En el siglo XVII surgió en Italia la curiosa costumbre del "cicisbeo": el marido, la mujer y un tercer hombre llamado cicisbeo, a veces descrito como "matrimonio de tres". El cicisbeo actuaba como un caballero‑servidor de la dama, acompañándola en salidas y conversaciones, siempre con el consentimiento del esposo y dentro de límites muy estrictos.
Origen del cicisbeo
Hasta el siglo XVII la mujer italiana se limitaba al ámbito doméstico. La nobleza, sin embargo, empezó a imitar los salones literarios, la elegancia de Versalles y las cortes europeas. Nació una nueva "sociabilidad femenina" en la que la mujer era el centro del refinamiento y la cortesía.
Este cambio obligó a los maridos a reducir los celos y a abandonar la costumbre de portar la espada en los recibimientos. La moda también influyó en la vida cotidiana: aparecieron cucharas para chocolate, tazas de café, máquinas de helado y sofás diseñados para conversaciones formales entre un hombre y una mujer sentados de lado.
Alrededor de 1690 surgió el cicisbeo porque "ninguna mujer podía aparecer sola en público sin perder la decencia, y ningún marido podía acompañarla sin ser objeto de burla". Según algunas fuentes, la costumbre provino de soldados franceses que, durante el asedio de Turín, asistían al carnaval de Génova para cortejar a las damas. De allí se difundió por toda Italia.
En Nápoles, a finales del siglo XVII, la aristocracia adoptó la moda francesa con mayor moderación. Sólo a partir de 1740 el cicisbeo se instaló de forma más visible, acompañando a las damas en cenas, visitas matutinas y paseos. En Turín la práctica estaba más regulada y dependía del permiso de la corte. En Calabria y Sicilia la celosa oposición de los maridos limitó su difusión; allí sólo se documenta su presencia a finales del siglo XVIII.
¿Quiénes eran los cicisbeos?
El auge del cicisbeo coincidió con una alta tasa de celibato entre la nobleza. Los hombres solían casarse a los 35 años, mientras que las mujeres lo hacían alrededor de los 20; el cicisbeo ocupaba una posición intermedia.
Para muchos jóvenes era una forma de adquirir experiencia social antes del matrimonio. El papel de "caballero‑servidor" les proporcionaba ocupación, reputación y la garantía de que no serían acusados de libertinaje. Algunos cicisbeos eran eclesiásticos (abadillos, sacerdotes o incluso obispos) que, gracias a sus ingresos, podían costear el estilo de vida de la dama.
Los cicisbeos servían exclusivamente a familias nobles o a altos funcionarios del Estado. A través de su posición, podían ejercer cierta influencia diplomática y ayudar a forjar alianzas matrimoniales y financieras.
Equivalentes y variaciones
Aunque la costumbre estaba reservada a la alta nobleza, en las provincias surgieron versiones populares llamadas "compañeros" o "cotillas". En estos círculos el papel del acompañante era más informal y, a menudo, objeto de burla. En Francia existía una figura similar, los "petits maîtres", jóvenes nobles ociosos que se dedicaban a la corte y al coqueteo.
Reglas del cicisbeismo
El cicisbeo debía demostrar buena conducta, modales refinados y, sobre todo, continencia sexual. Su relación con la dama era platónica; el amor estaba permitido, pero sin adulterio. La contratación se hacía de mutuo acuerdo entre los padres, la esposa y el marido, y a veces se redactaban contratos que estipulaban derechos y obligaciones, como la frecuencia de las visitas o la duración del servicio.
Funciones del cicisbeo
El cicisbeo acompañaba a la mujer en todo tipo de actividades: arreglos de vestuario, meriendas, juegos, representaciones teatrales y asistencia a misas. También actuaba como guardaespaldas simbólico, evitando que otros pretendientes se acercaran demasiado. En casos de buena relación con el marido, podía servir como mediador y consejero familiar, e incluso encargarse de la educación de los hijos varones.
Desventajas y conflictos
Aunque el contrato pretendía evitar la infidelidad, los celos eran frecuentes. Los maridos podían sospechar que los hijos no eran suyos, lo que provocaba tensiones y, en ocasiones, medidas para asegurar la paternidad, como concebir al bebé antes de que el cicisbeo iniciara su servicio.
Reacción de la Iglesia
La Iglesia condenó el cicisbeismo como una amenaza a la moral y al orden familiar. En 1706 se predicó que "flirtear con mujeres casadas es una práctica intolerable". Sin embargo, algunos moralistas, como Alphonse‑Marie de Liguori, atenuaron la postura, diferenciando entre pecado mortal y venial según la intención.
El declive del cicisbeo
La Revolución francesa y los ideales de igualdad y moralidad republicana erosionaron la práctica. Los códigos napoleónicos, que volvieron a imponer la autoridad del marido y la centralidad de la familia, contribuyeron al abandono del cicisbeismo alrededor de 1810. En el Risorgimento italiano, la costumbre quedó relegada a anécdotas de viajeros extranjeros y desapareció definitivamente en la segunda mitad del siglo XIX.
Según el libro "Les cicisbeés: cómo Italia inventó el matrimonio a tres" de Roberto Bizzocchi, Alma, 2016.