
- “El amor es una mirada, un tirón y una borrada.”
Los inicios de una carrera ascendente
Sarah Bernhardt nació en 1844 en París, en una familia judía. Hija ilegítima, fue abandonada por su madre y vivió una infancia prácticamente invisible, sin recibir la atención de nadie. Su aspecto físico, delgado y andrógino, no correspondía a los cánones de belleza de la época. Fue en el teatro donde empezó a llamar la atención. Decidió vengarse de la vida, luchar contra el destino y entregarse por completo a su arte. En sus primeros años, la futura tragedia tuvo que recurrir a actividades marginales, incluso vinculadas a la prostitución, siguiendo el ejemplo de su madre, una cortesana. Ese pasado oscuro quedó atrás cuando comenzó su vertiginoso ascenso.
- “Desde ese día me armé para la lucha, prefiriendo morir en medio de la batalla que extinguirme en los lamentos de una vida desperdiciada.”
Figura dramática
Su gran oportunidad llegó con la actuación deslumbrante en Le Passant. Tenía veinticinco años cuando su carrera despegó, y pronto se convirtió en una estrella internacional. Bernhardt impregnaba sus papeles de pasión, a veces frenética, y estaba atenta a las emociones del público, logrando que cada escena final provocara una lluvia de lágrimas. Realizó giras por Estados Unidos, Rusia y otros países, siempre interpretando sus obras en francés, fiel al idioma original y a sus autores.
Además, no se limitó a los papeles femeninos; aprovechó su cuerpo andrógino para interpretar personajes masculinos, desafiando las convenciones de su tiempo. Lo que más asombraba al público era su capacidad para “morir” en el escenario: la actriz convertía la agonía y la muerte en una actuación tan real que dejaba al público sin aliento. Sus interpretaciones más recordadas incluyen a Fedra en la tragedia homónima, a Salomé en la obra de Oscar Wilde, y a la Reina en Ruy Blas de Victor Hugo (1872), papel que la consagró como ícono. Escritores como Edmond Rostand le dedicaron papeles, como la princesa distante en La princesa de los destinos (1895).
- “Normalmente puedes desechar los problemas y preocupaciones de la vida durante unas horas, despojarte de tu propia personalidad para encarnar otra; y así caminamos en el sueño de otra vida, olvidándolo todo.”
Una última muerte
En los primeros años del siglo XX, Bernhardt se aventuró en el cine. En 1900 interpretó a Hamlet, convirtiéndose en una de las primeras actrices en aparecer en la pantalla. Su fama atrajo tanto a admiradores como a críticos, que a menudo la caricaturizaban con una nariz prominente, reforzando estereotipos antisemitas. Sin embargo, su patriotismo quedó demostrado en 1914, cuando apoyó a Francia durante la Primera Guerra Mundial.
Sarah Bernhardt falleció en 1923, mientras se encontraba en medio de una filmación; esta vez, el telón no volvió a levantarse. Su muerte provocó una profunda conmoción en Francia; una foto suya apareció en los periódicos y la nación entró en luto. Su último adiós se realizó frente al Teatro Sarah‑Bernhardt, que lleva su nombre.
- “Hay que odiar muy poco, porque es muy cansado. Hay que despreciar mucho, perdonar a menudo y nunca olvidar. El perdón no puede llevar al olvido; al menos, para mí.”