Historia antigua

La batalla de Honnecourt (1642): la olvidada victoria de los Tercios

En 1635 Francia declaró la guerra a la Monarquía Hispánica. Felipe IV y su favorito, el conde‑duque de Olivares, se vieron obligados a enfrentar a Luis XIII y a su principal ministro, el cardenal Richelieu, para intentar mantener la hegemonía española en Europa.

La declaración formal se realizó en Bruselas, donde quedó claro que los Países Bajos católicos serían el objetivo prioritario francés. Sin embargo, pronto se abrieron otros frentes: Italia, las provincias vascas, el Rosellón y la Cerdaña. Con la entrada de Francia en la contienda, los Países Bajos españoles quedaron rodeados por el enemigo al norte y al sur, pues desde 1621 la Monarquía también estaba en guerra contra la República de los Países Bajos. El ejército de los Países Bajos tuvo que dividirse en al menos dos cuerpos para hacer frente simultáneamente a los ejércitos francés y holandés, una circunstancia que, aunque fundamental, ha recibido escasa atención histórica.

Así, Flandes sufrió dos campañas anuales que pusieron al límite los recursos económicos y militares de la Corona. En el frente sur, la estrategia se centró en sitiar los pueblos fronterizos para capturarlos, obtener contribuciones y obligar al enemigo a luchar en su propio territorio.

Al inicio de los hostilidades el mando católico en los Países Bajos estaba a cargo del Infante‑Cardenal Don Fernando, hermano de Felipe IV, quien, a pesar de su formación eclesiástica, se había destacado como soldado y había conseguido victorias en Nördlingen y Kallo (1638). Tras su muerte en Bruselas el 9 de noviembre de 1641, el cargo recayó provisionalmente en el portugués Francisco de Melo, conde de Asumar, hombre de confianza de Olivares con amplia experiencia diplomática y militar.

De Melo logró su primer éxito al recuperar la plaza de Aire‑sur‑la‑Lys tras un asedio que duró del 8 de septiembre al 7 de diciembre de 1641. La operación se llevó a cabo en otoño‑invierno, algo poco habitual en la época, y culminó con el acuartelamiento de las tropas a mediados de enero.

Comienzo de la campaña

Los servicios de inteligencia hispánicos advirtieron que el esfuerzo francés se concentraría en Rosellón y Cerdaña, y que Luis XIII dirigiría personalmente a sus tropas. De Melo decidió lanzar una campaña lo antes posible para desviar al máximo número de soldados franceses del frente español.

Tras reforzar las defensas de todas las plazas fronterizas, el ejército de los Países Bajos se reunió. Con gran secreto, De Melo planificó la ofensiva cuyo primer objetivo fue la reconquista de La Bassée, una posición estratégica que impedía a los españoles atacar directamente a Francia y que exigía contribuciones a Lille y su entorno. Para aislar La Bassée, primero fue necesario recuperar Lens.

El general Andrea Cantelmo tomó el mando del asedio de Lens y, tras dos ataques feroces, la plaza cayó en apenas dos días (19 de abril). Con la retaguardia asegurada, el cuerpo principal avanzó contra La Bassée, defendida por unos 3 000 franceses. El asedio fue arduo: la guarnición mostró una defensa excelente y el conde de Harcourt y el mariscal de Guiche intentaron sin éxito romper el cerco. El 13 de mayo la ciudad se rindió tras perder unos 600 hombres en dieciocho días.

La batalla de Honnecourt (1642): la olvidada victoria de los Tercios

Tras el asedio, parte de las tropas se desplazó al norte para hacer frente a la movilización holandesa. De Melo ideó una maniobra para dividir al ejército de relevo francés, que se había reforzado. El plan funcionó: el conde de Harcourt se dirigió a Hesdin y Guiche a Le Châtelet. Gracias a la excelente información de los servicios de inteligencia, De Melo mantuvo la vigilancia sobre los movimientos enemigos y contó con el apoyo del barón de Beck, del conde de Bucquoy y de refuerzos imperiales bajo el mando del barón de Enckevort.

La estrategia era simple: colocar al ejército español entre los dos cuerpos franceses para impedir que se reencontraran. Tras un consejo de guerra, el alto mando hispánico decidió avanzar contra Guiche, pese a que su campamento estaba en territorio francés bien fortificado. El 26 de mayo el ejército español marchó dividido en vanguardia, cuerpo de batalla y retaguardia, bajo la supervisión del barón de Beck.

La batalla de Honnecourt

El inesperado avance español tomó por sorpresa al ejército francés, que contaba con unos 7 000 infantes, 3 000 caballería y diez piezas de artillería. La infantería estaba formada por regimientos de Rambures, Piémont, el marqués de Persan, el marqués de Saint‑Mégrin, Vervins, entre otros, y la caballería se organizó en veinte escuadrones en forma de «L».

Los franceses no detectaron la presencia española hasta estar a dos leguas de distancia, creyendo inicialmente que se trataba de una simple incursión de Beck. Los primeros en llegar fueron 2 000 caballeros y 1 000 mosqueteros bajo el mando de Baltasar Mercader, que comenzaron escaramuzas mientras Beck posicionaba la artillería comandada por Carlos Guasco en una colina dominante.

La infantería hispánica, unos 14 000 hombres, se dispuso en tres filas. En la primera fila estaban los tercios españoles (Alonso de Ávila, duque de Alburquerque, Jorge de Castelví, conde de Villalba y Antonio Velandia) y los italianos (conde Strozzi y Giovanni de Liponti). La segunda fila reunía a los tercios irlandeses de Owen Roe O’Neill y a los tercios valones del príncipe de Ligne, barón de Grobbendonk y el señor de la Grange. La tercera fila estaba compuesta por escuadrones alemanes y valones.

Los flancos de infantería estaban protegidos por unos 5 000 caballeros: la derecha, bajo el marqués de Velada, integraba unidades españolas, italianas y alemanas; la izquierda, al mando de Bucquoy, contaba con caballería de los Países Bajos, Alsacia y Luxemburgo.

La batalla de Honnecourt (1642): la olvidada victoria de los Tercios

Beck ordenó a los tercios Villalba y Velandia avanzar por el valle entre dos elevaciones, mientras Bucquoy atacó el flanco izquierdo entre la abadía y el bosque, apoyado por los italianos. Tras cruzar el bosque y superar a la guardia francesa, la infantería española desató una lluvia de disparos que obligó a los franceses a retirarse.

Los caballeros de Bucquoy lograron entrar en el campamento enemigo, mientras los tercios de Liponti y Strozzi se unían a la ofensiva. A pesar de varias repulsas y de intensas cargas de caballería francesa, la coordinación entre infantería, caballería y artillería permitió a los españoles romper las trincheras francesas y capturar su artillería.

Al final de la jornada, se estimó que los franceses habían perdido alrededor de 4 000 hombres y 3 000 fueron capturados; el mariscal de Guiche perdió sus banderas, incluida la famosa Cornet Blanche. Los españoles se llevaron un botín considerable, entre él unos 500 cañones y todo el material de artillería.

Tras la victoria, el ejército de De Melo acampó en el mismo campo de batalla durante tres días, evitando que los restos del ejército de Guiche se unieran al de Harcourt.

Conclusión

Si la Guerra Franco‑Española (1635‑1659) hubiera concluido en 1642 tras Honnecourt, De Melo habría sido recordado como un gobernador‑general excepcional y los Tercios como la élite invencible del siglo XVII. La disposición del ejército –infantería en tres líneas, flancos protegidos por caballería y artillería que cubría el avance– demuestra que el alto mando español estaba al tanto de las últimas innovaciones militares y supo aplicarlas con gran flexibilidad.

La victoria se debió tanto a la superioridad numérica (casi el doble que el ejército francés) como a la determinación de los soldados al asaltar el campamento enemigo. Los Tercios siguieron siendo unidades de élite hasta su desaparición decretada por Felipe V a finales del siglo XVIII.