Contexto histórico
Al concluir la primera fase de la Guerra del Peloponeso, en 421 a.C., Atenas y Esparta firmaron la Paz de Nicias, que debía durar cincuenta años. Sin embargo, apenas cinco años después, una embajada de la ciudad siciliana de Segesta llegó a Atenas con una propuesta irresistible.
Ni Atenas ni Esparta habían respetado las condiciones del tratado y continuaban realizando escaramuzas en apoyo de diferentes ciudades de la península. Por eso, cuando los segestanos arribaron en 416 a.C., estaban seguros de que podrían obtener la ayuda que buscaban.
La alianza con Segesta
Segesta estaba en guerra contra Selinunte y, tras una derrota inicial, solicitó el apoyo ateniense, ofreciendo financiar toda la expedición a cambio de ayuda para conquistar Siracusa, aliada de Esparta en Magna Grecia. Los atenienses, escépticos sobre la capacidad financiera de Segesta, enviaron embajadores para verificar la oferta.
Los segestanos engañaron a los embajadores mostrando pequeñas cantidades de oro y plata, haciéndoles creer que disponían de abundantes recursos. Los emisarios regresaron a Atenas con 60 talentos de plata, equivalentes al sueldo mensual de 60 naves, lo que provocó la aprobación entusiasta del envío de tropas.
La expedición ateniense a Sicilia
En junio de 415 a.C., la flota ateniense zarpó con 134 trirremes, 130 transportes, 5.100 hoplitas, 1.300 arqueros y fundidores, y alrededor de 27.000 hombres en total. Llegaron a Corcira y de allí se dirigieron a Sicilia, desembarcando en Regio, frente al estrecho de Mesina. Allí descubrieron que Segesta no tenía tesoro alguno; habían sido engañados.
Los generales Nicias, Alcibíades y Lamaco decidieron olvidar a Selinunte y atacar directamente a Siracusa. Los siracusanos, al conocer la llegada de la flota, no podían creerlo y temían que Atenas utilizara la ayuda a Segesta como pretexto para una invasión.
La campaña no resultó como esperaban. En julio de 413 a.C., dos años después de su llegada, los atenienses seguían sin poder tomar la ciudad. Gracias al apoyo espartano, fueron ellos los sitiados. Cuando el refuerzo de Demóstenes llegó, decidió regresar a Atenas ante la imposibilidad de conquistar Siracusa y la amenaza de un ejército espartano que había tomado Decelia, a 22 km al noreste de la capital griega.
El 28 de agosto, un eclipse lunar obligó a los atenienses a esperar 27 días por consejo de los sacerdotes. Ese retraso permitió a los siracusanos cerrar la salida del puerto, atrapando la flota. El 10 de septiembre intentaron romper el bloqueo sin éxito y, finalmente, abandonaron los barcos, que fueron incendiados.
Nicás y Demóstenes intentaron llevar a los 40.000 supervivientes a la aliada Catania, pero el general espartano Gilipo cortó su retirada y, tras varios combates, los forzó a rendirse. Solo quedaron 7.000 hombres.
El destino de los cautivos
Los que no eran atenienses, italianos o sicilianos fueron vendidos como esclavos; el resto fue condenado a trabajos forzados en canteras, donde la mayoría murió de hambre o enfermedad en apenas 70 días. Un puñado logró escapar a Catania, y algunos fueron liberados porque, según relata Plutarco, conocían de memoria las obras de Eurípides y las recitaban.
Eurípides y su influencia en Siracusa
Eurípides, junto a Esquilo y Sófocles, es uno de los tres grandes poetas trágicos de la antigüedad. De sus más de 90 obras, solo 19 sobreviven, mientras que de Esquilo y Sófocles se conservan 7 cada uno. Aunque fue el menos laureado en Atenas —solo cuatro victorias en las Dionisias—, sus tragedias resonaron profundamente entre los siracusanos.
En la Dionisia, el festival ateniense dedicado a Dioniso, Esquilo ganó 13 veces, Sófocles 24 y Eurípides apenas 4. Aristóteles citó a Sófocles diciendo que él representaba a los hombres como deberían ser, mientras que Eurípides los mostraba tal como son, con un realismo que resultaba chocante para el gusto ateniense.
Eurípides falleció en 406 a.C., el mismo año que Sófocles rindió homenaje al amigo fallecido presentando el coro sin coronas. Este reconocimiento habría complacido a Eurípides tanto como la gratitud de los soldados siracusanos que recuperaron su libertad gracias a sus versos.
Probablemente, la crítica satírica de los héroes míticos, el realismo humano de sus personajes y la fuerza de sus mujeres y esclavos le ganaron el favor de quienes, fuera de Atenas, rechazaban los valores de la polis.