Historia antigua

El choque de espadas (III): tácticas de infantería en la Guerra de los Treinta Años

El choque de espadas (III): tácticas de infantería en la Guerra de los Treinta Años

La historiografía tradicional, sobre todo anglosajona, ha establecido un contraste tajante entre la escuela holandesa y una supuesta "español‑alemana". En realidad, podemos distinguir tres escuelas distintas: la holandesa, la española y la alemana, pues las prácticas de España y los Habsburgo alemanes diferían notablemente. Un error conceptual frecuente es suponer que el Ejército de los Países Bajos disponía de una proporción mucho mayor de armas de fuego; la relación pica‑arcabuz o mosquete evolucionó de forma similar en todas ellas. De hecho, el Ejército de los Países Bajos fue el primero en aumentar el número de tiradores. Ya en 1578, Francisco de Valdés señalaba que la infantería española contaba con nueve mil hombres y apenas mil quinientos picas, el resto eran arcabuceros.
En la Guerra Larga Húngara (1593‑1606) los ejércitos imperiales incrementaron su potencia de fuego, con ratios pica‑arma que iban de 1:1,2 a 1:11, promedio 1:2.

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Otro error consiste en imaginar a las tropas de los Habsburgo como masas cuadradas inmóviles. Ni en la década de la Guerra de Flandes previa a los Doce Años de Tregua ni en la Guerra Larga Húngara se desplegó infantería en escuadrones de miles de hombres con decenas de filas. El destacamento de Ambrosio Spínola que rescató a Groenlo en 1606 tenía 1.200 infantes, de los cuales 462 eran piqueros, organizados en 33 filas delanteras y 14 traseras. En la llanura húngara los imperiales formaban sus unidades a 10‑12 filas de profundidad. Solo los suizos mantuvieron la tradición; en la batalla de Tirano (1620) una unidad bernesa de 3.000 hombres fue desmantelada en quince minutos por la artillería y la infantería española.

¿Hasta qué punto los ejércitos protestantes alemanes adoptaron las prácticas holandesas? En 1617 John VII de Nassau‑Siegen fundó una Schola Militaris que formó a muchos jóvenes alemanes bajo la dirección de Johan Jacob von Wallhausen, ex‑oficial del ejército de los Países Bajos. Sin embargo, la orden de batalla protestante en la Montaña Blanca (1620) era conservadora: el regimiento del Príncipe de Anhalt se disponía en un gran batallón cuadrado con flancos en las esquinas. En los combates posteriores, los protestantes confiaron más en la caballería que en la infantería, con excepciones como los regimientos sajones‑weimar.

Las batallas de la fase palatina, salvo la Montaña Blanca y, en menor medida, Stadtlohn, fueron esencialmente choques entre infantería católica y caballería protestante. La infantería protestante estaba compuesta mayormente por campesinos mal entrenados y mal equipados. En diciembre de 1622, Gabriel de Roy describió a los soldados de Brunswick como "scoundrels" que huían a cada momento. En Wimpfen y Fleurus la infantería católica resistió cargas masivas de caballería gracias a una formación profunda y compacta. Fernández de Córdoba organizó sus tercios en tres grandes escuadrones de 30 filas de profundidad, una adaptación táctica específica para contrarrestar la caballería.

Innovaciones suecas

El desembarco sueco en Alemania (1630) cambió el rumbo de la guerra, pero sus consecuencias sobre la evolución táctica están sobrevaloradas. La brigada sueca, según James Turner, contaba con 1.800 hombres (600 piqueros y 1.200 mosqueteros). La diferencia radicaba en que los piqueros no formaban un bloque único, sino tres (a veces cuatro) en forma de punta de flecha o rombo, funcionando como una unidad integral. Los observadores contemporáneos describían la brigada como un batallón completo, no como batallones independientes.

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La brigada sueca requería una coordinación excelente, pero eso no le otorgaba una ventaja decisiva. Ganaron en Breitenfeld (1631), Oldendorf (1633) y Liegnitz (1633), pero Lützen (1632) fue un empate y fueron derrotados en Alte Veste (1632) y Nördlingen (1634). En Breitenfeld la derrota imperial se debió al arriesgado despliegue de Tilly, que avanzó en una sola línea sin reserva.

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El "salvo sueco" consistía en una descarga simultánea de todos los mosqueteros, a diferencia del contramarcha que mantenía fuego sostenido. Un testigo inglés describió cómo los escoceses formaban cuerpos de 600‑700 hombres en tres filas, disparando al unísono y rompiendo las filas de caballería enemiga. El inconveniente era que, al recargar, los soldados quedaban vulnerables a la carga enemiga. En Nördlingen, Martín de Idiáquez ordenó a sus hombres acostarse al fuego sueco y luego cargarlos sin posibilidad de respuesta.

Los españoles, al igual que los holandeses, preferían el fuego sostenido. En Proh (1645) el ejército lombardo disparó durante siete horas contra las fuerzas franco‑savoyesas, lo que el marqués de Velada calificó como "una disciplina admirable que nadie había igualado".

La idea de intercalar batallones de mosqueteros entre escuadrones de caballería no era nueva. Tilly lo usó en Stadtlohn y Höchst, y ya en 1596 Bernardino de Mendoza recomendaba colocar arcabuces y mosquetes bajo la protección de la caballería. El error de no reforzar las alas de caballería con mosqueteros en Rocroi (1643) fue la excepción, no la regla.

Evolución de las tácticas y la guerra lineal

Durante la Guerra de los Treinta Años tres factores impulsaron la rápida evolución de los despliegues:

  • El aumento constante de armas de fuego, que hizo obsoletas las formaciones profundas.
  • La larga duración y el alto coste económico, que redujeron el tamaño de las unidades.
  • El crecimiento de la caballería respecto a la infantería, que pasó de 25‑33 % a más del 50 % en algunos ejércitos.

Como resultado, los batallones pasaron de 350‑1 000 hombres con 5‑10 filas, en lugar de 30‑40 filas anteriores. En 1636 el ejército francés bajo el cardenal de La Valette dividió sus 6 180 infantes en 13 batallones (≈ 524 hombres cada uno). En 1642 el ejército sueco de Torstensson empleó batallones de 800 hombres a seis filas de profundidad, mientras que los imperiales de Piccolomini formaban batallones de 1 000 hombres a diez filas. En la batalla de Montijo (1644) el barón de Molingen organizó 3 150 infantes en siete escuadrones de seis filas, con un promedio de 450 hombres por escuadrón.

Según William P. Guthrie, al contar con más armas de fuego, las formaciones de infantería ganaron capacidad defensiva pero perdieron potencia ofensiva al reducir picas y profundidad.

En la década de 1640 las batallas quedaron decididas mayormente por choques de caballería en los flancos; la infantería del centro, aunque sangrienta, resultó irrelevante. Así ocurrió en Breitenfeld (1642), Honnecourt (1642), Rocroi (1643), Jankau (1645), Mergenthein (1645), Allerheim (1645), Lens (1648) y en la Guerra Civil Inglesa (Marston Moor 1644, Naseby 1645), entre otras.

Artillería, factor secundario

Los suecos introdujeron innovaciones como el cañón ligero manejado por dos artilleros y movido por un solo caballo, y Lennart Torstensson impulsó su uso entre 1642‑1645. Sin embargo, la artillería ligera no cambió el resultado de las batallas: en Nördlingen sus piezas abundantes resultaron inútiles ante la posición ventajosa de los católicos. La mayoría de los ejércitos seguían prefiriendo cañones de gran calibre (12‑48 lb). La artillería tenía más impacto psicológico que letal.

El choque de picas

En la Guerra de los Treinta Años sí se produjeron choques de picas entre batallones de infantería. La pica seguía siendo el arma más noble y estaba reservada a los veteranos y a la guardia. En 1646, durante el funeral del conde de Essex, los oficiales portaban picas en lugar de arcabuces.

Para que se diera un choque, ambos batallones debían estar formados por soldados experimentados y motivados, algo raro antes de la llegada de los suecos y los franceses. En la Montaña Blanca los bohemios se retiraron al ver avanzar a los guardias imperiales. En Stadtlohn Tilly describió cómo sus mosqueteros de élite rompían la resistencia enemiga. En Lützen, los imperiales, impulsados por Wallenstein, cruzaron las picas suecas y combatieron cuerpo a cuerpo.

En Honnecourt y Rocroi los tercios españoles usaron sus picas para detener las cargas francesas, y en la victoria española de Lérida (1644) los tercios y regimientos españoles barreron pica contra pica a un enemigo en posición elevada.

Los tratados de la época, como el de Miguel Pérez de Egea (1632), describían la marcha y carga de los piqueros como esencial. Casi cuatro décadas después, James Turner, veterano sueco, recomendó una táctica similar aunque admitía que el choque de picas ya no era tan frecuente.

En resumen, la pica mantuvo su importancia táctica durante la primera mitad del siglo XVII. Solo con la invención de la bayoneta a finales del siglo, la pica quedó relegada a la historia.

Bibliografía

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  • Picouet, P. (2019): The Armies of Philip IV of Spain 1621‑1665: The Fight for European Supremacy. Warwick: Helion & Company.

Notas

[1] Valdés, F. de (1589): Espeio y disciplina militar, Bruselas, p. 17.

[2] Kelenik, J. (2000): The Military Revolution in Hungary, en Fodor, P.; Dávid, G. (eds.): Ottomans, Hungarians, and Habsburgs in Central Europe, Leiden: BRILL, p. 144.

[3] Carnero, A. (1625): Historia de las guerras civiles que ha avido en los estados de Flandes, Bruselas, p. 552.

[4] Mugnai, B.; Flaherty, C. (2016): Der lange Türkenkrieg, vol. 2, Zanica, p. 22.

[5] Novoa, M. de (1875): Historia de Felipe III, rey de España, Madrid, pp. 185‑186.

[6] AA.VV. (1621): Mercure François, vol. 6, París, pp. 418‑419.

[7] Carta de Christian de Anhalt a Federico V, en Wilson, P. (ed.) (2010): The Thirty Years War: A Sourcebook, Londres, p. 64.

[8] Haynin, L. de (1869): Histoire générale des guerres de Savoie, Bruselas, p. 69.

[9] Copia de carta de Gabriel de Roy a Gonzalo Fernández de Córdoba, 1 dic 1622, en (1869): Colección de Documentos Inéditos para la Historia de España, vol. 54, p. 356.

[10] Wilson, P. (2018). Lützen. Oxford: Oxford University Press, p. 49.

[11] Turner, J. (1683): Pallas Armata, Londres, pp. 228‑229.

[12] Roberts, K. (2010): Pike and shot tactics, 1590‑1660, Oxford: Osprey Publishing, p. 49.

[13] Gualdo Priorato, G. (1641): Historia delle guerre di Ferdinando 2. e 3., Bolonia, p. 170.

[14] Parrott, D. A. (1985): “Strategy and Tactics in the Thirty Years’ War”, Militärgeschichtliche Zeitschrift, 38(2), p. 11.

[15] Anónimo (1631): Account of the battle of Leipsic, en Mathews, J. J. (ed.) (1957): Reporting the Wars, Minneapolis, p. 264.

[16] Aedo y Gallart, D. de (1635): Viaje del Infante Cardenal Don Fernando de Austria, Bruselas, p. 137.

[17] Maffi, D. (2006): “Un bastione incerto?”, en García Hernán, E.; Maffi, D. (eds.): Guerra y sociedad en la monarquía hispánica, Madrid, p. 513.

[18] Mendoza, B. de (1596): Theorica y practica de guerra, Amberes, p. 117.

[19] Melzo, L. (1619): Reglas militares sobre el gobierno y servicio particular de la caballería, Milán, p. 90.

[20] Montecuccoli, R. (1852): Opere di Raimondo Montecuccoli, Torino, p. 232.

[21] Bonnières, C. (1644): Arte militar deducida de sus principios fundamentales, Zaragoza, p. 278.

[22] Fabert, A. de (1635‑1639): Journal des campagnes des armées françaises en Allemagne, París, f. 34.

[23] Guthrie, W. P. (2003): The Later Thirty Years War, Londres, p. 122.

[24] Wilson, P. (2018), p. 49.

[25] Anónimo (s.f.): Campañas de Cataluña y Extremadura del año 1644, Madrid, p. 395.

[26] Dávila Orejón Gastón, F. (1669): Política y mecánica militar para sargento mayor de tercio, Madrid, p. 360.

[27] Guthrie, op. cit., p. 122.

[28] Guthrie, op. cit., p. 42.

[29] Roberts, K. (2005): Cromwell’s War Machine, Barnsley, p. 152.

[30] Lostelneau, S. de (1647): Le maréchal de bataille, París, p. 388.

[31] Roberts, op. cit., p. 160.

[32] Vincart, J. A. de (1642): Relación de los progressos de las armas de S. M. Católica, Madrid, p. 146.

[33] Relación de la batalla de Rocroi, Rodríguez Villa, A. (1904), Boletín de la Real Academia de la Historia, 44, pp. 511‑512.

[34] Vincart, J. A. de (1643): Relación de los progressos de las armas de S. M. Católica, Madrid, p. 431.

[35] Vincart, op. cit., p. 445.

[36] Albuquerque, op. cit., p. 513.

[37] Boyle, R. (1677): A Treatise of the Art of War, Londres, p. 157.

[38] Hugo, H. (1627): Siege of Breda, Amberes, p. 62.

[39] Moncada, G. R. de (1653): Discurso militar, Valencia, pp. 138‑139.

[40] Pérez de Egea, M. de (1632): Preceptos militares, Madrid, p. 138.

[41] Bonney, R. (2002): The Thirty Years’ War 1618‑1648, Oxford, p. 28.

[42] Parrott, op. cit., pp. 15‑16.

[43] Bonnières, op. cit., p. 274.

[44] Billon, J. de (1638): Les principes de l’art militaire, Lyon, p. 296.

[45] Roberts, op. cit., p. 67.

[46] Haynin, op. cit., p. 175.

[47] Tilly a la Infanta Isabel Clara Eugenia, Stadtlohn, 7 ago 1623, en Hennequin, A. C. de (1860): Tilly; ou, La guerre de trente ans, París, p. 276.

[48] Monro, R.; Brockington, W. S. (ed.) (1999): Monro, His Expedition with the Worthy Scots Regiment Called Mac‑Keys, Londres, p. 159.

[49] Gualdo Priorato, G. (1772): L’histoire des dernières campagnes de Gustave‑Adolphe en Allemagne, París, p. 218.

[50] Watts, W. (1632): The Swedish Discipline, Londres, p. 24.

[51] Vincart, op. cit., p. 159.

[52] Vincart, op. cit., p. 441.

[53] Anónimo, Campañas de Cataluña y Extremadura, Madrid, p. 380.

[54] Anónimo, Campañas de Cataluña y Extremadura, Madrid, p. 399.

[55] Pérez de Egea, op. cit., p. 139.

[56] Turner, op. cit., p. 305.