Historia antigua

El fracaso de la política internacional del Segundo Imperio

Contexto y declive del Imperio

En la década de 1860 el Imperio había perdido gran parte del aura que lo había caracterizado en sus inicios. Su debilitamiento en el exterior se debió, sobre todo, al fallido intento de imponer un Imperio latino en México a favor del archiduque Maximiliano de Austria en 1863. Paralelamente, el Imperio llevó a cabo proyectos coloniales en Cochinchina y Annam entre 1861 y 1863, sin lograr resultados sostenibles.

Política europea contradictoria

Las incoherencias también se hicieron patentes en la política europea del emperador. El apoyo brindado a la causa italiana había alimentado las esperanzas de otras naciones. La proclamación del Reino de Italia el 18 de febrero de 1861, tras la rápida anexión de la Toscana y el Reino de Nápoles, demostró los peligros de las medidas a medias. Cuando se concedía la libertad a una nación, resultaba imposible negar las aspiraciones legítimas de otras.

En 1863 seguían reclamándose los llamados "nuevos derechos" en Polonia, Schleswig y Holstein, en Italia (ya unida pero sin fronteras definidas) y en los principados del Danubio. Para intentar salir del estancamiento polaco, el emperador recurrió nuevamente a la idea de un congreso internacional, que fracasó porque el Reino Unido rechazó el principio mismo del congreso, y Austria, Prusia y Rusia aceptaron sólo bajo condiciones que anulaban su efectividad, dejando de lado cuestiones cruciales como el Véneto y Polonia.

Consecuencias y alianzas cambiantes

Así, Napoleón III decepcionó a Italia, permitió la derrota de Polonia y facilitó el triunfo alemán sobre Dinamarca en la disputa de Schleswig‑Holstein. La crisis industrial se alivió al concluir la Guerra Civil estadounidense; la cuestión romana pareció resolverse con la convención del 15 de septiembre, que garantizaba la protección de los Estados pontificios por parte de Italia; y el tratado del 30 de octubre de 1864 puso fin temporalmente a la disputa de Schleswig‑Holstein.

Tras 1865, el acuerdo que había unido a Austria y Prusia para administrar los ducados conquistados generó una antipatía latente. La inesperada guerra austro‑prusiana de 1866 y su rápida conclusión fueron un duro golpe para Francia. Tras el plebiscito triunfal de 1869, Émile Ollivier afirmó que «nunca se había asegurado tanto la paz en Europa». Sin embargo, después de la batalla de Sadowa (3 de julio de 1866) y el Tratado de Praga, la rivalidad centenaria entre Habsburgo y Hohenzollern llegó a su fin, abriendo una oportunidad para la hegemonía prusiana.

Prusia, bajo Bismarck, estableció una frontera ilusoria a lo largo del río Main entre su Confederación de Alemania del Norte y los estados del sur, frustrando los intentos del emperador francés de obtener una "compensación" en la ribera izquierda del Rin. Francia se vio entonces rodeada por una potencia militar que amenazaba su influencia e incluso su existencia. Alemania, unida bajo la dinastía Hohenzollern, había destruido la influencia francesa en Italia, cuya adquisición de Véneto se debió a la alianza y al apoyo militar prusiano. Todo ello se atribuyó a la manipulación de Napoleón III desde su primer encuentro con Otto von Bismarck en Biarritz, en octubre de 1865. Bismarck necesitaba un enemigo común —Francia— para consolidar la reunificación alemana.

Publicación anterior
Publicación siguiente