El debate sobre el futuro del metro de París
En la década de 1880 los defensores y detractores del futuro ferrocarril subterráneo parisino se enfrentaron en acalorados debates. Cada parte lanzaba argumentos tajantes, pero los opositores al metro respondían con una vehemencia particular.
Argumentos inesperados de los detractores
Algunos temían que las obras profundas provocaran graves daños estructurales:
las casas colapsarían bajo el peso del túnel.
Otros advertían sobre peligros sanitarios:
los trabajos de excavación liberarían “miasmas malignos” que volverían el aire irrespirable y desencadenarían epidemias.
Un tercer grupo, más visionario, temía que la multiplicación de medios de transporte entre el centro y la periferia provocara la despoblación del corazón de la ciudad: "Los parisinos viejos huirían a los suburbios y quedarán miles de viviendas vacías".
Escenarios apocalípticos para los usuarios
Los críticos describían las futuras estaciones como auténticos fosos: imaginar bajar quince metros por una escalera resbaladiza, rodeado de paredes húmedas y sucias, llegar a una pasarela mojada entre pilares donde el agua gotea del techo, y sentarse en bancos resbaladizos. "No deberías sudar, porque la muerte te esperaría en la estación que elijas".
Temían neumonía, caídas mortales en las escaleras y la posibilidad de electrocución por la “fuerza perturbadora” de la electricidad del ferrocarril.
El auge del pesimismo
Un diputado llegó a afirmar en la Cámara que el metro sería "anti‑nacional, anti‑municipal, anti‑patriótico" y que "se convertiría en una necro‑metrópolis".
Visiones contrarias y argumentos económicos
Los defensores, con sentido común, imaginaban los beneficios que el metro aportaría a parisinos y suburbanos. Economistas proclamaban que al acortar distancias se equilibrarían las condiciones de competencia, bajarían los alquileres y se aliviaría la congestión del tráfico.
Aun así, a finales del siglo, ingenieros debatían si un ferrocarril aéreo no sería más práctico que un túnel subterráneo. Los proyectos y contra‑proyectos se enfrentaban.
Los primeros bocetos
La idea de una línea subterránea se remonta al inicio del Segundo Imperio. El ingeniero Eugène Flachat, constructor del famoso ferrocarril París‑Saint‑Germain, propuso ya en esa época un túnel de 2 233 metros que uniría una estación de la línea de cinturón con la Place de la Grève, zona de contratación de trabajadores.