
A las dos de la tarde en Le Bourget se aguardaba la llegada de los competidores. Albert Sarraut, Ministro de Estado, conversaba con Laurent Eynac. Entre los presentes estaban Maryse Bastié, que había cruzado el Atlántico Sur el año anterior, y la esbelta figura de Antoine de Saint‑Exupéry, allí para recibir a su amigo Guillaumet.
La llegada de los italianos
A las 16:00, la torre de control dio la señal: un avión que no era francés, sino italiano. Cupini y Paradisi habían cubierto los 6 190 km en diecisiete horas y treinta‑y‑dos minutos. En el rostro de Albert Sarraut se dibujaba una sonrisa oficial que se mezclaba con una mueca de descontento. Apenas había felicitado a los ganadores cuando apareció un segundo trimotor italiano, rojo y con el emblema de tres ratones verdes. Cinco minutos después aterrizó un tercer avión italiano, transportando a Bruno Mussolini, hijo del Duce.
El Waterloo aeronáutico
Se percibía el olor a derrota: el Waterloo de la aviación. Los rostros franceses se alargaban. ¿Y los nuestros? A las 19:40 se escuchó el rugido de los motores: era el inglés Clouston. Codos, Rossi y Guillaumet llegaban mucho más tarde, pues habían exprimir al máximo un avión demasiado lento.
Después del espectáculo
Al día siguiente, los italianos, relajados y sonrientes, visitaron la Exposición Internacional. En Le Bourget, los curiosos admiraban el Savoia‑79. Los republicanos españoles ya lo conocían: era el bombardero que atacaba sus tropas y ciudades. Mientras tanto, Francia se sumía en la desilusión. La prensa de derechas lanzaba bromas sarcásticas: «¿Es Pierre Cot, ministro de Aeronáutica, un agente de la propaganda fascista? Evidentemente habría sido mejor posponer o cancelar la carrera. No hay que dramatizar. Nuestra fuerza aérea atraviesa una crisis, pero logra éxitos, sobre todo en el Atlántico Sur».