Una escena cinematográfica que recuerda un episodio histórico
Los amantes de Gladiator recordarán la escena inicial, en la que las legiones de Máximo se enfrentan a tribus bárbaras. La canción de guerra que entonan los enemigos proviene, por arte de magia cinematográfica, de la banda sonora de Zulu, una película favorita de Ridley Scott. Ese detalle no tiene nada que ver con los Gemitus Britannorum, los llamados “gemidos de los británicos” que aparecen en fuentes clásicas.
Los británicos bajo la mirada romana
Para los romanos, los habitantes de la zona sur de Albión (la actual Gran Bretaña) eran bárbaros, aunque no alemanes. Eran celtas, hablaban una lengua britónica y compartían rasgos culturales con los goidélicos de Escocia e Irlanda. Julio César intentó invadir la isla en 55 y 54 a.C., primero como reconocimiento y luego para reinstaurar a su aliado Mandubracio. Augusto planificó tres campañas más, que nunca se concretaron por la necesidad de tropas en otros frentes. Calígulo también preparó una invasión, pero finalmente sus soldados se dedicaron a recolectar conchas. Fue Claudio quien, en el 43 d.C., logró la ocupación definitiva.
Resistencia y consolidación romana
Los líderes británicos Togodumno y Carataco ofrecieron resistencia, pero la máquina de guerra romana prevaleció. A partir de entonces se inició una fase de asentamiento, pacificación y expansión, interrumpida ocasionalmente por rebeliones, la más famosa de las cuales fue la de la reina Boudica (60‑61 d.C.). En Caledonia (actual Escocia) los romanos erigieron el Muro de Adriano como frontera, pues los costos de mantener el control superaban los beneficios.
El limes funcionó mientras las legiones lo vigilaban. Cuando el Imperio Romano de Occidente comenzó a desmoronarse, los recursos militares se destinaron a defender la propia capital. Los pictos y escoceses, descendientes de los caledonios y provenientes de Irlanda, aprovecharon la oportunidad para cruzar el muro y lanzar incursiones que sembraron terror entre los británicos.
La Gran Conspiración
Al caos se sumaron los misteriosos attacotti, los sajones y los francos. En el siglo IV, el emperador Valentiniano nombró a Flavio Teodosio, padre del futuro emperador homónimo, como Comes Britanniarum para sofocar lo que se llamó la Gran Conspiración. Teodosio introdujo tropas germánicas (batavos, herulos, jovios y victorianos) y, en 368, ofreció amnistía a los legionarios desertores, reforzando así las guarniciones. Recuperó el Muro de Adriano, restableció el orden y creó la provincia de Valentia como zona tampón.
La relativa tranquilidad duró menos de un siglo. En 407 d.C., el emperador Constantino III retiró sus tropas y la administración de la isla, dejando a los británicos desamparados. En 451, el llamado Gemitus Britannorum –un clamor desesperado de los gobernantes del sur del limes– llegó a oídos de Roma.
¿A dónde se dirigió el grito?
Según el clérigo británico Gildas, en su obra De Excidio et Conquestu Britanniae (siglo VI), el mensaje estaba destinado al general Flavio Aecio, veterano de la batalla de los Campos Catalaunios y apodado “el último romano”. Sin embargo, el texto menciona a “Agitius”, y la identificación con Aecio es discutida. Algunos autores proponen que Gildas se refería a Egidio, un militar que había combatido a los visigodos en la Galia, aunque Egidio nunca fue cónsul.
La falta de consenso se debe, en parte, a la naturaleza hiperbólica de Gildas, quien, a pesar de su educación romana, exageró los hechos para enfatizar la decadencia moral y la falta de unidad de los británicos.
Consecuencias y legado
En el relato de Gildas, los británicos estaban tan divididos que sólo lograron breves victorias cuando “ponían su confianza en Dios”. La solución que encontró el rey Vortigern fue contratar a anglos, sajones y jutos como mercenarios. Estos grupos, al terminar su contrato, se asentaron y fundaron sus propios reinos, convirtiendo a Vortigern en el “tonto” que abrió la puerta a la invasión germánica.
Los asentamientos germánicos ya existían desde el retiro de las legiones en la primera década del siglo V. Con el tiempo, estas comunidades dieron origen a la Heptarquía anglosajona (Wessex, Mercia, East Anglia, Northumbria, Sussex, Kent y Essex) y, tras la influencia vikinga, a la Inglaterra unificada del siglo X.
Todo, en última instancia, comenzó con un gemido que, según algunos historiadores, pudo haber sido más retórica que real.