Historia antigua

Compañías de ballesteros en los reinos peninsulares

Compañías de ballesteros en los reinos peninsulares

Su gran potencia de disparo compensaba la lentitud de recarga frente al arco tradicional (ver "El arco largo inglés versus la ballesta genovesa" en Desperta Ferro Antigua y Medieval n.º 32: La Guerra de los Cien Años I). El mecanismo, aparentemente sencillo, facilitaba su uso y mantenimiento, de modo que el soldado no necesitaba un entrenamiento exhaustivo para emplearla eficazmente. El uso de la ballesta contra otros cristianos fue castigado con la excomunión en el Concilio de Letrán II (1139), pues con ella un simple peón podía derribar, de forma deshonrosa, a un caballero bien armado. Por eso la describieron como "arte mortal y odiado por Dios".

Su origen se remonta a la gastrafeta griega (siglo IV a.C.) y a las armas romanas manuballista (siglo II d.C.) y arcuballista (h. s. IV a.C.). Ya se conocía en China alrededor del siglo VI a.C. Durante gran parte de la Alta Edad Media tuvo un uso discreto en la Europa cristiana, hasta que a partir del siglo XII su empleo se generalizó. El mundo musulmán la adoptó por dos vías: una europea que dio origen a las llamadas ballestas "cristianas", "francesas" o "extranjeras", y otra oriental, a partir de modelos chinos, conocida como ballestas persas o jarkh. Se cree que fueron los musulmanes del siglo XI los que introdujeron su uso en la Península Ibérica. En el reino nazarí de Granada alcanzó gran popularidad, creando unidades de ballesteros a pie y a caballo, como atestiguan los frescos de las Casitas del Partal en la Alhambra (c. 1340).

Compañías de ballesteros en la Península

En los reinos cristianos peninsulares los ballesteros constituían la tropa elegida por los monarcas para misiones de escolta. A partir del siglo XII se fundaron las primeras compañías de ballesteros en varias ciudades; en el siglo XIV adquirieron un papel importante en las zonas fronterizas. En Portugal destacó la compañía de los Ballesteros del Conto. En la Corona de Aragón sobresalieron la hermandad de ballesteros de Huesca, la Hermandad de Alarde de Zaragoza y el Centenar de la Ploma (o San Jorge Glorioso) con sede en Valencia. En el Reino de Navarra existieron compañías en San Vicente de la Sonsierra, Ábalos y Peciña, encargadas de la defensa de esas fortalezas contra los castellanos. La Corona de Castilla contó con dos grandes núcleos: uno al norte, en la frontera con Navarra (Calahorra, San Sebastián de Villar de Arnedo, Haro, San Millán, Peñacerrada, Marquínez y los Hijos de San Felipe y Santiago de Alfaro) y otro al sur, en la frontera con los reinos musulmanes (ballesteros de Sevilla y las hermandades de La Coronada de Jaén, La Vera Cruz de Vilches y los Doscientos Ballesteros del Apóstol Santiago de Baeza).

Con el paso de los siglos la mayoría de estas compañías fueron desapareciendo gradualmente. En los mejores casos, tras abandonar su función militar, se convirtieron en agentes de justicia, guardias de caminos o simples hermandades benéficas. Dos casos paradigmáticos son el Centenar del Glorioso San Jorge de Valencia y la Compañía de los Doscientos Ballesteros del Apóstol Santiago de Baeza, que mantuvo una presencia militar estable hasta su supresión en el siglo XVIII. A continuación, se describe la última como ejemplo de milicia que supo adaptarse a los cambios de la guerra.

La compañía de los ballesteros del Apóstol Santiago

Fundada en 1234 para defender la frontera de los ataques del emir Ibn Hud de Murcia y su vasallo Alhamar de Arjona (futuro primer rey nazarí), la compañía estaba compuesta por exactamente doscientos miembros, a los que sólo podía convocar el rey, a quien debían lealtad absoluta. A cambio de sus servicios gozaban de exención de todos los tributos municipales y de impuestos, y quedaban fuera del fuero común, pudiendo ser juzgados únicamente por la Corona. Su enseña era una bandera blanca con la cruz roja de San Andrés (emblema de la ciudad) y, en el centro, un escudo ovalado con la cruz de Santiago. Su lema, Nemini cedo neque inimicorum parco, se traduce como "No cedo a nadie y no perdono a mis enemigos".

Compañías de ballesteros en los reinos peninsulares

La compañía tuvo un papel destacado en la Guerra de Granada, participando en la conquista de Huelma (1438), Bélmez de la Moraleda (1448) y Alicún de Ortega (1486). Tras la caída del Reino nazarí en 1492, los Doscientos Ballesteros ampliaron su ámbito de actuación a la defensa costera de Andalucía, el antiguo reino de Granada y el reino de Murcia, permaneciendo bajo las órdenes de los reyes o, cuando correspondía, del capitán general de Andalucía, el duque de Medina Sidonia, prohibiéndose su salida de la península.

Para ingresar había que demostrar ante un tribunal ser descendiente de cristianos de sangre vieja. El acceso podía ser hereditario siempre que el aspirante estuviera casado. Tras pagar tres libras de cera y tres reales (o cuatro ducados si no era primogénito), el nuevo recluta, armado de ballesta y arrodillado ante una cruz situada en la Plaza del Mercado, prestaba juramento al rey y al apóstol Santiago, patrón de la compañía. El servicio militar duraba veinte años, tras los cuales el soldado quedaba dado de baja.

Su historial al servicio de la Corona es amplio; algunos ejemplos ilustran su condición de tropa de élite:

Durante la Guerra de las Comunidades de Castilla mantuvo la lealtad al emperador Carlos y, en 1521, participó en la Liga de la Rambla, lo que le llevó a la Batalla de Villalar y a la captura de los líderes comuneros. Por ello se erigió en Baeza un arco triunfal gótico llamado "Arco de Villalar".

A partir de 1566 la compañía modernizó su armamento, sustituyendo la ballesta por arcabuces de mecha. Se reorganizó en ocho escuadrones de veinticinco soldados bajo la dirección de un cabo. Con esta nueva estructura actuó en la Rebelión de las Alpujarras (1569) bajo el mando del capitán Baltasar de Aranda Montemayor, siguiendo órdenes del marqués de Mondéjar y participando en las batallas de Puente de Tablete y Galera, donde el capitán y ochenta y cinco hermanos perdieron la vida. El año siguiente volvió a Baeza y volvió a entrar en campaña a petición del general Don Juan de Austria.

En julio de 1596 se desplazó a Jerez de la Frontera y Cádiz para enfrentar a los ingleses durante nueve meses, con un gasto de 20 000 ducados; la guerra anglo‑española de 1625 les obligó a desembolsar 36 000 ducados en un solo mes en Gibraltar. La compañía financiaba sus campañas con sus propios recursos, lo que provocó la ruina de muchos miembros, que tuvieron que recurrir a oficios manuales para recomponer su capital.

Durante la Guerra de Sucesión española se transformó en regimiento, ampliando su número a 500 soldados, medida que solo perduró hasta 1707. Felipe V ordenó reformar la compañía estableciendo un rango de edad entre 18 y 60 años, expulsando a los enfermos incapaces de portar armas y prohibiendo la designación de sustitutos sin causa justificada. Se fijaron nuevos requisitos de ingreso: edad entre 18 y 40 años, descendencia de cristianos de sangre vieja, ausencia de antecedentes penales o de la Inquisición y no haber ejercido oficios considerados viles (verdugo, pregonero, carnicero). La cuota de ingreso oscilaría entre 200 y 400 reales de vellón.

Su última actuación conocida fue en 1728, durante las fases finales del asedio de Gibraltar. El 12 de diciembre de 1757, el ministro de Guerra Sebastián de Eslava informó a la ciudad de Baeza de la decisión del rey Fernando VI de suprimir la compañía, después de más de cinco siglos de historia, incorporándola al regimiento de Milicia de Jaén como una unidad bajo el mando de un coronel.

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Este artículo forma parte del 1.º Concurso de Microensayos Históricos Desperta Ferro. La documentación, veracidad y originalidad son responsabilidad exclusiva del autor.