Cuando redactó estas líneas, el capitán Francisco de Cuéllar, antiguo comandante del galeón San Pedro del escuadrón de Castilla, se encontraba recuperándose en Amberes tras más de un año de penurias. Era el 4 de noviembre de 1589. Días antes había llegado a Dunkerque casi desnudo, tras ver cómo una nave mercante que transportaba a los Países Bajos se hundía tras ser alcanzada por una flota holandesa. Pocos náufragos de la Gran Armada lograron arribar a Escocia; la historia de Cuéllar constituye el testimonio más completo y emocionante de los peligros que vivieron los marineros y soldados españoles que, tras sobrevivir a los horrendos enfrentamientos en la costa noroeste de Irlanda, se vieron inmersos en un entorno desconocido y a menudo hostil.
De Portugal al Canal de la Mancha
Poco se conoce del capitán Cuéllar más allá de su expediente militar. Probablemente nació en Valladolid en 1562, en una familia noble, y se alistó joven en la Armada. En una carta de 1585 dirigida a Antonio de Eraso, secretario de Indias y Guerra de Felipe II, declaraba haber sido soldado desde su adolescencia. Su primera campaña fue la de Portugal (1580‑1581) y, después, buscó servir en Flandes. Allí se presentó como candidato para la expedición de Diego Flores de Valdés y Pedro Sarmiento de Gamboa a los mares del sur de Sudamérica (1582‑1584). El Consejo de Indias le ofreció el mando de una compañía de infantería, que aceptó pese a los peligros.
Sobrevivió a la desastrosa expedición y, tras regresar maltrecho, entró al servicio de Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, quien le confió el mando del galeón San Pedro. Con una tripulación de noventa marineros y ciento ochenta y cuatro soldados, participó en la empresa contra Inglaterra dentro del escuadrón de Castilla, bajo el mando de su antiguo compañero Flores de Valdés. El San Pedro combatió en los principales enfrentamientos contra la Armada inglesa, destacando la batalla de Gravelines. Cuéllar describió los daños sufridos: "El galeón recibió numerosos proyectiles gruesos que perforaron el casco, y aunque se reparó lo mejor posible, quedó una zona con filtraciones que llenaba de agua".
Dos días después de Gravelines, el San Pedro abandonó la formación sin orden del capitán. Cuéllar, exhausto y sin haber descansado diez días, fue detenido por el piloto y llevado a la nave del auditor Martín de Aranda, donde enfrentó un consejo de guerra. Mientras que Cristóbal de Ávila fue ahorcado, Cuéllar quedó exonerado, pero no pudo volver a su barco porque una fuerte tormenta lo obligó a permanecer a bordo: "Una tormenta abrió el casco y cada hora el agua inundaba la nave; no había remedio salvo la voluntad de Dios".
El naufragio de Streedagh
El 16 de septiembre, tres pesados buques mercantes del escuadrón del Levante —la catalana Juliana de Mataró, la Santa María de Visón de Ragusa y la Lavia de Venecia, donde viajaba Cuéllar— buscaron refugio en la bahía de Donegal. Cinco días después, una tormenta violenta los arrojó contra los acantilados de Streedagh, provocando la muerte de más de mil tripulantes. Los irlandeses locales se precipitaron a saquear los cuerpos. Cuéllar narra: "Cuando la ola destruyó la Lavia, el auditor Martín, que llevaba su dinero cosido al jubón, fue arrastrado y ahogado. Yo recibí una herida sangrante, me encomiendo a la Virgen de Ontañar y, a duras penas, llegué a tierra, exhausto de sed y hambre".
Al día siguiente, doscientos soldados ingleses del fuerte cercano atacaron a los supervivientes. El compañero de Cuéllar murió de frío; sus cuerpos fueron devorados por cuervos y lobos. Desnudo y maltrecho, el capitán buscó refugio en un monasterio que encontró incendiado y con doce españoles colgados por los luteranos ingleses. Así comenzó su odisea en Irlanda, que él describió como sacada "de algún libro de caballerías".
Entre los irlandeses
Después de dos días de espera, Cuéllar volvió al lugar del naufragio y se reencontró con dos compatriotas. Un grupo de irlandeses apareció, pero uno de ellos los llevó a su aldea. Allí, un anciano de setenta años y una joven de veinte, de extraordinaria belleza, les atendieron. Le curaron la herida, le dieron leche, mantequilla y pan de avena, y le aconsejaron dirigirse a las montañas interiores, donde se encontraba el castillo de Brian O'Rourke, importante noble gaélico católico que luchaba contra los ingleses.
El viaje estuvo marcado por encuentros con soldados ingleses y con habitantes locales hostiles que despojaron al capitán de sus ropas, dejándolo envuelto en juncos y esteras. Finalmente llegó al lago Glencar, donde se reunió con otros tres españoles que también se dirigían a tierras de O'Rourke. En el castillo de O'Rourke se congregaron alrededor de setenta náufragos de la Armada.
Tras varios intentos fallidos de contactar un barco español, Cuéllar y sus compañeros se trasladaron al castillo de MacClancy en Rosclogher, donde pasaron tres meses viviendo como "salvajes" entre los locales. Allí describió con detalle sus costumbres, sus vestimentas y su modo de vida.
La presencia de los españoles llamó la atención de las autoridades inglesas. El gobernador de Connacht, Richard Bingham, envió 1.700 soldados al asedio de Rosclogher. MacClancy huyó a las montañas; los españoles, sólo nueve y escasamente armados, rechazaron la oferta inglesa de pasaje a Escocia. Los ingleses ahorcaron a dos prisioneros españoles para intimidarlos, pero el duro invierno obligó al asedio a retirarse. MacClancy, agradecido, ofreció a Cuéllar la mano de su hermana, pero los españoles decidieron partir hacia Derry, donde el obispo Redmond O'Gallagher, oculto por ser proscrito, les facilitó el paso a Escocia.
Regreso y últimos años
Tras seis meses de negociaciones, las autoridades escocesas permitieron a los españoles embarcar en cuatro mercantes rumbo a Flandes. En la ría de Dunkerque fueron emboscados por buques holandeses y el barco de Cuéllar se hundió; 270 supervivientes de la Gran Armada perecieron. Cuéllar, que nadó a la orilla con dos compañeros, volvió a escribir sus memorias y se reincorporó al Ejército de los Países Bajos, sirviendo ocho años bajo el mando de Alejandro Farnesio. Participó en la liberación de París y en campañas en Laon, Corbeil, La Capelle, Châtelet, Doullens, Cambrai, Calais, Ardres y Hulst. Tras la Paz de Vervins (1598) pasó a Nápoles al servicio del VI Conde de Lemos y, en 1601‑1602, comandó un galeón de la Flota de Indias. La última referencia a su vida data de 1604, cuando residía en Madrid como oficial reformado. Hoy, la ruta turística "The De Cuéllar Trail" recuerda sus aventuras irlandesas.
Fuentes primarias
- Cuéllar, F. de (1885): "Carta de quien estuvo en la Armada inglesa y relata el viaje", en Fernández Duro, C.: La Armada Invencible, II. Madrid: Real Academia de la Historia, pp. 337‑359.
Bibliografía
- Girón Pascual, R. M. (2012): "El capitán Francisco de Cuéllar antes y después del día en Inglaterra", en Jiménez Estrella, A.; Lozano Navarro, J. J. (eds.): Actas del XI Congreso Científico de la Fundación Española de Historia Moderna. Granada: Universidad de Granada, p. 1051‑1059.
- Stapleton, J. (2001): The Spanish Armada 1588: The Journey of Francisco de Cuéllar. Sligo: Duellar Project Committee.