Introducción
Una de las mayores pérdidas colaterales de la guerra es la destrucción del patrimonio histórico y artístico. A pesar de los esfuerzos por proteger los monumentos –recordemos la emblemática imagen de la Cibeles cubierta de sacos de arena– los bombardeos o incendios a menudo deterioran o eliminan vestigios que habían sobrevivido siglos o milenios, como Pompeya. En algunos casos, la destrucción ocurre justo cuando los restos acaban de ser descubiertos por arqueólogos. Así fue con los dos colosales palacio‑barcos que el emperador Calígula utilizó en el lago Nemi.
Barcos gigantes en la antigüedad
No es la primera vez que se habla de naves enormes en la época clásica; recordemos la Syracusia, diseñada por Arquímedes para Hierón II de Siracusa, o el tessakonteres, el inmenso catamarán de Ptolomeo IV. Calígula, inspirado en esos ejemplos, quiso tener sus propias embarcaciones y, insatisfecho con una sola, mandó construir dos. Cada una tenía un propósito distinto: la primera estaba destinada a funciones religiosas y la segunda, la mayor, servía como una suntuosa residencia flotante.

El misterio del tercer barco
Los escritos del siglo XV mencionan la existencia de una tercera nave, aún sin descubrir, que se ha convertido en objeto de deseo para los arqueólogos. Desde 2017 se ha sondeado el lago Nemi en busca de este desaparecido barco; si los otros dos fueron hallados, ¿por qué no aparecería el tercero? El lago, formado en una caldera volcánica, es relativamente pequeño: apenas 167 ha de superficie y una profundidad máxima de 33 m.
¿Por qué tres barcos en un lago tan pequeño?
La respuesta probable radica en la proximidad del lago a Roma (≈30 km) y su carácter sagrado. Según Plinio el Joven, estaba prohibido navegar sus aguas salvo por motivos religiosos, pues el lago estaba dedicado a Diana Nemorensis, una diosa sincrética entre la Diana latina (asimilada a Artemisa) y la egipcia Isis.
El culto a esta diosa se había arraigado en Roma, donde era habitual aceptar panteones extranjeros y fusionarlos con los locales, dando origen a la figura de Diana montium custos nemoremque virgo (guardiana de las montañas y virgen de Nemi). Según una leyenda latina, fue Orestes, hijo de Agamenón, quien introdujo el culto de Diana Táurica en la región de Aricia, donde originalmente se practicaban sacrificios humanos, prohibidos después.

Otra versión, relatada por Pausanias, atribuye la fundación del templo a Hipólito, hijo de Teseo, resucitado por Asclepio, que se instaló como rey en Aricia y estableció un sacerdocio que solo podía ser asumido tras vencer al Rex Nemorensis en combate. Este ritual violento fue confirmado por Suetonio en su Vida de los doce Césares, quien acusa a Calígula de perpetuarlo.
El lago Nemi y la festividad de Nemoralia
En agosto, el lago acoge la Nemoralia, fiesta religiosa descrita por Ovidio, donde se llevaba una antorcha desde Roma, se colocaba en la orilla y se lanzaban guirnaldas, ofrendas y frutas al agua desde embarcaciones. La celebración eximía incluso a los esclavos del trabajo y más tarde se asimiló al Día de la Asunción.

El carácter sagrado del lago lo convirtió en refugio de la aristocracia romana, que apreciaba su clima más fresco y la tranquilidad del cráter. En verano, la luna llena se reflejaba en la superficie del agua, y poetas como Goethe o Lord Byron la describieron como el "Speculum Dianae" (Espejo de Diana), atribuyéndole propiedades energéticas.
Los dos barcos de Calígula
Calígula decidió que, en lugar de una villa en la orilla, construiría su residencia sobre el agua. Así surgió la Segunda Nave, de 73 m de eslora y 24 m de manga, una verdadera palacio flotante con edificios en proa y popa decorados con mármol, mosaicos, baños, tuberías y jardines con árboles. Su existencia se deduce de los restos de vigas, armazón y lastre hallados.
La Primera Nave medía 70 m de largo por 20 m de ancho y presentaba una sección más ancha en la popa, donde se encontraban dos edificios conectados por escaleras y corredores. Mientras la Segunda Nave servía como residencia lujosa, la Primera se concibió como un templo flotante dedicado a Diana Nemorensis.

Suetonio describe ambas embarcaciones como construidas bajo el modelo vitruviano, con casco recubierto de plomo bajo el agua y una superestructura polícroma. La Segunda Nave se movía mediante remos humanos de más de 11 m, mientras que la Primera era probablemente remolcada. Ambas contaban con bombas de sentina (las más antiguas conocidas) y un sistema de fontanería que suministraba agua caliente.
En cubierta había plataformas giratorias que, según se cree, servían para exhibir estatuas o facilitar el trabajo de grúas, accionadas mediante rodamientos de bolas, una tecnología que se pensaba exclusiva del Renacimiento. También utilizaban anclas de hierro, una innovación que no se generalizaría hasta el siglo XIX.
Hundimiento y rescate
Tras el asesinato de Calígula en el 41 d.C., sus barcos fueron vaciados de todo valor y deliberadamente hundidos y lastreados para que no pudieran ser recuperados. Sin embargo, dos mil años después, en 1929, se los sacó a la luz. Pescadores locales ya conocían la ubicación de los restos desde hacía siglos.
En 1446, el cardenal Colonna intentó rescatarlos, pero la profundidad (18 m) resultó excesiva y dañó los vestigios. Un siglo después se empleó una campana de buceo y se extrajeron piezas de mármol y bronce, que fueron adquiridas por aristócratas y desaparecieron de los registros.
En 1895, el Ministerio de Educación italiano recuperó un timón y varias esculturas de bronce, pero sin contexto. Fue entonces cuando se confirmó que había dos naves, no una sola, y se involucró la Regia Marina. Se decidió drenar el lago, ordenado por Mussolini entre 1928 y 1929. Al bajar el nivel, emergieron los dos barcos, aunque el lecho mostraba graves deterioros y tuvo que rellenarse.

En 1932 se reanudó el proyecto y, en 1934, se trasladaron las naves (más una pequeña de 10 m) a un museo construido ad hoc. El 31 de mayo de 1944, durante un bombardeo aliado que cubría el avance de la infantería contra los alemanes, el museo se incendió. El fuego destruyó la mayor parte del contenido; sólo se salvaron fragmentos carbonizados de madera, bronce y piezas que, por suerte, ya habían sido enviadas a Roma.
En 1953 el museo reabrió, pero con las embarcaciones desaparecidas. ¿Se han perdido para siempre? Tal vez no, si continúa el llamado "Proyecto Diana", impulsado por la asociación Dianae Lacus desde 1995, que pretende reconstruirlas a partir de planos y fotografías.
En 2001, con el apoyo del municipio de Nemi, se completó la reconstrucción de la proa de la Primera Nave, aunque el elevado coste ha frenado el proyecto. Quizá la esperanza resida en el tercer barco, aún buscado.