Contexto de la lucha entre Saladino y Balduino IV
Durante el siglo XII, tras la Segunda Cruzada, los enfrentamientos entre Saladino y el rey leproso Balduino IV fueron una sucesión de victorias y derrotas. En Montgisard, Balduino logró una sorprendente victoria que salvó, en el último momento, al Reino de Jerusalén. Sin embargo, un año y medio después, la batalla de Marjayún invirtió la situación y sentó las bases para la Tercera Cruzada.
El Reino de Jerusalén y la expansión de Saladino
Saladino, fundador de la dinastía ayubí al proclamarse sultán de Egipto en 1171, había sustituido al califa fatimí Al‑Adid bajo la presión del sultán sirio Nur al‑Dín. Desde esa posición, conquistó el norte de África y la Península Arábiga, lo que alarmó a Nur al‑Dín. Tras la muerte de este último en 1174, Saladino se convirtió en regente de Damasco y, en pocos años, su dominio abarcó casi todo el Levante, quedando como único obstáculo el Reino de Jerusalén.
Este reino cristiano, fundado en 1099 tras la Primera Cruzada, comprendía territorios de la actual Israel, Palestina, Jordania y Líbano. En 1174 Balduino IV subió al trono a los trece años, ya portador de la lepra, lo que le obligó a ocultar su rostro tras una máscara. Con la mayor parte del ejército cruzado ocupado en el norte, Saladino intentó aprovechar la oportunidad para apoderarse de la región, después de haber asaltado Jerusalén en una rápida incursión en 1170.
La derrota de Saladino en Montgisard
En Montgisard, Balduino, pese a contar con pocas tropas, sorprendió a los ayubíes que estaban dispersos en busca de provisiones y los atacó mientras cruzaban un río. La derrota fue tan rotunda que Saladino huyó a Egipto a lomos de un camello, perdiendo el 90 % de sus hombres. Aun así, logró salvar su vida y preparó una segunda invasión.
Campaña de 1179 y la batalla de Marjayún
En 1179 Saladino centró sus esfuerzos en someter a Balduino. El rey, aunque debilitado por la enfermedad, mantenía alta su reputación, pues creía que Dios le favorecía ante los “infieles”. Las fuerzas cruzadas avanzaron hacia Damasco, acampando en Banías, oasis de los Altos del Golán.
Un objetivo clave era el fuerte de Le Chatellet (Beit el‑Ahzan), situado en el vado del Jordán y que controlaba un cruce estratégico. Los templarios utilizaban esa fortaleza para lanzar incursiones contra poblaciones musulmanas. Saladino ofreció hasta 100 000 dinares para que la orden la desmantelara, pero los caballeros rechazaron el acuerdo y el sultán decidió tomar las armas.
Balduino movilizó a sus tropas y se dirigió a Tiberíades, continuó hacia Safed y Torón, donde se reunió con el maestre templario Eudes de Saint‑Amand, el maestre hospitalario Roger de Moulins y el conde Raymundo III de Trípoli. El 10 de junio de 1179, desde una colina, Balduino observó el campamento ayubí, cansado tras una incursión, y decidió atacar al instante, recordando la victoria de Montgisard.
La carga de la caballería cristiana fue vertiginosa; la infantería quedó atrás y los musulmanes fueron derrotados rápidamente. Sin embargo, la victoria solo abarcó a la vanguardia cristiana. Al ponerse al día, el resto del ejército de Saladino apareció, convirtiendo la victoria parcial en una catástrofe.
Los documentos de la época culpan al maestre Eudes de Saint‑Amand, quien, a pesar de haber descubierto la llegada de los musulmanes con tiempo suficiente, se negó a retroceder y advertir a Balduino, insistiendo en enfrentar al enemigo. La Orden del Temple operaba con autonomía respecto al monarca, lo que explica su decisión. Eudes fue capturado y murió en cautiverio en 1180, sin que se lograra su intercambio por sobrinos del sultán.
Raymundo III logró escapar a Tiro, aunque su hijastro Hugo de Saint‑Omer fue hecho prisionero. Balduino, demasiado enfermo para montar, fue arrastrado a la seguridad por un caballero. No se conocen cifras exactas de bajas, pero más de ciento cincuenta cruzados fueron capturados. La derrota marcó el inicio de la larga serie de triunfos de Saladino y le abrió paso para dominar la franja sirio‑palestina.
La caída de El Chatellet y sus consecuencias
Los supervivientes se refugiaron ocho kilómetros más adelante, en el castillo de Beaufort (Apamea‑Shaqif). Allí, Balduino comprendió que ya no podía liderar campañas. En agosto, Saladino atacó directamente El Chatellet. Tras un intenso asedio, sus catapultas y túneles hicieron colapsar la muralla; ochocientos defensores fueron masacrados y los setecientos que se rindieron fueron ejecutados, sus cuerpos utilizados para contaminar los pozos.
El sitio quedó en ruinas y fue abandonado, en parte porque una epidemia diezmó a los defensores y, en parte, porque Balduino se acercó demasiado tarde. Aunque llegó seis horas después, en 1183 logró impedir la caída de Kerak y conquistar Eliat, apenas un año antes de sucumbir definitivamente a la lepra. A pesar de ser enemigos, Saladino respetó y admiró al rey leproso, que nunca vio caer su reino, la cual ocurrió dos años después bajo el mando de Saladino.