Historia antigua

Diplomacia y otras artes de supervivencia del califato abasí frente al ascenso de las dinastías iraníes

Diplomacia y otras artes de supervivencia del califato abasí frente al ascenso de las dinastías iraníes

Desde los confines del Norte de África hasta los límites del lejano este, más allá del río Oxus, el califato abasí tuvo que mantener una delicada sintonía con los nuevos poderes emergentes. ¿Cómo reaccionó ante su llegada? ¿Cómo defendió su dinastía? ¿Cómo logró sobrevivir frente a rivales más fuertes? En los párrafos siguientes veremos que, ante su creciente debilidad, los abasíes recurrieron a todo tipo de artimañas diplomáticas: una carta, un atuendo o un costoso obsequio podían convertirse en armas letales.

A mediados del siglo VIII, la revuelta abasí, una de las conspiraciones más complejas y brillantes de la historia, se sustentó en el descontento de los pueblos conquistados con la posición clientelar que la élite árabe imponía. En las provincias iraníes, esa tensión era particularmente aguda. La nobleza persa, descendiente de familias aqueas, partas o sasánidas, había conservado su identidad cultural durante mil años. Los reyes persas habían dominado extensos territorios, unido tierras separadas por mares y derrotado a emperadores. La llegada del dominio árabe representó una ruptura rara, aunque la religión islámica se había asimilado profundamente. Lejos de ser vista como una afrenta, la fe islámica fue celebrada por poetas como Ferdousí en su "Shahnameh". La conquista árabe fue veloz, pero la islamización avanzó lentamente; aun en el siglo IX había regiones que no habían adoptado el islam.

El éxito de los abasíes legitimó, aunque de forma implícita, los anhelos de independencia de esa nobleza desplazada. Los primeros califas lograron mantener el control del Dar al‑Islám, dejando insatisfechos a quienes los habían apoyado contra los omeyas. La situación cambió tras la muerte de Harún ar‑Rashid, quien dividió el califato entre sus tres hijos, desatando una guerra fratricida. Al‑Mamún, que había heredado las provincias orientales, se apoyó en los khorasaníes para derrotar a sus hermanos. En este contexto surgió la primera dinastía islámica iraní: la casa tahirí, fundada por Tahir ibn Husayn, que fue nombrada gobernante de Jorasán en 814. Era un gobierno autónomo pero leal al califa.

Jorasán era la frontera oriental del califato, expuesta a las estepas y a invasiones turcas. Al‑Mamún buscó asegurar esa zona pagando deudas y reforzando la defensa. Sin embargo, los tahiríes, siempre fieles al califato frente a revueltas chiíes, también percibían la debilidad califal y empezaron a albergar ambiciones propias, lo que llevó al primer gran reto para Al‑Mamún.

En 822, durante la oración del viernes, Tahir ibn Husayn omitió deliberadamente el nombre del califa en la khutba. Esa ausencia era un signo inequívoco de sus aspiraciones independentistas, algo que el califato no podía tolerar. Siguiendo las instrucciones de sus vizires, los agentes abasíes envenenaron a Tahir esa misma noche.

A pesar de su muerte, los tahiríes fueron respetados por Al‑Mamún y continuaron gobernando, siempre bajo la apariencia de lealtad al califato. No está claro si algunos de los asesinos pertenecían a la propia familia de Tahir.

Este alineamiento con Bagdad provocó descontento entre otras élites. Yakub ibn‑Layth, fundador de la dinastía safarí y gobernador de Sijistán (actual Afganistán), se rebeló y avanzó hacia el oeste, derrotando a los tahiríes, aunque no cruzó el Oxus. Esa pausa permitió el ascenso de la dinastía samánida al otro lado del río, bajo el liderazgo del emir Ismail, un gobernante hábil y ambicioso que llegó a ser llamado "no Dios, sino la sombra de Dios en la Tierra". El califa Al‑Mutadid negoció con el emir safarí ibn‑Layth la derrota de Ismail a cambio de la anexión de Transoxania y la designación de un gobernador en su nombre.

En 900, Ismail venció al emir safarí. Tras la batalla, el califa, siguiendo la costumbre de la época, le concedió clemencia esperando convertirlo en aliado. Sin embargo, el califa envió una nueva carta, reconociendo a Ismail como "gobernante en su nombre" y declarando al emir safarí prisionero. Ismail tuvo que entregarlo a Bagdad, donde falleció dos años después en una celda. Los nombramientos califales venían acompañados de lujosos obsequios (vestidos, zapatos finos, etc.), que aunque mostraban gratitud, resultaban amargos para Ismail.

Los ziyaríes gobernaban la provincia de Tabaristán, que los samánidas pretendían anexar. El califa utilizó esta rivalidad a su favor, incitando a los ziyaríes contra los samánidas. Ismail envió a su general Ibn Harún al frente, quien aplastó a los ziyaríes y conquistó Tabaristán. Pero el califa siguió susurrando a Ibn Harún la posibilidad de traicionar a Ismail a cambio de legitimidad para una nueva dinastía. El general aceptó, lo que obligó a Ismail a combatir personalmente. Nuevamente salió victorioso, y Ibn Harún pagó su traición con la vida.

Resiliencia y declive del califato abasí

Estos episodios ilustran el sutil poder del califato. Cuando no podía impedir que sus antiguas provincias se independizaran, prefería manipular a las nuevas dinastías que buscaban la legitimidad califal. A cambio, esas casas aplicaban las estrategias dictadas por los califas, quienes sin declarar una oposición abierta, dividían a sus rivales para debilitarlos y conservar la ilusión de gobernar el Dar al‑Islám.

Esa táctica quedó finalmente superada por los buyidíes, que tomaron Bagdad en 945 y pusieron al califa bajo su "protección" sin eliminarlo. Ali ibn Buya de Dailam fue proclamado Emir de los Emires (Imad al‑Dawla) y obligó al califa a delegar oficialmente la autoridad política en sus manos. El califato quedó confinado a una jaula dorada, dedicado únicamente a asuntos religiosos y sin capacidad para nombrar nuevos gobernantes sin el consentimiento de los buyidíes. Sólo cuando la línea dailamí se debilitó a mediados del siglo XI, los califas se atrevieron a despreciar a sus protectores y, unilateralmente, nombraron a Togrul Beg de los selyúcidas como segundo emir, entregándole Bagdad y el último vestigio de los buyidíes, con la esperanza de recuperar su poder. Esa esperanza se desvaneció rápidamente.

Al frente de un imperio en decadencia, los califas comerciaron con su capacidad para legitimar nuevas dinastías locales, apoyándolas o abandonándolas según sus intereses para mantenerlas en constante conflicto. Ese juego de poder perduró durante casi un siglo y medio después de la muerte de Harún ar‑Rashid, hasta la llegada de los buyidíes en 945, que encerraron al califato bajo su supervisión directa, manteniéndolo nominalmente como cabeza del Islam, pero sin poder real.

Bibliografía

  • RUDHRAWARI, A. S.; BIN MUHASIN, H. Continuación de la experiencia de las naciones. Oxford: Basil Blackwell, 1921.
  • VAMBERI, Arminius. Historia de Bujara. Londres: Henry S. King & Co., 1873.
  • AL‑TABARI, M. Experiencia de las naciones. Varios fragmentos disponibles en línea.

Este artículo forma parte del concurso de microensayos históricos I Desperta Ferro. La documentación, veracidad y originalidad del artículo son responsabilidad exclusiva de su autor.