Contexto histórico
Cuando pensamos en los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial, la imagen que suele venir a la mente es la de los campos nazis. Sin embargo, los Aliados también establecieron campos, aunque en este caso para prisioneros del Eje y, curiosamente, para ciudadanos propios. En Estados Unidos, no sólo el enemigo fue recluido; también lo fueron los nisei, descendientes de inmigrantes japoneses.
Japón entró formalmente en la guerra en diciembre de 1941, tras la devastadora ofensiva contra Pearl Harbor. A partir de ese momento, la población estadounidense vivió una ola de paranoia alimentada por rumores de avistamientos de aviones y barcos, así como por supuestas transmisiones radiofónicas sospechosas.
Orden ejecutiva y creación de los campos
El 19 de febrero de 1942, el presidente Franklin D. Roosevelt autorizó al Departamento de Guerra la creación de campos de internamiento para los ciento veinte mil residentes de origen asiático registrados en el censo. Siguiendo la Orden Ejecutiva 9066, el FBI arrestó a líderes de la comunidad japonesa bajo sospecha de colaborar con el enemigo, sin ofrecer explicaciones ni informar a sus familiares sobre su paradero.
Posteriormente, la Orden Ejecutiva 9102 permitió al ejército trasladar a todos los internos a instalaciones más seguras, con el objetivo de evitar cualquier posible sabotaje o filtración de información.
Condiciones de vida y logística del desplazamiento
En cuestión de dos semanas, decenas de miles de personas –incluyendo mujeres, ancianos y niños– fueron obligados a abandonar sus hogares y bienes. Muchos destruyeron sus propiedades para evitar que cayeran en manos del enemigo, una medida que los propios internos consideraban un acto de sabotaje.
Los llamados centros de reubicación se establecieron en zonas desérticas y remotas, lejos de áreas pobladas y de la costa. Algunas instalaciones ofrecían condiciones relativamente tolerables, mientras que en otras, especialmente donde se mantenía a los líderes comunitarios, la represión era más severa y se reportaron disparos de los centinelas.
Curiosamente, Estados Unidos presionó a casi todos los países latinoamericanos para que internaran a sus residentes japoneses o los entregaran a los EE. UU.; la mayoría accedió a la petición.
Consecuencias y reparaciones
El proceso tuvo un marcado matiz racista, pues afectó casi exclusivamente a personas de origen japonés, mientras que inmigrantes alemanes e italianos fueron en gran medida excluidos.
El fin de la guerra no supuso una liberación inmediata. Aunque el Departamento de Guerra recomendó la liberación en 1944, la campaña electoral retrasó la medida. Tras ser reelegido, Roosevelt permitió la salida de los nisei que demostraran buena conducta, pagándoles el pasaje de regreso y una ayuda de veinticinco dólares para gastos.
En 1951, el gobierno estadounidense lanzó un programa de compensación que devolvió apenas cuarenta de los cuatrocientos millones de dólares estimados como pérdidas. Las indemnizaciones continuaron en décadas posteriores y, en 1988, el presidente Ronald Reagan ofreció una disculpa oficial y entregó veinte mil dólares a cada sobreviviente.