El visitante que llega a la actual Cantabria pronto se da cuenta de que está pisando uno de los territorios donde nuestros antepasados dejaron el registro más rico de su condición de artistas. Cientos de cuevas están salpicadas de pinturas prehistóricas de una calidad sin parangón, y diez de ellas forman parte del Patrimonio Mundial. Estas obras, de unos 40.000 años de antigüedad, pertenecen a los últimos períodos del Paleolítico, cuando sus creadores alcanzaron su máximo esplendor. En este artículo de “Caminando por la Historia” conoceremos mejor a esos habitantes de la costa cantábrica al final del Paleolítico.
El Magdaleniense
Aunque nos centraremos en la zona costera cantábrica, el Magdaleniense es la última gran cultura paleolítica de Europa Occidental. Sus restos se han encontrado en Francia, Alemania, Suiza, Portugal y España.
Se sitúa aproximadamente entre 17.500 y 11.500 años atrás. Los primeros grupos coincidieron con los últimos del Solutrense y mostraron una marcada preferencia por herramientas de hueso. El final del Magdaleniense coincide con la llegada del Holoceno y el retroceso de la última glaciación, cambios que provocaron una mayor regionalización cultural.
En Cantabria el Magdaleniense se divide habitualmente en cuatro subfases, relacionadas con variaciones climáticas:
- Magdaleniense arcaico (17.500‑16.500 a.C.): clima muy húmedo, aparición de la caza con lanzas de madera.
- Magdaleniense inferior (16.500‑14.000 a.C.): periodo más frío, crecimiento demográfico, mayor demanda de caza, expansión de la industria lítica y del arte portátil.
- Magdaleniense medio (14.000‑13.000 a.C.): incremento gradual de la temperatura y aparición de los primeros arpiones para la pesca y la caza.
- Magdaleniense superior (13.000‑11.500 a.C.): último periodo frío, producción masiva de herramientas de piedra, especialización y uso generalizado del arpón.
Colección de arpiones magdalenianos
Los hombres y mujeres del Magdaleniense
Se trata de Homo sapiens, la única especie humana que quedó después de la extinción de los neandertales. Los estudios indican que vivían en pequeños grupos de unas 25 personas, aproximadamente cinco familias interdependientes. Para evitar la endogamia mantenían contactos con otras cinco o seis bandas, formando una red de alrededor de 150 individuos. Además, existían intercambios esporádicos a nivel regional.
No había jefes ni líderes; las decisiones se tomaban en asambleas de varias bandas, donde se planificaba la caza o la recolección de recursos vegetales silvestres. Los espacios de reunión incluían salas como la Gran Sala Polícroma de Altamira o la entrada de la Cueva del Castillo. No hay pruebas concluyentes de igualdad total entre sexos, pero la aparición de arpiones sugiere que la caza dependía más de la habilidad que de la fuerza, y tanto hombres como mujeres podían participar.
Los ancianos y los necesitados recibían cuidados, aunque la esperanza de vida rondaba los 30 años, principalmente debido a la alta mortalidad infantil.
Recreación de una escena familiar en el Magdaleniense
Las bandas no habitaban dentro de las cuevas, sino en sus inmediaciones. Eran nómadas, aunque la duración de la ocupación de un mismo refugio pudo llegar a ser anual, aprovechando los recursos de las cuatro estaciones. Algunos rastros, como los puntos rojos de la Cueva del Castillo, podrían constituir un calendario rudimentario.
Puntos de una de las rocas de la Cueva del Castillo (¿calendario?)
Su dieta era variada: consumían carne de ciervo y cabra, pescaban y recolectaban moluscos. También ingerían vegetales silvestres, aunque estos dejan escasa huella arqueológica.
Los artistas magdalenianos cantábricos
Lo que realmente distingue a estos últimos paleolíticos es su extraordinario talento artístico. No sólo dejaron sus marcas en las paredes de las cuevas, sino también en innumerables objetos portátiles.
Arte mobiliario
Se trata de arte “prehistórico de muebles”, es decir, objetos transportables decorados. El Magdaleniense produjo una gran cantidad de piezas: adornos personales, amuletos y herramientas de piedra, hueso, asta de ciervo o conchas marinas. Estos objetos estaban grabados, pintados o pulidos con motivos animales y símbolos abstractos, reflejando una fuerte carga simbólica y un creciente individualismo.
En Cantabria se han encontrado conchas de moluscos mediterráneos, prueba de contactos a larga distancia.
El Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria, en Santander, conserva una de las colecciones más importantes de este tipo de objetos.
Arte rupestre
Las pinturas magdalenianas representan la culminación del arte parietal en Europa occidental. Los motivos animales aparecen con gran detalle: ojos, orejas, cascos y crines se dibujan para transmitir movimiento. Las escenas muestran varios animales interactuando, y los artistas aprovechaban grietas y protuberancias de la roca para crear efectos de relieve.
Se empleaban pigmentos naturales: óxido de hierro (rojo o amarillo), óxido de manganeso o carbón vegetal (negro), disueltos en agua y aplicados con pinceles rudimentarios, los dedos o la mano completa.
Si bien el arte rupestre está extendido por toda Europa, Cantabria destaca por la concentración y el estado de conservación de sus cuevas. Altamira es la “catedral” del Magdaleniense, pero el acceso está limitado a visitas guiadas muy reducidas. Otras cuevas como El Pendo, Covalanas, Las Monedas, Chufín o, especialmente, la Cueva del Castillo en Puente Viesgo (ocupada durante 150.000 años) ofrecen experiencias excepcionales.
Excavaciones en la entrada de la Cueva del Castillo continúan revelando su intensa ocupación prehistórica.
Para reservar una visita, consulte la web caves.culturadecantabria, que ofrece información completa y actualizada.
Bibliografía: Prehistoria antigua de la Península Ibérica, coord. Mario Menéndez, Ed. UNED, 2012.