El contexto de la tiranía de Calígulo
El reinado de Calígulo (37‑41 d.C.) ha quedado marcado en la tradición como una época de terror y locura. Los relatos de la antigua literatura, a menudo escritos por sus enemigos políticos como Séneca el Joven o por autores posteriores como Suetonio y Dión Casio, narran episodios extravagantes: nombrar cónsul a su caballo, obligar a los senadores a prostituirse o mandar a sus legiones a recoger conchas en la playa. La historiografía moderna cuestiona la veracidad de muchas de estas anécdotas, pero conserva algunos hechos que parecen más creíbles, entre ellos la historia de Marco Aponio Saturnino.

Calígulo, cuyo nombre real era Gayo Julio César Augusto Germánico, nació en el año 12 d.C. y recibió el apodo de "Calígula" por llevar caligae (sandalias militares) diminutas cuando acompañaba a su padre Germánico en la campaña germánica. Tras la muerte de Tiberio, fue designado como su sucesor junto a su primo Tiberio Gemelo.
Al principio su gobierno fue próspero, pero una grave enfermedad en el 37 d.C. marcó un punto de inflexión. Al recuperarse, Calígulo se volvió más autoritario, iniciando una serie de ejecuciones, destierros y exilios sin juicio. Al mismo tiempo, emprendió reformas administrativas populares que redujeron impuestos y ayudaron a la plebe, pero agotaron las arcas del Estado. Dos años después, Roma sufrió una profunda crisis económica que desembocó en hambruna, agravada por la requisición de barcos para la construcción del famoso puente flotante entre Puteolo y la bahía de Baiae.
En busca de recursos, Calígulo recurrió a medidas extremas: impuestos sobre procesos judiciales, bodas y burdeles; confiscación de herencias, y la subasta pública de gladiadores del ludus imperial.