Al final de la Guerra de Sucesión Española, Felipe V tuvo que ceder sus posesiones italianas (Cerdeña, Sicilia, Nápoles, Milán y los presidios de la Toscana) para ser reconocido como rey de España y sus Indias. Sin embargo, nunca aceptó la pérdida y, cuando la situación internacional le pareció favorable, intentó recuperarlas.
En 1717 aprovechó la ocupación austríaca de Cerdeña, inmersa en guerras contra el Imperio Otomano, y la conquistó. Un año después lanzó una expedición contra Sicilia, recién incorporada al Reino de Saboya. Gran Bretaña y Francia reaccionaron rápidamente, formando la Cuádruple Alianza (Austria, Países Bajos, Gran Bretaña y Francia) y exigiendo la devolución de los territorios. A cambio, los hijos de Felipe V con Isabel de Farnesio recibirían los ducados de Toscana, Parma y Placencia.

Gran Bretaña, sin declararle la guerra, derrotó a la escasa flota española frente al cabo Passaro el 11 de agosto y, aprovechando el dominio del mar, envió un contingente austríaco a Sicilia para enfrentar a la aislada expedición española. Ante este revés, Felipe V se negó a negociar; Gran Bretaña declaró la guerra a España el 29 de diciembre y a Francia el 9 de enero del año siguiente.
En 1719, España intentó un contraataque. El 7 de marzo una flota con 5.000 hombres zarpó de Cádiz hacia Gran Bretaña, parte de un plan jacobita para depusar a Jorge I. Una tormenta la dispersó frente a Fisterra y los barcos buscaron refugio en el puerto más cercano. Francia, por su parte, movilizó un gran ejército que, a mediados de mayo, tomó Irun, Hondarribia (17 de junio) y San Sebastián (19 de agosto), aunque quedó sin fuerzas en Pamplona.
El contraataque británico
Ante la situación, el embajador británico en París, Lord Stair, propuso una expedición a la costa norte de España con apoyo francés. James Craggs, secretario de Estado del Sur, aceptó, aunque el rey Jorge I mostró recelo por la escasez de tropas en Inglaterra e Irlanda. Para tranquilizarlo, los regentes prometieron mantener las tropas holandesas contratadas.

La fuerza británica constó de unos 5.000 soldados distribuidos en diez batallones, 50 caballos y una potente batería de asedio, bajo el mando del teniente general Sir Richard Temple, vizconde de Cobham. El almirante James Mighells aportó una escuadra de tres barcos, una fragata, dos bombarderos y dos bergantines. Los preparativos se retrasaron hasta octubre y, al no poder coordinarse con los franceses, se eligió como objetivo A Coruña, la ciudad más importante de Galicia.
Cobham debía encontrarse con la escuadra del contraalmirante Robert Johnson en la bahía de A Coruña. Johnson, agotado tras operaciones en la zona, regresó a Inglaterra, dejando a Cobham sin apoyo naval. El 8 de octubre la flota británica se dirigió a Vigo en busca de presas más fáciles.
El asalto a Vigo
Vigo estaba defendida por la batería de Laxe, el fuerte de San Sebastián y el castillo del Castro, aunque las fortificaciones estaban en mal estado y el gobernador, el teniente general Tomás de los Cobos, marqués de Parga, contaba con apenas 500 soldados regulares y milicias poco entrenadas.

El 10 de octubre la flota británica ancló en la ría y desembarcó sin resistencia. Parga abandonó la ciudad y concentró sus fuerzas en el Castro, defendido por menos de 400 soldados y unos 400 civiles armados bajo el mando del brigadier José de los Herreros.
Vigo se rindió el 12 de octubre y, a pesar de los ruegos municipales, fue saqueada. Cobham, temeroso de un asalto sangriento al castillo, optó por bombardearlo. El 13 de octubre instaló una batería de 34 morteros de diversos calibres, complementada con morteros Coehorn, y dos días después añadió otra batería en el bastión de Gamboa.
El bombardeo se repitió día y noche; las defensas no pudieron evitar la lluvia de proyectiles. El brigadier Herreros murió tras ser alcanzado en el brazo izquierdo. El 17 de octubre los defensores fueron ordenados a rendirse; el coronel Fadrique González de Soto, a cargo, argumentó que no podía entregarlo porque había suficiente pólvora, alimentos y honor. Sin embargo, tras un consejo de guerra, envió un informe al marqués de Risbourg, capitán general y virrey de Galicia, quien autorizó la capitulación.
El 18 de octubre la guarnición abandonó el Castro. Según fuentes españolas, 66 muertos y 164 heridos; los británicos reportaron más de 300 bajas, admitiendo sólo dos oficiales y entre tres y cuatro soldados muertos.
Durante el asedio los invasores exigieron alimentos y contribuciones bajo pena de ejecución militar. El virrey Risbourg ordenó a la población retirar sus cosechas y ganado al interior, incluso destruyendo granos y barriles de vino para que los enemigos no los capturaran.
Los británicos, mientras avanzaban, capturaron prisioneros y desertores. El virrey afirmó haber tomado hasta 300 hombres enemigos en esas escaramuzas, aprovechando el conocimiento del terreno de la milicia local.
El 25 de octubre Cobham amplió la operación a Pontevedra. Un millar de soldados bajo el mando del mariscal de campo George Wade desembarcó en la cala de Ulló y marchó sin resistencia. El virrey, temiendo que Santiago fuera el próximo objetivo, había ordenado a Parga retirarse a Caldas y, de ser necesario, a Padrón. Los británicos permanecieron en Pontevedra hasta el 4 de noviembre, incendiando casas y edificios públicos, al igual que en Redondela y Marín.
Todos pierden
El 7 de noviembre Cobham, alegando escasez de alimentos, reembarcó su ejército y puso rumbo a Inglaterra. La expedición dejó a Gran Bretaña con una sensación agridulce: aunque había demostrado la vulnerabilidad de la costa española, Vigo no era un objetivo lo suficientemente prestigioso y el botín (siete barcos mercantes, unos cien cañones, más de dos mil barriles de pólvora y ocho mil mosquetes) no compensó el coste de la operación.

Para Felipe V la campaña de 1719 reveló el aislamiento internacional y la indefensión de su reino. El 26 de enero de 1720 aceptó a regañadientes las exigencias de la Cuádruple Alianza, declarando que sacrificaba sus intereses por la paz europea. La guerra terminó y pronto quedó relegada al olvido, aunque los habitantes de Vigo pagaron el precio de la obstinación del monarca, como recordaría el comandante William Dalrymple medio siglo después.
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