En su libro Del mono al hombre, el naturalista y escritor Herbert Wendt afirmaba que “uno de los descubrimientos más fascinantes y, quizá, decepcionantes que ha hecho el ser humano es la elucidación de su propio origen”. Aunque la disciplina que estudia este tema es relativamente reciente y solo surgió científicamente en el siglo XIX, nuestra especie tiene una historia de 3.500 millones de años de evolución, durante los cuales aparecieron y desaparecieron innumerables formas de vida. Por eso resulta tan atractivo indagar en los factores clave que guiaron la evolución del hombre prehistórico.
La revolución gastronómica
Hoy los humanos somos omnívoros, pero hace aproximadamente un millón de años, con Homo erectus, incorporamos la carne a una dieta esencialmente vegetariana. Este cambio aportó una gran cantidad de proteínas y energía, favoreciendo el aumento del cerebro y la mejora del habla. Además, masticar menos tiempo liberó nuestras manos, permitió la fabricación de herramientas de piedra y estimuló la reducción del tamaño dental, dejando más espacio para la expansión craneal.
Para aprovechar la carne, surgió la necesidad de cortarla y cocinarla, lo que impulsó el desarrollo de herramientas y el dominio del fuego. En el registro fósil coinciden la aparición de utensilios líticos, la utilización del fuego (aunque aún no su producción deliberada) y la transición a una dieta carnívora. Como resumió el biólogo evolutivo Faustino Cordón Bonet en su libro de 1980, Cooking made man.
La revolución taxonómica
Los paleoantropólogos sitúan la división de la familia Hominidae hace unos 16 millones de años en dos linajes: los Ponginae (de los que solo sobreviven los orangutanes) y los Homininae. Estos últimos se subdividieron en Gorillini y Hominini, este último dando origen a los géneros Pan (chimpancés) y Homo (humanos).
Así, pertenecemos al orden de los primates, descendientes de pequeños mamíferos placentarios que, hace unos 70 millones de años, comenzaron a adaptarse a la vida arbórea para escapar de la competencia con roedores. Durante el Paleoceno y el Eoceno, los continentes Laurasia y Gondwana se separaron, y los primeros antropoides surgieron hace 40 millones de años. En el Mioceno se diversificaron y colonizaron África, Eurasia y América tropical, mientras los prosimios desaparecían.
Hace 3,5 millones de años, el clima cambió y los bosques dieron paso a sabanas. La presión de los grandes herbívoros y la apertura de la vegetación favorecieron que algunos homínidos abandonaran los árboles, liberaran sus manos y adoptaran la postura bípeda, facilitada por la posición del foramen magnum. Fue entonces cuando apareció el género Australopithecus, con pérdida de pelo y glándulas sudoríparas para tolerar el calor.
Hace unos 2 millones de años, Homo habilis comenzó a fabricar herramientas más sofisticadas, mejorando la coordinación mano‑ojo y la construcción de refugios. Un millón y medio de años después, Homo erectus aumentó su capacidad craneal, perfeccionó la marcha erecta y, hace 500 000 años, dominó el fuego.
La revolución cognitiva
Con Homo erectus algunos grupos emigraron de África hacia Asia y Europa, dando origen a subespecies como Homo antecessor, Homo ergaster y Homo heidelbergensis. De estos descendieron los neandertales (Homo neanderthalensis), adaptados al clima glacial europeo hace 300 000 años. Su especialización en climas fríos se volvió una carga cuando el planeta se calentó y compitieron con Homo sapiens, que llegó a Europa alrededor de 40 000 años atrás.
Los neandertales no solo fabricaron una industria lítica característica (la mousteriana), sino que también habitaron cuevas, confeccionaron ropa con pieles, organizaron clanes, cuidaron a los enfermos, practicaron ritos funerarios y produjeron expresiones artísticas. La evidencia genética muestra que dejaron entre un 1 % y 2 % de su ADN en los humanos modernos, prueba de que hubo mestizaje.
Hace unos 50 000 años, Homo sapiens desencadenó la gran revolución cognitiva: aparecen arcos y flechas, lámparas de aceite, arte con símbolos, y la navegación que permitió llegar a Australia. El lenguaje se refinó gracias a la convergencia de faringe y laringe, otorgando una ventaja decisiva en coordinación y estrategia.
La revolución agrícola
Al final del Pleistoceno, el clima se suavizó y el puente de Beringia (entre Asia y América) permitió la migración humana entre 70 000 y 12 000 años atrás. El deshielo de los glaciares hace unos 15 000 años elevó el nivel del mar y creó nuevas tierras fértiles, como el Sahara.
Las distintas condiciones climáticas impulsaron adaptaciones físicas: piel oscura para protegerse de la radiación ultravioleta en zonas tropicales, piel clara para sintetizar vitamina D en latitudes nubladas, cuerpos delgados para disipar calor y cuerpos robustos para conservarlo en climas fríos.
El cambio más trascendental fue la invención de la agricultura, que surgió de manera independiente entre 13 000 y 10 000 años atrás en varios centros: el Creciente Fértil (trigo, cebada, legumbres), Mesoamérica (maíz, frijol, calabaza, algodón), el sudeste de China (mijo, arroz, soja) y más tarde en Sudamérica, la India y el Sahel. La producción de alimentos aumentó la población, permitió la domesticación de animales y dio paso a una vida sedentaria.
Con la sedentarización llegaron avances en herramientas, arquitectura, cerámica, artesanía, comercio, especialización laboral y planificación urbana. Surgieron leyes, cultos religiosos y estratificación social. Finalmente, la invención de la escritura consolidó la transición de la prehistoria a la historia, marcando el inicio de la verdadera civilización humana.