Hace poco, en Walking Through History analizamos el discurso de Urbano II que dio origen al movimiento cruzado. Las Cruzadas fueron uno de los cambios más trascendentales de la historia humana: dos regiones unidas por el Mediterráneo, que bajo el Imperio Romano habían compartido un mismo poder político, se enfrentaron durante casi dos siglos bajo el pretexto de entregar sus tierras a un Dios distinto. Los seguidores de Cristo contra los seguidores de Mahoma, dos profetas nacidos en Oriente Medio con seis siglos de diferencia, sumieron al mundo mediterráneo en su mayor confrontación.
Aunque estaba claro que los musulmanes habían hecho suyo Jerusalén, el verdadero origen de esta guerra interminable fue una nueva forma de entender la Iglesia católica. Tras siglos de expansión por Europa occidental, llegando incluso a los corazones más duros de los vikingos paganos que se habían convertido en normandos, la Iglesia seguía bajo el dominio político. La conocida “Controversia de la Investidura”, una guerra fraterna entre el emperador alemán y el papado por la designación de cargos eclesiásticos, mostraba esa dependencia. La única salida para el papado era convertirse en una monarquía papal real.

El discurso de Urbano II en Clermont
La cruzada se presentó como la solución, y la petición de Alejo I de Constantinopla encendió la chispa. Por eso Urbano II viajó a Clermont y convocó a los principales nobles europeos a formar una nueva fuerza. Al otro lado del Mediterráneo se encontraba Jerusalén, la ciudad donde Cristo nació, murió y resucitó, y que también albergaba los mercados más importantes del mundo. El Papa solo tuvo que decirles a esos nobles creyentes que debían actuar porque Dios lo había mandado.
La Cruzada de los Pobres
Sin quererlo, Urbano II despertó otro tipo de fieles: aquellos que no tenían nada que perder y, por tanto, todo por ganar. El Papa prometió un mundo nuevo y necesitaba a alguien que llevara su mensaje a los primeros aventureros. Pedro de Amiens, conocido como “Pedro el ermitaño”, se convirtió en el profeta del pueblo. Montado en su burro, llegó desde Jerusalén con la misión de recuperar los lugares sagrados.

Miles y miles de fieles fervorosos, con ropas harapientas y sin armas, partieron de Colonia hacia Constantinopla siguiendo a Pedro. Provenían mayormente del noroeste de Francia y del oeste de Alemania, regiones devastadas por largas sequías. En su camino fueron víctimas de los judíos alemanes, que bajo pretextos de traición a los romanos fueron asaltados y asesinados para financiar la expedición. Al llegar a los muros de Constantinopla, la mayoría se lanzó contra el poderoso ejército de los turcos selyúcidas. Pedro el ermitaño aguardaba en la capital bizantina; pocos regresaron.
Crusaders, de Agustín Tejada
Así se sitúa el escritor navarro Agustín Tejada para ofrecer su excelente novela histórica. En una expedición destinada al fracaso, el autor introduce cinco personajes que reflejan su fascinación por la Edad Media. Esa fascinación impregna cada una de las 446 páginas, convirtiendo el libro en un verdadero regalo para los sentidos.
Personajes ficticios, cruzados
Fray Genaro, enviado por Bernardo de Séridac, arzobispo de Toledo desde la conquista cristiana de 1085, para dotar a la nueva ciudad de reliquias sagradas, representa la simonía y otros abusos clericales de la época. Lo acompaña Moraima, una joven mudéjar esclavizada que debe servir a Genaro, pero que muestra una valentía y astucia excepcionales para sobrevivir en la violencia del viaje.
Alonso de Liébana es el protagonista central: un novicio cuya familia lo obliga a la vida religiosa, aunque él no la comprende. Tras ser encargado de llevar reliquias a Tierra Santa, Alonso busca redimir el honor familiar, acusado de vender caballos a los musulmanes en Toledo, y se convierte en soldado de Cristo bajo la tutela de Hervé.
Hervé encarna al caballero medieval por excelencia, el mejor soldado de Cristo. Francés al servicio de Dios, su misión es proteger a sus compañeros y a él mismo de un pasado oscuro.
El personaje mejor logrado por Tejada es Hameth, un esclavo musulmán del monasterio de San Servando que se une a la cruzada para servir a los protagonistas. Hameth afirma que “Mahoma y Cristo son invenciones humanas para la guerra”. Su objetivo es reunir el dinero necesario para escapar de la esclavitud, pero elige quedarse, motivado por el amor y la amistad, ofreciendo un desenlace magistral.
Personajes históricos
Junto a los ficticios, la novela entrelaza figuras reales de la época. Destaca Bernardo de Séridac, monje cluniacense nombrado arzobispo de Toledo por Alfonso VI y presente en el Concilio de Clermont, representando la implicación de los reconquistadores castellanos.

Muchos de los cruzados de la gente son personajes reales: Pedro el ermitaño, el enigmático líder que Tejada no desglosa, Ulmer, jefe de los “tafures” (viajeros despiadados), y Gualterio el indigente, que se une al ejército tras llegar a Constantinopla.
Al llegar a la capital bizantina, comienza la segunda parte del libro, donde aparecen los protagonistas históricos: Alejo I, emperador bizantino que saca al imperio de su crisis y enfrenta a los selyúcidas; su fiel general Tatikios, de origen turco, puente entre los ejércitos bizantino y turco; y Kilij Arslan, el joven sultán que intenta detener a los cruzados.

La figura que más enamora a los amantes de la historia es Ana Komnena, hija mayor de Alejo I, quien recorre Constantinopla con sus papiros bajo el brazo. Fue una de las primeras historiadoras occidentales y una fuente fiable sobre la llegada de los cruzados.
Para cerrar con los caballeros, aparecen Raimundo IV de Tolosa, un casi septuagenario que lidera la verdadera Primera Cruzada y el caballero Rodrigo Ruiz de Vivar, amigo de Raimundo, cuya carta desencadena el final de la novela. La obra enlaza las ciudades medievales de Toledo y Constantinopla, y culmina con una descripción brillante del Cid en Valencia.
“El Cid Campeador me parecía un gladiador cansado. Ruy Díaz era de estatura media y hombros anchos, pero ya algo caídos. Una profunda cicatriz cruzaba su frente y cojeaba levemente en la pierna derecha. Su cabello gris y espeso, al igual que su barba, mostraba que había librado ya sus mejores batallas. Sin embargo, sus ojos emitían la luz cegadora que sólo se ve en los santos y los héroes.”
Epílogo
Como hemos visto, Cruzados, de Agustín Tejada, es un viaje a través de las ciudades clave de la Edad Media: desde Toledo recién reconquistada, pasando por Clermont y el papa Urbano II, hasta Nicaea y el choque contra los turcos, sin olvidar la espléndida Constantinopla, una de las ciudades más pobladas junto a Córdoba. También recorre los trágicos pasos de la Cruzada de los Pobres por Semlin, Niş o Civetot.
Una historia de asedios, guerras, violaciones, asesinatos, canibalismo, saqueos y desvaríos sin fin, pero también de coraje, amistad, honor y amor profundo.
Obviamente no revelaré el final de Cruzados, pues sería un despojo. Sin embargo, es uno de los momentos más brillantes de la novela. Sorprendente, como todo buen final debe ser, y magistralmente tejido por Tejada. En las últimas ochenta páginas es imposible detenerse. Solo me queda pedir al autor, si lee esta reseña, que nos regale una segunda parte; si ya la tiene en mente, ya cuenta con su primer lector.

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