Historia antigua

Amaya, la capital del Ducado de Cantabria, semilla de la Reconquista

Probablemente uno de los lugares más singulares y atractivos de la España medieval sea el macizo montañoso situado en el extremo noroeste de la provincia de Burgos, muy próximo al norte de Palencia y al sur de Cantabria. En la localidad de Sotresgudo, Burgos, se alza una meseta desde la que parece emerger una masa orográfica de 1.377 m de altitud. En su cima aún se conservan las ruinas maltrechas de la antigua ciudad de Amaya, supuesta capital del Ducado de Cantabria y, en cierta medida, germen de la resistencia antiislámica que desembocaría en la Reconquista.

Amaya, la capital del Ducado de Cantabria, semilla de la Reconquista

Peña Amaya y su entorno

La colina, muy fotogénica, recibe el nombre de Peña Amaya y domina el paisaje de la Tierra de Campos. Se trata de una sinclinal de piedra caliza dentro del Geoparque Las Loras, rodeada de parajes de monte que pueden recorrerse por una senda de unos diez kilómetros, que parte del pueblo moderno de Amaya y llega a un aparcamiento con acceso a los restos arqueológicos. También es posible llegar desde Puentes de Amaya, un poblado abandonado cercano. El yacimiento ocupa cuarenta y dos hectáreas.

Amaya, la capital del Ducado de Cantabria, semilla de la Reconquista

Primeros asentamientos

Amaya está habitada desde la prehistoria, probablemente desde el periodo de los vasos campaniformes. Los restos más antiguos de una ocupación estable (una espada, un hacha y fragmentos cerámicos) datan de la fase final de la Edad del Bronce, alrededor del siglo X a.C., lo que evidencia la existencia de un poblado fortificado pre‑romano. El nombre Amaya, de raíz indoeuropea, significa «ciudad madre», es decir, capital.

Época íbera y romana

Durante la Edad del Hierro también se mantuvo la presencia humana, como atestiguan fibulas y monedas acuñadas en Segóbriga (actual Cuenca). Sin embargo, Amaya no parece haber alcanzado gran relevancia en ese momento, pues apenas se menciona en fuentes clásicas, que prefieren citar al castro vecino de La Ulaña, situado en un acantilado más imponente del municipio de Humada.

Su posición estratégica la convirtió en probable escenario de las Guerras Cántabras (29‑19 a.C.). A pocos kilómetros se hallaba Sasamón (antigua Segisama Iulia), campamento de la Legio IV Macedónica, una de las legiones enviadas por Augusto para someter a los indómitos cántabros y astures.

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Época romana y visigoda

Tras la victoria romana, Amaya se transformó en la sede de una guarnición, conocida como Amaia Patricia. El asentamiento sobrevivió con altibajos durante los siglos siguientes. Tras una posible decadencia en el siglo III d.C., revivió en los siglos IV y V y entró plenamente en la era visigoda.

Leovigildo, rey que amplió el reino visigodo de Toledo hasta casi toda la península, atacó Cantabria entre 574 y 581 d.C., después de una visión legendaria del ermitaño San Millán de la Cogolla sobre la inminente destrucción de Amaya.

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El Ducado de Cantabria

Al final de la campaña visigoda se creó el Ducado de Cantabria, que comprendía también La Rioja y la Ribera Navarra y dependía de Toledo. Sus fronteras eran difusas, pues albergaba a pueblos tan diversos como cántabros, caristios, várdulos, austrigones y vascones, e incluso se habla de influencia merovingia. La existencia del ducado se infiere de la firma de ocho duces Provinciae en el XIII Concilio de Toledo (683), dos más que en el concilio anterior.

Amaya fue designada capital del ducado y albergó una ceca que acuñó monedas con la leyenda Leovigildus Rex Saldania Justus. No obstante, el interés visigodo por el norte fue limitado y la organización administrativa del ducado sigue siendo incierta; probablemente sirvía como barrera contra las incursiones de los vascones.

Amaya, la capital del Ducado de Cantabria, semilla de la Reconquista

Del dominio visigodo al islam

Leovigildo murió en guerra contra los vascones coincidiendo con la rebelión de su hijo Hermenegildo en la Bética. Sus sucesores completaron la anexión del norte; sin embargo, la región siguió siendo más tributaria que ocupada, como lo evidencia la escasez de restos visigodos. La primera mención directa del Ducado de Cantabria aparece en 712, cuando los musulmanes ya llevaban un año en la península.

Según la Crónica Albeldense (881), Alfonso I «el Católico» era hijo de Pedro, duque de Cantabria y suegro de Don Pelayo, vínculo que también aparece en la Crónica Rotense de Alfonso III (866‑910). Estas referencias fueron usadas por Alfonso III para legitimar su poder y promover una ideología neo‑gótica que reforzaba la idea de una continuidad visigoda en la Reconquista.

Amaya, la capital del Ducado de Cantabria, semilla de la Reconquista

La invasión musulmana y la resistencia

En 711 los musulmanes cruzaron el estrecho y, tras la derrota visigoda en Guadalete, conquistaron la mayor parte de la península en menos de una década. En 712 Tarik, al dirigirse a Astorga, llegó a Amaya, donde se refugiaron numerosos nobles visigodos. La ciudad cayó en manos musulmanas, pero dos años después Muza la saqueó de nuevo, obligando al duque Pedro a huir al otro lado de los Montes Cantábricos.

Según la Crónica Albeldense, Pedro selló una alianza con Pelayo casando a su hijo Alfonso con la hija de este, Ermesinda. En 739 Alfonso I sucedió a Favila, hijo de Pelayo, y unió los dominios de ambas familias, iniciando la expansión asturiana.

Tras la emblemática victoria de Covadonga, los musulmanes abandonaron la meseta norte, permitiendo a Alfonso I ocupar antiguas tierras del Ducado de Cantabria, entre ellas Amaya.

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Repopulation y declive

Amaya fue repoblada de facto hasta que, en 860, el conde Rodrigo, primer comite regnante in Castella, la incorporó oficialmente al Reino de Asturias, bajo el reinado de Ordoño I. Rodrigo y su hijo Diego fundaron Burgos en 884. Más tarde, Nuño Fernández trasladó la sede episcopal a la llanura, lo que provocó el progresivo abandono de Amaya.

Paradojalmente, los nuevos núcleos poblacionales que surgieron a su alrededor le arrebataron habitantes y actividad económica, mientras la Reconquista adelantaba la frontera islámica. En el último cuarto del siglo X, la ciudad sufrió una incursión del temido Almanzor, al servicio del califa Hixem II, cuyo vínculo con la noble vasca Subh (también llamada Aurora) añadió un matiz de venganza.

Se construyó un castillo en el acantilado más alto de la Peña Amaya. Cambió de propietarios y, a finales del siglo XII, la familia Lara lo tomó. El poblado primitivo ya estaba en decadencia; el castillo siguió habitado unos siglos más, pero Amaya quedó relegada al olvido.