la Tripolitania (Libia) hasta Armenia y Yemen, fueron repartidos entre sus tres hijos y su hermano.
Leyenda y mito de Saladín, de Occidente a Oriente
El camino de Saladín hacia la posteridad es más complejo de lo que parece. En primer lugar, su figura fue celebrada en el Occidente. Desde el siglo XIII surgieron cantos y relatos que exaltaban sus cualidades guerreras, su generosidad y su cortesía con las mujeres. Sus adversarios, como Ricardo Corazón de León, lo elogiaron; incluso se dice que la reina Leonor de Aquitania quedó enamorada de él, aunque la cronología sea dudosa. También se conservan testimonios de prisioneras, como Sibila, reina de Jerusalén, que afirman haber sido tratadas con consideración.
¿Por qué esta visión tan positiva? Probablemente porque reconocer la grandeza de un enemigo valiente engrandece la propia reputación, especialmente para un rey como Ricardo que buscaba construir su leyenda. No obstante, existen también relatos más oscuros que lo describen como un demonio sanguinario, resaltando la masacre de los templarios tras Hattin. Tanto la visión positiva como la negativa han perdurado en la tradición occidental, resurgiendo en el siglo XVIII y hasta finales del XIX, cuando el emperador Guillermo II visitó respetuosamente su tumba en Damasco y participó en su restauración.
En el Oriente el proceso fue casi inverso. Tras su muerte, Saladín no fue inmediatamente celebrado; su vasto pero frágil imperio se fragmentó, sus enfrentamientos con Ricardo debilitaron su aura de invencibilidad y su tolerancia religiosa hacia dhimmis (cristianos y judíos) irritó a los ulemas más radicales. Sus sucesores devolvieron Jerusalén a los cruzados de Federico II y fueron derrocados por los mamelucos en 1250.
Posteridad contemporánea
El declive de su figura se consolidó cuando la nueva dinastía mameluca erigió como héroe mítico a Baybars, conquistador de mongoles y cruzados, convirtiéndose en el referente musulmán hasta el Imperio otomano. No fue sino hasta el siglo XIX‑XX que Saladín resurgió, en un contexto de debilitamiento otomano, surgimiento del nacionalismo árabe y la creación del Estado de Israel en 1948, comparado con los estados latinos cruzados.
La reapropiación de Saladín resultó casi lógica: aunque kurdo, fue arabizado desde la infancia y se convirtió en símbolo del orgullo árabe contra turcos, judíos y occidentales. Su figura sirvió para inspirar a líderes como Saddam Hussein, se erigieron estatuas en Damasco y grupos palestinos adoptaron nombres de sus batallas, como Hattin. Su leyenda se difundió también en la cultura popular: películas (por ejemplo, la de Youssef Chahine) y series de televisión que llegaron hasta Indonesia.
Bibliografía no exhaustiva
- A. M. Eddé, Saladín, Flammarion, 2008.
- J. M. Mouton, Saladín, el sultán caballero, Gallimard, 2001.