El sitio arqueológico de Chichén Itzá es uno de los máximos representantes de la cultura maya prehispánica. Alcanzó su apogeo entre los periodos Clásico Tardío (850‑1000 d.C.) y Posclásico Temprano (1000‑1200 d.C.) y se ubica al norte de la península de Yucatán, México. Entre sus construcciones destacan la Pirámide de El Castillo, la Gran cancha de pelota, el Templo de los Guerreros y el observatorio astronómico conocido como El Caracol. Además de su arquitectura monumental, la ciudad alberga un espacio natural que siempre ha llamado la atención: el Cenote Sagrado.
Debido a la naturaleza kárstica del terreno yucatense, no existen ríos superficiales; el agua circula bajo tierra y emerge en los cenotes, que los mayas utilizaban como fuentes de agua y como base para sus asentamientos. El Cenote Sagrado, sin embargo, fue mucho más que una cisterna: desde el Clásico Tardío hasta la llegada de los españoles, se convirtió en un importante centro de culto y peregrinación. Los mayas lo consideraban la puerta al inframundo (Xibalbá) y, para contactar a los seres sobrenaturales, ofrecían objetos, animales y seres humanos.
Fray Diego de Landa y los relatos coloniales
En el siglo XVI, los sacrificios en el cenote llegaron a oídos del fraile Diego de Landa, conocido por el famoso Auto de Fe de Maní, en el que quemó numerosos códices y objetos mayas. En su «Lista de las cosas de Yucatán», Landa señala que los indígenas «a veces arrojaban personas vivas al pozo de Chichén Itzá, creyendo que salirían al tercer día, aunque nunca reaparecían». También menciona que se depositaban piedras preciosas y que, de haber oro en la región, ese pozo habría sido el más rico.
Otros testimonios coloniales describen rituales en los que se lanzaban mujeres indias al amanecer para pedir un buen año; los testigos narran cómo, al mediodía, algunos intentaban rescatar a las víctimas, pero a menudo desaparecían, lo que se interpretó como la ira de los dioses.
La investigación del Cenote Sagrado
Tras la publicación de los escritos de Landa, aventureros del siglo XIX comenzaron a buscar restos humanos y tesoros bajo el agua. El viajero estadounidense John Lloyd Stephens describió el cenote en 1843 como «una inmensa depresión circular, rodeada de árboles gruesos, con aguas de color verdoso y una atmósfera misteriosa que reforzaba su carácter de lugar de peregrinación».
Cuatro décadas después, el arqueólogo francés Désiré Charnay intentó dragar el pozo con máquinas automáticas, pero los restos de raíces y rocas obstaculizaron la labor. En 1904, el cónsul estadounidense Edward Herbert Thompson adquirió la hacienda de Chichén Itzá y, con una pala mecánica, extrajo esqueletos humanos y objetos de madera, oro y jade. Entre 1909 y 1914 contrató buzos que recuperaron una gran cantidad de artefactos, considerados los descubrimientos más importantes hasta la apertura de la tumba de Tutankamón en 1922.
Thompson fue denunciado como saqueador porque enviaba los hallazgos al Museo Peabody de Harvard; las autoridades mexicanas le confiscaron la hacienda. Posteriores intentos de exploración en 1954 (Club de los Buzos de México) y 1961 (William Joseph Folan Higgins y la National Geographic Society) fueron infructuosos por la turbidez del agua y el daño de los objetos recuperados.
El punto de inflexión llegó entre 1967 y 1968, cuando el arqueólogo mexicano Román Piña Chan, tras un fallido intento de drenar el cenote con explosivos, dividió el interior en cuadrantes marcados con boyas y utilizó sustancias químicas para mejorar la visibilidad. Documentó numerosos artefactos y huesos humanos, hoy conservados en el Museo Nacional de Antropología de la Ciudad de México y en el Museo Regional de Antropología de Mérida.
Hallazgos más relevantes
Entre los objetos recuperados se encuentran pendientes, cuentas, anillos y placas de jadeite (extraído en el Valle de Motagua, Guatemala), huesos animales con inscripciones jeroglíficas, vasijas policromas, herramientas de obsidiana, piezas decoradas con turquesa del suroeste de EE. UU., y figurillas, discos, collares, brazaletes y campanas de cobre, oro y tumbaga (aleación de cobre y oro). Los análisis químicos demuestran que estos metales provienen de Colombia, Honduras, Panamá, Guatemala, Costa Rica, Oaxaca, el Valle de México y Chiapas, evidenciando amplias redes comerciales.
Un hallazgo destacado es un cráneo‑incensario de un hombre decapitado, con residuos de copal y discos de madera policroma en la zona ocular; el individuo padecía la enfermedad de Paget, que produce deformaciones óseas.
Se han contabilizado alrededor de doscientos esqueletos humanos. Los estudios desde los años 40 revelan que las víctimas no eran exclusivamente mujeres vírgenes, sino hombres, mujeres y niños de entre 3 y 12 años. Investigaciones de Lane Anderson Beck (1990) y Vera Tiesler Blos (1993‑1999) describen cortes en la mandíbula, costillas y modificaciones craneales (aplanamiento frontal y occipital, patrones cúbicos y tabulares), prácticas comunes entre los mayas para demostrar integración social y conexión con los dioses.
En 2006, el arqueólogo subacuático Guillermo de Anda Alanís observó marcas de raíces en varios huesos, lo que sugiere que algunos cuerpos fueron enterrados previamente y luego trasladados al cenote, convirtiéndolo en una especie de cementerio acuático. También confirmó evidencias de violencia (cortes triangulares en costillas) y posibles indicios de canibalismo ritual.
Interpretaciones
El ofrecimiento de humanos parece haber surgido en el Posclásico, como respuesta a sequías extremas que azotaron la península desde el siglo IX y se intensificaron en los siglos X‑XI. Sólo alrededor del 12 % de los restos presentan marcas de violencia; la mayoría probablemente murieron ahogadas, lo que deja pocos rastros óseos. La preferencia por niños como ofrendas puede deberse a que los mayas los consideraban portadores de pureza y con una mayor conexión con el mundo sobrenatural.
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Notas
[1] Junta de Andalucía & Centro de Estudios Mayas de la UNAM (2010). “Mayas: Architecture and Landscape guide”, p. 400.
[2] Wren, L.H. (1989). “Chichén Itzá: The site and its people”, en Coggins & Shane, p. 15‑16.
[3] VV.AA. (2002). “The cenotes of the Yucatan Peninsula”, en De La Lanza Espino & García Calderón, p. 337‑339.