
En la época moderna el príncipe exigía lo mismo a las artes y a las ciencias: patrocinio y académicismo. Mantenía a eruditos y artistas, los protegía y les ofrecía libertad, aunque al mismo tiempo controlaba y estandarizaba la ciencia bajo una ortodoxia. No descuidaba el aspecto utilitario y buscaba aprovechar sus relaciones con los estudiosos. El periodo que nos ocupa coincide con la "revolución científica", por lo que resulta pertinente preguntar cómo el príncipe, a través de su vínculo con la ciencia, actuó como agente de esa revolución.
Artes y ciencias
Según la enciclopedia, el arte es "un conjunto de principios y normas organizados en un campo que se relaciona con la observación de la naturaleza". Esa definición engloba tanto las bellas artes como las ciencias. En la época moderna ambos dominios estaban estrechamente ligados y su relación con el príncipe fluía de esa interdependencia. La ciencia y la tecnología, sin embargo, poseen una especificidad: transforman la relación del hombre con el mundo y con la verdad, pasando del escolasticismo (autoridad) a la experiencia como método de validación. Además, una revolución social surgió alrededor del papel de la ciencia en la sociedad, impulsada por la imprenta, la publicación y la mayor sociabilidad. No obstante, el desarrollo científico continuó bajo la autoridad del príncipe.
Patrocinio y ciencia (siglos XV‑XVI)
La relación individual entre el príncipe y el científico variaba según la disciplina. El ingeniero se consolidó como figura esencial al final del siglo XV y durante el XVI. Era arquitecto, mecánico, hidráulico, topógrafo e incluso pintor: el típico renacentista. Esta polifacética labor surgía de la separación académica entre artes, derecho y teología, pero al mismo tiempo de su agrupamiento. El ingeniero renacentista organizaba el saber y el saber‑hacer bajo principios lógicos, lo que se denominó "reducción al arte", situándose en la convergencia entre ciencia básica y aplicada.
El ejemplo más famoso es Leonardo da Vinci, pero también podemos mencionar a Taccola (1381‑1453), arquitecto e ingeniero hidráulico sienés, que en una carta a Sigismundo I titulada De Ingeneis ofreció sus servicios y redactó un tratado militar. Cuando Leonardo se dirigió a Ludovico Sforza en 1483, propuso construir máquinas de guerra; más tarde, al servicio de Francisco I, lanzó el proyecto (aunque abortado) de Romorantin, una nueva ciudad‑palacio concebida como centro de comunicaciones.
Leonardo ya trabajaba en el campo de la experiencia y la confrontación con la naturaleza; insistió en la importancia de las demostraciones matemáticas, sentando bases para la revolución científica, aunque nunca formuló una teoría completa de la naturaleza como lo haría Galileo. Al estar al servicio de los príncipes, desarrolló su pensamiento fuera de los marcos universitarios tradicionales, lo que muestra cómo la monarquía influyó en el surgimiento de nuevas ciencias.
Francisco I fundó el Collège des Lecteurs Royaux en 1530 (precursor del Collège de France), una institución sin diplomas cuyo objetivo era impulsar campos emergentes. Allí ocupó la primera cátedra de matemáticas Oronce Fine, también astrónomo, cartógrafo y mecánico, que estimuló la matemática aplicada (por ejemplo, la proyección de Mercator). Los Medici, por su parte, establecieron en 1555 el gabinete de matemáticas en el Palazzo Vecchio, donde se exhibieron instrumentos de guerra contra Siena y, más tarde, el telescopio de Galileo. Estos gabinetes de curiosidades mostraban que los objetos revelaban leyes naturales y que el príncipe era el custodio de esos conocimientos.
Al final del siglo XVI la astrología ganó protagonismo, aunque su tendencia a la predicción resultaba sospechosa en el contexto de la Reforma y el debate sobre la predestinación. Los tratados terminaban con "Dios lo sabe todo" y la astrología se proclamaba reina de las ciencias, estableciendo un vínculo entre los fenómenos terrenales y celestiales. Astrologas como Ruggieri o Nostradamus fueron consultados por la corte, y los príncipes buscaban alinear sus decisiones con el orden del cosmos.
El siglo XVII y Galileo
Galileo, bajo la protección de Venecia y de la Universidad de Padua, también trabajó como ingeniero. En 1609, desde el campanario de la Plaza San Marco, mostró a los patricios su telescopio astronómico. Sus descubrimientos confirmaron a Copérnico y refutaron a Aristóteles, lo que le obligó a buscar un patrocinio más sólido. Se afilió a los Medici, a quienes dedicó su obra Sidereus Nuncius al describir los satélites de Júpiter como "estrellas mediceas".
Sin embargo, el conflicto galileano estalló. Su crítica a la física aristotélica chocó con la Universidad y con el clima del Concilio de Trento. En 1616 la Iglesia condenó las tesis copernicanas, lo que puso a Galileo en una posición delicada. Aunque siguió protegido por los Medici y por el Papa Urbano VIII, en 1632 publicó el Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, lo que desencadenó su juicio. Su visión atomista fue atacada por cuestionar la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Galileo se retractó para evitar la pena de muerte que sufrió Giordano Bruno.
En Francia la reacción fue distinta. La heliocéntrica fue defendida por la Academia de los hermanos Dupuy, que invitó a Tommaso Campanella, anteriormente encarcelado por la Inquisición por sus ideas copernicanas. Campanella se convirtió en consejero de Richelieu y elaboró el horóscopo del futuro Luis XIV en 1638, usando el simbolismo solar como propaganda bajo Luis XIII y como inspiración para el Carrousel del Louvre bajo Luis XIV. No obstante, no se puede afirmar que la monarquía francesa fuera copernicana; más bien creó su propia ortodoxia.
Ciencia y el príncipe en el siglo XVIII
El "Rey Sol" dirigió la dirección de la ciencia. La astrología pasó a ser una disciplina peligrosa; en 1665, durante la aparición de un cometa, Luis XIV ordenó a Pierre Petit que refutara la astrología. La imagen del Sol, separada de la astrología, se convirtió en el símbolo del monarca. Los astrólogos fueron perseguidos y acusados de brujería hasta la década de 1690, convirtiéndose en instrumentos de la ortodoxia monárquica.
La Academia de Ciencias, fundada en 1666 por iniciativa de Colbert, produjo normas y ventajas concretas para el rey, como estudios sobre rifles sin retroceso o el cálculo de la longitud. La academia creó su propia ortodoxia, ignorando a Newton hasta la década de 1730 y manteniéndose apegada a Descartes, a pesar de la condena eclesiástica. Fue Voltaire quien introdujo finalmente a Newton en Francia. Este modelo académico, heredado de Italia y de los Medici, exigía la validación por una comunidad científica y la publicación de los resultados. En Francia surgió el Journal des Savants, lo que disminuyó el poder de arbitraje del rey durante el siglo XVIII: el monarca financiaba y protegía las academias, utilizaba sus servicios, pero ya no era el único receptor del saber.
Ejemplo en la cirugía: en el siglo XVI Ambroise Paré contó con el apoyo del príncipe para ser reconocido como patricio; en 1672 Pierre Dionis fue nombrado cirujano del jardín real, convirtiendo ese espacio en centro de enseñanza. En 1691 los cirujanos construyeron un anfiteatro en el convento de los Cordeleros, abandonando el entorno real, y en 1731 Luis XV creó la Real Academia de Cirugía, que estableció sus propias reglas y reconoció la cirugía como disciplina científica.
Así, observamos la autonomización de las artes, su mercantilización y el creciente papel del público. Sin embargo, la iniciativa real permitió el surgimiento de nuevos campos científicos; el príncipe actuó como motor de áreas que luego se volvieron autónomas, influyendo cada vez más en la organización que en el contenido.
Bibliografía
P. Hamon, The Renaissances (1453-1559), Belin, 2010.
H. Drévillon, Absolute Kings (1629-1715), Belin, 2011.
H. Drévillon, Reading and Writing the Future. Astrology in France during the Grand Siècle (1610-1715), Champ Vallon, 1996.
P. Burke, Louis XIV. The Strategies of Glory, History Points, 1995.
P. Redondi, Heretical Galilee, Gallimard, 1985.
Y. Pauwels, F. Pauwels-Lemerle, Architecture in the Renaissance, Flammarion, 1998.