El último encuentro en el búnker
Contexto: El 25 de abril de 1945, con las tropas soviéticas a pocos pasos del Führer, se celebró una última reunión en el búnker bajo la Cancillería. Participaron Adolf Hitler y su ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, cuyas ideas sobre la "política alta" coincidían en la desesperación.
Diálogo reconstruido
Goebbels: «En Berlín podemos lograr una victoria moral de enorme importancia histórica. Solo aquí, donde se concentran todas las miradas del mundo, podemos intentar una hazaña. El hecho de que los soviéticos avancen por Brandeburgo no significa que ya hayan tomado la ciudad. Si logramos expulsarlos, será un signo de esperanza para todo el planeta».
Hitler: «Me han informado que las negociaciones entre Eden y Molotov han llegado a un punto muerto. Los rusos reclaman todas las tierras ocupadas; para Inglaterra eso significaría la derrota. Creo que ha llegado el momento de que otros se unan contra el monstruo proletario que representa el Este. Si consigo infligir un golpe decisivo manteniendo la capital, quizá los estadounidenses y los británicos cooperen con una Alemania «nacional» contra la amenaza oriental. Solo yo puedo lograrlo».
Goebbels: «Señor, sólo usted puede hacer eso. Abandonar la ciudad significaría perderlo todo. La situación militar solo permite un éxito simbólico que, aunque sea impresionante, no cambiará el rumbo».
Si los soviéticos alcanzan el Elba y ocupan el Protectorado de Bohemia, los estadounidenses pronto abandonarán Alemania y los británicos mantendrán apenas 20‑25 divisiones en Europa continental. La propaganda pacifista y el comunismo de salón desmoralizarán al ejército inglés.
Hitler: «Si hoy abandonamos el escenario mundial con vergüenza, habremos vivido en vano. Varios días más o menos son indiferentes; prefiero terminar la lucha con honor que sobrevivir meses o un año bajo la deshonra».
Goebbels: «Si triunfamos, será nuestro triunfo; si fracasamos y el Führer muere con dignidad en Berlín, en cinco años Europa será comunista y la figura del Führer se convertirá en mito, al igual que el nacionalsocialismo, purificado de sus propias impurezas humanas».
Valoración histórica
Este intercambio entre los dos máximos exponentes del nazismo revela la locura y la vanidad de sus últimos días. Incluso si hubieran repelido el primer asalto soviético, la balanza de poder ya estaba irrevocablemente en contra de Alemania. Lo que quedaba era ganar unos días más de propaganda, no cambiar el destino de la guerra.
Hitler buscaba, por encima de todo, preservar su reputación. Sin embargo, el régimen nazi estaba condenado: los Aliados no tenían intención de romper su propia alianza y, tras la muerte de Roosevelt (12 abr 1945), cualquier esperanza de un giro diplomático desapareció.
En última instancia, la derrota era inevitable. El régimen nazi había sembrado su propia disolución y dependía de un apoyo occidental que nunca llegó. Cada funcionario del Reich operaba como si tuviera su propio mando, lo que evidenciaba la desintegración interna del poder.
