Por fin todo se aclaró al mismo tiempo: el cielo se deshizo de sus nieblas, la política se calmó y las almas recuperaron, aunque fuera momentáneamente, la confianza. Desde entonces, la capital, a su aire, se empeñó en terminar los preparativos festivos.
El contexto de la Exposición de 1867
En 1855 el Palacio de la Industria, ampliado con varios anexos, bastaba para clasificar los productos de Francia y del exterior. En 1867, sin embargo, el número de expositores había crecido a 52.000, frente a los 24.000 esperados, y la previsión de visitantes también aumentó. Para acomodar aquel espectáculo cada vez más atractivo se decidió instalar la exposición en la llanura del Champ‑de‑Mars.
El plan general consistía en un enorme parque salpicado de kioscos y pabellones, algunos utilitarios, otros meramente decorativos o de ocio.
El Palacio de la Exposición
En el centro del parque se erigió el Palacio de la Exposición, una inmensa construcción circular sin suelo, de forma ovalada pronunciada, que cubría más de dieciséis hectáreas. Se extendía desde la ribera del Sena, a unos trescientos metros, hasta la avenida La Motte‑Picquet, a unos doscientos metros. Aunque su fachada no resultaba particularmente elegante, su interior, diseñado por el comisario general A. Le Play, era sencillo pero ingenioso: una serie de círculos concéntricos atravesados por pasillos radiales que dividían el recinto en sectores.
Cada galería circular estaba dedicada a un tipo de producto específico. Una exposición universal reúne todo lo que la humanidad produce, capturando los gustos, modas y tendencias de la época, y reflejando el estado social y económico como lo hacen las elecciones políticas. La Exposición de 1867 mostró, sobre todo, esa faceta.
Un espectáculo sin precedentes
París vivió una gran celebración que duró seis meses, como un cuento de hadas gigantesco trasladado a la vida real. Colores extraños, líneas caprichosas, gritos alegres, invitaciones atrevidas: todo provocaba placer y despertaba pasiones. El visitante se encontraba frente a una variedad asombrosa de construcciones de todos los tamaños, estilos, épocas y naciones: faros, teatros, caravasares, templos egipcios, pórticos griegos, pagodas chinas, casas inglesas o holandesas, corrales tiroleses, posadas rusas, viviendas suecas… El Oriente predominaba con sus mezquitas, cafés y bazares, acompañados de imitaciones bizantinas.
Todo estaba pensado para el efecto pintoresco: campamentos árabes, caballos de la estepa rusa, mexicanos sobre una tumba azteca, virtuosos tunecinos ofreciendo un café‑concierto al estilo de los países del Magreb, y una multitud de chinos, egipcios y turcos.
Comercio, ocio y descontrol
Para aliviar los costes, los comisarios imperiales concedieron, a cambio de una tarifa, derechos de instalación a industriales de cualquier tamaño. Así, el parque se pobló de cervecerías, pastelerías, delicatessen y, sobre todo, talleres fotográficos. Se organizaron bailes, sorteos y exhibiciones de caballos ucranianos entrenados como perros.
Con sus tiendas, barracas, juegos y torniquetes, la exposición se asemejaba a una feria prodigiosa, casi imposible de imaginar. El ambiente recordaba a un enorme hostal, brillante pero ambiguo. La policía, poco eficaz, no lograba controlar los locales; bajo toldos de restaurantes y cafés, mujeres vestidas al estilo bávaro, holandés o español ofrecían comida y bebida de todas partes, provocando la sorpresa de los más pudorosos.
Un refugio de serenidad
En medio del bullicio, sólo el jardín situado en la parte del Champ‑de‑Mars opuesta al Sena ofrecía un respiro. Ese pequeño parque aislado al final del gran recinto albergaba invernaderos, aviarios, acuarios de agua dulce y salada, macizos de flores, estanques y árboles centenarios.
Sin embargo, el parque resultó demasiado frívolo. Muchos visitantes, agotados por la multitud de atracciones, apenas tenían tiempo para entrar en la gran galería y se llevaban una impresión incompleta de una empresa colosal de placeres menores. Una verdadera lástima.