Contexto histórico
La irrupción repentina de los hunos en el siglo IV obligó a los visigodos, que habitaban la margen oriental del Danubio, a intentar cruzar al lado occidental, es decir, a adentrarse en territorio romano.
El emperador Valente, tras varias súplicas, les concedió permiso bajo dos condiciones estrictas: entregar sus armas y entregar a sus hijos.
El drama de los niños visigodos
Lo que pretendía ser una garantía contra una rebelión se convirtió en una tragedia para los menores: los que no fueron vendidos como esclavos o utilizados como concubinas quedaron abandonados, en condiciones de hacinamiento; muchos murieron de frío y enfermedades contagiosas.
El estallido de la rebelión
Indignados, los visigodos se levantaron contra Roma y se dirigieron a la ciudad de Adriánopoli (actual Edirne). Valente quiso resolver el conflicto personalmente, pero cometió dos graves errores.
Primer error: despojar a los godos de la marcha
Ordenó que los guerreros góticos que servían en el ejército imperial fueran retirados del frente. Estos soldados, leales a Roma y cristianizados por Ulfilas, se sintieron insultados; al no recibir su paga ni el sustento para el viaje, se unieron a la rebelión.
Segundo error: atacar sin esperar refuerzos
Tras saquear Tracia en 377‑378, Valente marchó hacia Adriánopoli desde el este y solicitó ayuda a su tío, el emperador occidental Gratiano. Sin embargo, creyendo erróneamente que los godos estaban debilitados y temiendo que una parte del ejército gótico bajo Fridigern buscara la paz, Valente decidió atacar sin esperar al contingente de Gratiano.
El impulso de obtener toda la gloria de la victoria y la envidia hacia la fama de Gratiano también influyeron en su decisión.
La catástrofe en Adriánopoli
El ataque resultó desastroso. Por errores tácticos del emperador, el ejército romano sufrió la peor derrota de su historia: dos tercios de sus tropas fueron aniquiladas, treinta y siete generales cayeron y Valente murió cuando los godos incendiaron la choza donde se había refugiado.
Consecuencias
La derrota de Adriánopoli marcó el comienzo de un periodo crítico para el Imperio. Solo dos figuras emergieron como posibles salvadores: el emperador occidental Gratiano y el general retirado en Hispania, Teodosio, cuya historia continuará en otro relato.