El último artículo de la reforma educativa resultó ser el más importante, complejo y controvertido, pues ocultaba, bajo una redacción aparentemente administrativa, la concepción filosófica que la Iglesia siempre consideró inadmisible: la idea de una escuela neutral, es decir, una educación académicamente neutral.
El proyecto de la escuela laica
Según el resumen del diputado Jules Reclus, el maestro impartiría únicamente las materias seculares del programa, mientras que el Ministro de Culto se encargaría de la enseñanza religiosa, manteniendo una clara división de tareas. Para Ferry y Paul Bert, eliminar las asignaturas religiosas de la escuela era esencial para garantizar la libertad de conciencia del padre de familia, del docente y del alumno.
El dilema del maestro creyente
Ferry cuestionaba: ¿cómo exigir a un maestro que enseñe una religión que él mismo no profesa, e incluso desprecia? La respuesta estaba en la separación entre la enseñanza laica y la instrucción religiosa.
¿Escuela sin Dios?
Cuando se protestó que se trataba de una “escuela sin Dios”, el director de educación primaria, Ferdi Nand Buisson, aclaró que la escuela no estaba “sin Dios”, sino “sin sacerdotes y sin catecismo”. Ferry sostenía que la mayoría no podía imponer derechos especiales a una minoría; la educación pública no debía privilegiar al catolicismo, pese a que la mayor parte de los niños eran católicos.
Los derechos de conciencia de protestantes, ateos y del propio docente debían ser tan sagrados como los de la mayoría. Solo una escuela no confesional y neutral podía garantizar esa igualdad.
La neutralidad como garantía de laicidad
Ferry refutó la idea de que, en la Francia de 1879, la doctrina escolar tuviera que ser católica porque la mayoría de los alumnos lo eran. Argumentó que, si la escuela fuera católica, su verdadero autoridad sería la Iglesia, no el Estado, y ello vulneraría la libertad de conciencia.
