La Primera Guerra Púnica y la aparición de Xantipo
La Primera Guerra Púnica (264‑241 a.C.) marcó el inicio de una larga serie de tres enfrentamientos entre Roma y Cartago por el control del Mediterráneo occidental. Aunque Roma acabaría venciendo en los tres, cada conflicto estuvo marcado por momentos críticos. En la primera guerra, el protagonista no fue Aníbal, sino un general espartano al servicio de los cartagineses que infligió una dura derrota a las legiones romanas en la batalla de Bagradas. Su nombre era Xantipo, y su popularidad llegó a tal punto que, según una leyenda dudosa, los propios gobernantes cartagineses ordenaron su asesinato.
Un espartano en declive
Xantipo no era cartaginés, sino griego, y más concretamente espartano. En el siglo III a.C. Esparta estaba sumida en un fuerte declive tras la derrota de Leuctra (371 a.C.) y la posterior conquista macedonia bajo Antígono III en 222 a.C. Muchos espartanos, sin oportunidades en su patria, se ofrecían como mercenarios a los poderosos de la época.
Cartago busca mercenarios para enfrentar a Roma
Cartago necesitaba refuerzos para hacer frente a una Roma que, además de dominar casi toda la península itálica, había sometido al rey Pirro (con ayuda cartaginesa) y había tomado las ciudades griegas de la Magna Grecia, es decir, Sicilia. Los cartagineses temían por sus posesiones en Sicilia, Córcega, Cerdeña y el sureste de la Península Ibérica.
El estallido del conflicto en Sicilia
El desencadenante fue la petición de ayuda de los mercenarios mamertinos a Roma. Tras ser rechazado por Cartago para evitar un casus belli, los romanos aceptaron, considerando que la guerra sería lejana y que una victoria les permitiría fundar colonias y estimular la economía.
En 264 a.C. dos legiones romanas desembarcaron en Messina para reforzar a los mamertinos, que habían expulsado la guarnición cartaginesa. Pronto, varias ciudades bajo órbita cartaginesa cambiaron de bando, garantizando a Roma suministros sin depender de su flota, inferior a la enemiga.
Tras varios enfrentamientos, los romanos lograron una victoria que les dio el control del sur de la isla y, avanzando también por el norte gracias a la victoria naval de Milas, fueron tomando más ciudades. La única resistencia importante quedó en Líbia, última gran fortaleza cartaginesa en la isla, pero el asedio fracasó al recibir suministros por mar.
La invasión romana a África y la derrota de Regulo
En 256 a.C. Roma construyó una gran flota y cruzó a África. La marina cartaginesa, pese a su superioridad numérica, fue derrotada en el cabo Ecnomo, en lo que algunos consideran la mayor batalla naval de la Antigüedad. Tras la victoria, los romanos avanzaron hacia Cartago, amenazando la ciudad como lo había hecho Agatocles en 310 a.C.
En 255 a.C., el Senado cartaginés envió a Hamílcar Barca para unirse a Hasdrúbal Hanno y Bostar y detener al cónsul romano Marco Atilio Régulo, que se encontraba a apenas 40 km de Cartago. A pesar de contar con mejor caballería y elefantes, los cartagineses fueron superados por la infantería romana y, tras una nocturna maniobra de envolvimiento, los generales cartagineses fueron capturados.
La captura de Régulo provocó revueltas en Numidia y una crisis de suministros en la propia Cartago. Con escasez de tropas, Régulo no pudo asediar la ciudad y buscó negociar una paz que los cartagineses consideraron inaceptable.
La contratación de Xantipo
Fue entonces cuando Cartago recurrió a Xantipo. Poco se conoce de su vida anterior, salvo lo que relata el poeta romano Silius Italicus, quien afirma que nació en Amiclas, Laconia, aunque la veracidad de ese dato es dudosa. Según Polibio, Xantipo llamó la atención de los sufetes cartagineses al criticar duramente a los generales, acusándolos de ser el principal obstáculo para la victoria.
Convencidos, lo nombraron comandante del ejército cartaginés. Tras entrenar a sus tropas en la táctica de la falange griega, aprovechó el terreno llano de los Llanos de Bagradas para colocar a la milicia ciudadana en el centro, a sus mercenarios experimentados en el flanco derecho y a los elefantes en la vanguardia, manteniéndolos a distancia de la infantería para evitar que, al herirse, volvieran sobre sí mismos. La caballería protegía los flancos.
La batalla de Bagradas
Régulo respondió compactando sus manipulos en una formación más profunda de lo habitual, intentando contrarrestar la carga cartaginesa. La falta de caballería, reducida a una proporción de 1 a 8 frente a los cartagineses, fue su gran desventaja. La caballería cartaginesa rodeó a las legiones, mientras los elefantes irrumpieron como una piñata, desorganizando la infantería romana.
Los mercenarios de Xantipo sufrieron grandes bajas ante los legionarios, pero la victoria cartaginesa fue decisiva. El ejército romano quedó prácticamente aniquilado: de los quince mil soldados apenas dos mil lograron refugiarse en Addis; de ellos, solo ochenta sobrevivieron al naufragio del barco que los rescató.
Régulo fue capturado y, según la tradición, enviado a Cartago para ofrecer una tregua que él mismo aceptaría bajo condición de volver. Se dice que la familia del cónsul fue entregada a los generales cartagineses como venganza, aunque Polibio no menciona tal episodio.
El destino de Xantipo
La victoria en Bagradas fue la única gran victoria terrestre cartaginesa en la Primera Guerra Púnica. Sin embargo, le generó aún más enemistad entre los oficiales cartagineses, que le exigieron regresar a Grecia para cobrar sus honorarios. En el camino, los sufetes le ordenaron aliviar el asedio de Líbia; su llegada animó a los defensores y organizó un contraataque que rompió el cerco. Tras cumplir esa misión, Xantipo volvió a su tierra natal.
Una leyenda sostiene que los gobernantes de Líbia, temerosos de su influencia, ordenaron su muerte, ya sea mediante una tripulación sobornada o entregándole una trirreme defectuosa que se hundió. No obstante, hay indicios de que Xantipo sobrevivió y, alrededor de 245 a.C., entró al servicio del faraón Ptolomeo III, quien lo nombró gobernador de una provincia recién conquistada a los seléucidas.
Polibio menciona que Xantipo regresó a Grecia sin pasar por Sicilia, lo que sugiere que el intento de asesinato nunca se consumó. Los historiadores consideran improbable la conspiración. Sea cual sea su final, su esfuerzo no impidió que Roma ganara la guerra después de veintitrés años, aunque las condiciones impuestas fueron menos gravosas para Cartago que las propuestas por Régulo.